La muerte de un viajante: rigurosa puesta del clásico de Arthur Miller con destacables actuaciones
La obra protagonizada por Alejandro Awada e Ingrid Pelicori se presenta los sábados y domingos en El Tinglado
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Autor: Arthur Miller. Dirección: Daniel Marcove. Intérpretes: Alejandro Awada, Ingrid Pelicori, Gustavo Rey, Marcos Woinsky, Anahí Gadda, Junior Pisanu, Toto Salinas y Lucas Matey. Vestuario: Alejandro Mateo. Escenografía: Eduardo Spindola. Iluminación: Miguel Morales. Música: Sergio Vainikoff. Sala: El Tinglado (Mario Bravo 948). Funciones: Sábados, a las 20.30 y Domingos, a las 19.30. Duración: 100 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.
Un antes y un después en el retrato cultural de la sociedad estadounidense. Cuando Arthur Miller estrenó en 1949, en Broadway, su obra La muerte de un viajante, la conclusión de la crítica era que al ciudadano promedio de clase media de los Estados Unidos le habían quitado su máscara. Para el público, ese modelo de realismo social que este célebre autor de teatro inauguró era una forma cruda de contar sus vidas, sintetizada en la imposible realización del sueño americano: la presión económica, el endeudamiento, el fracaso laboral, las expectativas de los padres sobre los hijos y la dificultad de envejecer en un ambiente obsesionado con la productividad; eran todas características que este escritor retrató en el personaje de Willy Loman, un viajante que vende productos por los pueblos y trabaja a comisión. Pasaron 77 años de aquel estreno mundial que incluyó célebres películas y un premio Pulitzer y, ahora, llega una nueva versión a Buenos Aires, protagonizada por Alejandro Awada.
La ingeniería literaria con la que Miller desnuda las fallas del sistema capitalista en el cruce entre los problemas sociales y la responsabilidad individual tiene una vigencia deslumbrante con la actualidad. Si Willy Loman comienza a percibir que su trabajo resulta inservible al modelo productivo de la década del 40, bien podría aplicarse hoy con la amenaza concreta que significa la inteligencia artificial para gran parte de los trabajadores. Si este vendedor que debe pedir plata prestada todas las semanas se considera en una posición económica más elevada a la que realmente tiene, su “autoengaño” puede resonar con fuerza con toda una clase media baja argentina que se autopercibe en un sector socioeconómico más alto al que objetivamente se encuentra.

La puesta que lleva adelante Daniel Marcove, que se presenta los sábados y los domingos en el teatro El Tinglado, implica la llegada al circuito independiente de Alejandro Awada, acostumbrado a trabajar en teatros oficiales y comerciales, acompañado por otros artistas de enorme trayectoria como Ingrid Pelicori en el personaje de Linda, su esposa, Junior Pisanu y Toto Salinas, como los hijos y Gustavo Rey, Marcos Woinsky, Lucas Matey y Anahí Gadda que terminan de completar el entorno de esta familia.
Mirada
Desde la dirección, hay un riguroso respeto a una mirada clásica de este texto. Sostenida en los diálogos y en la construcción vincular, la puesta se ubica en la misma época y sociedad que la original y construye ese realismo de cuarta pared, en el cual los artistas interpretan sin dar cuenta de la presencia del público, aunque contemplan escenas fuera del escenario, como escaleras y gradas.
Willy Loman es un personaje emblemático, que en Buenos Aires tiene un peso de un enorme capital simbólico, cuando lo interpretó Alfredo Alcón en 2007, en una puesta dirigida por Rubén Szuchmacher, acompañado por Diego Peretti, María Onetto y Luciano Cáceres. La interpretación de Awada se vale de ese tono en la gestualidad y los juegos con la voz que caracterizan a este reconocido actor. También hay un trabajo con el cuerpo muy interesante: un constante acomodarse los pantalones, los anteojos, mostrarse incómodo y errático que dialoga muy bien con un personaje que empieza a desvariar, tiene visiones y habla con los fantasmas de su pasado. Su compañera, Ingrid Pellicori, construye una esposa cargada de un dolor contenido y una sensibilidad muy sutil, muestra su sumisión sin sobreactuar y enfrenta a sus hijos con mucha autoridad. Entre los dos, componen una pareja que genera dolor y empatía al mismo tiempo.
La nueva versión de La Muerte de un viajante es una propuesta clásica, que se hace cargo con actuación y fuerza, de los tremendos encuentros personales y conflictivos que escribió Miller. El excesivo rigor con una forma tradicional de hacer teatro la aleja del contexto contemporáneo y las formas en que esta obra podría resonar con la actualidad. De todos modos, el enfrentamiento entre padre e hijo, que se cruzan en una última discusión que habla de una realidad social y personal al mismo tiempo deja planteada una enorme pregunta a la humanidad respecto a si es posible quitarse el velo de la negación y asumir qué rol cumple cada persona en el engranaje de esta sociedad maquinal.
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