
Lenguajes del adiós: un relato conmovedor sobre la pérdida de una madre
El biodrama escrito, dirigido y protagonizado por Patricio Abadi se puede ver en El Camarín de las Musas, los domingos, a las 18
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Autor, director e intérprete: Patricio Abadi. Diseño audiovisual: Demián Ledesma Becerra. Iluminación: Ricardo Sica. Escenografía: Rodrigo González Garillo. Vestuario: Martina Nosetto. Voces en off e imágenes en video: Franco Abadi Mourenza, Roberto Abadi y María Laura Mourenza. Sala: El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960). Funciones: domingos, a las 18. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: Muy buena
Autor de más de cuarenta piezas teatrales y multipremiado por sus textos y espectáculos, Patricio Abadi, podría decirse que en este biodrama -estrenado en el Teatro Nacional Cervantes y que ahora puede verse en El camarín de las Musas- se muestra, casi no componiendo un personaje, sino siendo él mismo, reflexionando junto al espectador sobre su relación con su familia, su padre, su hermano y su madre. Precisamente es ella, que fue profesora de letras y falleció de un cáncer de páncreas, la que se diría es la protagonista de este relato conmovedor, que, tal vez, haga escapar algunas lágrimas a más de un espectador. No es una historia que apela a la sensiblería, todo lo contrario, tiene la virtud de mostrar al desnudo distintas instancias de la vida de una familia. Lo imprevisible, aquello que, en un instante, nos ubica y nos enfrenta de golpe ante la finitud de la existencia.
Lenguajes del adiós, es también un espectáculo analógico, no tiene el virtuosismo de luces que acompañen -solo las necesarias-, ni de un video creativamente editado. La escenografía incluye un pequeño escritorio, una silla, algunos objetos y una pantalla, en la que se proyectan imágenes de la madre de Patricio, filmadas en videos VHS, que él y su hermano registraron en los últimos instantes de la vida de la madre. La memoria de los más diversos instantes de una familia “cubren” el escenario, con relatos, silencios, con anécdotas de dolor, pero también impregnadas de un sutil humor.

La obra transmite una “verdad” tan íntima que conmueve profundamente a quien observa a Abadi en el escenario. Sus afinadas virtudes interpretativas, emocionales, que conocen de tiempos y matices, se detienen en algunos silencios, para que “entre” la memoria emocional del espectador. Y luego continúa. Tiene exquisitas canciones que unieron a la madre y al hijo en distintos momentos de sus vidas. El intérprete, el hijo (Patricio Abadi) transmite el dolor de la pérdida a través de una sensibilidad tan sutil, como de sentimientos que han sido cálidamente trabajados, sin perder esa subjetividad narrativa, que le permiten comunicarse con el espectador.
Este biodrama es original y curioso a la vez, íntimo y sensible, y hay instantes, situaciones que se relatan, que hasta parecen convertirse en la trama de un western. Tiene el suspenso y los silencios exquisitamente trabajados, de tal manera que la emoción llegue a las fibras más íntimas del protagonista, sin ahogarle las palabras, el relato. Y no escapa, saludablemente a los rasgos de humor, cuando incluye una anécdota entre su madre y él, cuando dio a conocer por primera vez en un festival teatral, su conocida pieza Ya no pienso en el matambre ni le temo al vacío, que ya cumplió doce años de presencia en los escenarios.
En un momento del espectáculo, Abadi comenta que “Susan Sontag en su libro La enfermedad y sus metáforas expresa que el cáncer de páncreas está asociado a la falta de dulzura. Y yo pienso en mamá. En todas las caricias que le fueron sustraídas a mi mamá desde la infancia. No nacer del deseo sino de la atrocidad”.
Sobre el final, las imágenes del pequeño hijo de Patricio en video, junto a su exesposa, refieren para el creador de este espectáculo, a esa continuidad de la vida que se impone a pesar del dolor. El tener que rehacer, “rehacernos” siempre, es como el leit-motiv de este biodrama, en el que Abadi pareciera intentar decir: “mirá lo que viví, esto es mío, pero también puede ser tuyo, incluye dolor sí, pero también instancias imborrables que son las que dejan huellas para poder continuar siempre. Hasta que la luz nos deje a oscuras”. Si la intención es asistir a un espectáculo íntimo, que es cuerpo, piel y sentimientos en estado de gracia, hay que ir a verlo.
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