
Medio siglo en el escenario
Comenzó a hacer teatro en la Facultad de Derecho, con Pepe Soriano; filmó alrededor de 30 películas
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A los 78 años (según él mismo confiesa sin pudores), Duilio Marzio lleva más de medio siglo de prestigiosa trayectoria artística. Recientemente se frustró su anunciado regreso al escenario del Teatro San Martín como protagonista de "Copenhague", la obra de Michael Frayn: fue desvinculado del proyecto por diferencias de criterio con el director, Carlos Gandolfo.
Mientras reacomoda su agenda laboral para esta temporada, este actor-que además de desempeñar su tarea artística fue presidente de la Asociación Argentina de Actores- evoca, en diálogo con LA NACION, una carrera profesional hecha de anécdotas y buenos recuerdos.
Con casi 30 películas en su haber, con títulos relevantes en la cinematografía nacional, y con decenas de protagonismos teatrales, Duilio Marzio es todo un referente de la actividad de los últimos 50 años. Totalmente canoso, de ojos azules, aún conserva esa prestancia que siempre lo distinguió y un entusiasmo que nunca se permitió perder.
"La primera vez que pisé el San Martín fue en 1964, con "Becket", de Anouhil. ¡Qué época fue para mí! Empecé con "Historia del zoo", de Albee, y la tuve que dejar para debutar en "Becket", con Lautaro Murúa, que estaba bárbaro. Me acuerdo de que también trabajaban, muy jovencitos, Norma Aleandro, a quien posteriormente reemplazó Claudia Lapacó, y Rodolfo Bebán. La dirigió Mario Rolla. A pesar del cambio de autoridades nacionales, asumía Arturo Illia, y de la finalización de los contratos con la municipalidad, la nueva administración los prolongó. Entonces, fuimos a Córdoba, luego a Rosario, para volver al Coliseo. Esa pieza es un clásico de hoy", dice casi como deteniéndose en ese recuerdo. Pero no se demora en retomar el hilo de la historia.
"Después hicimos, también con Murúa, "La real cacería del sol", de Peter Shaffer. Fue un desastre, Lautaro perdió la casa y yo perdí todo. La hicimos en El Argentino y la dirigía Lautaro. Fue todo un sacrificio. Elegimos esa pieza porque era la misma fórmula: dos personaje históricos. Era un tema apasionante: la conquista del Perú donde los españoles sacaron las maravillosas piezas de arte de los incas y las fundieron para llevarse el oro. ¡Qué conquista que tuvimos nosotros! A pesar del fracaso, al director del San Martín le interesó la obra y nos ofreció una sala para darla. A partir de ese momento empezó a andar bien."
Hubo varias obras que acrecentaron su trayectoria como "La escalera", "Gigí", "Luz de gas", "El ombligo", "Al fin y al cabo es mi vida", "La visita de la anciana dama", "Aplausos", "Borges y Perón", pero hay otras que marcaron un hito. Una de ellas fue "Equus", dirigida por Cecilio Madanes, que se estrenó en 1976, en el Ateneo.
"Fue la primera producción de Carlitos Rottenberg -dice con entusiasmo-. Ahí tuvimos que dar un examen ante cinco generales y cinco brigadieres para ver si podíamos hacer la obra. En el elenco estaba Miguel Angel Solá y fue un descubrimiento para el público. En el teatro se da que una obra y un papel pueden ser consagratorios. Para mí fue "El gato sobre el tejado de zinc caliente", de Tennessee Williams, en 1956. La hice con Francisco Petrone, que volvía del exilio. La convocó a Inda Ledesma para el papel de Maggie y, cuando me vio, me dijo que tenía el físico para el papel. A los cinco días me llamó y me dijo muy campechano: "Duilio, usted sabe que yo estuve mucho tiempo afuera, no conozco a mucha gente, pero me dicen que usted es una figurita de cine, que es mal actor, así que si quiere hacer una prueba". Yo acepté, hice la prueba y me gané el papel. Esa fue mi introducción a la cosa seria del teatro y del cine.
-¿Por qué te consideraban mal actor?
-Porque nadie me conocía. Yo había trabajado mucho en el teatro experimental, pero no me conocían en el circuito comercial. De las cinco películas que había hecho no había salido ninguna. En ese momento, Radiolandia, Radiofilm, Antena eran las revistas fuertes que se imponían. Yo estaba en ellas con todos los galanes que estábamos empezando: Lautaro Murúa, Jorge Rivier, Alberto Berco, Luis Dávila, Alfredo Alcón. Siempre estábamos en las audiciones de radio como "Pantalla gigante", que conducían Jaime Jacobson, Lidia Durán y Nicolás Mancera. A partir de "El gato sobre el tejado..." empecé a ser actor de teatro. Fue mi consagración.
-¿Antes que en el cine?
-Sí, en cine era la carita. Todos empezamos por la carita, después teníamos que demostrar lo que valíamos.
-¿Cómo llegás al cine?
-Yo era estudiante de abogacía, en 1953, cuando aparece el asistente de Torre Nilsson, que estaba haciendo su primera película solo, "Días de odio", basada en el cuento de Borges "Emma Zunz". Me había visto en "Antígona", de Anouilh, que había hecho en teatro experimental. Me llamó para hacer un personaje que no estaba en el cuento original, lo crearon para terminar la película. Así debuté y empecé a hacer una película detrás de otra. El cine te daba esa posibilidad. Vino "Sinfonía de juventud", "Surcos en el mar", "La tigra", "El curandero".
"Ayer fue primavera", de Fernando Ayala, marcó un cambio en su carrera y fue el inicio de una importante filmografía en conjunto con el director: "El jefe", "El candidato", una aparición en "Sábado a la noche, cine" y "Paula cautiva".
"Esta era la preferida de Ayala -explica-. Al principio querés hacer todo y después vas, no eligiendo, sino sintiéndote cómodo en una cosa o en otra. Es una especie de elección, pero no por la elección en sí misma.
-¿Pero sos selectivo?
-Tengo que entusiasmarme. La palabra selectivo es muy grandilocuente. Hay cosas que me entusiasman, otras que no y prefiero no hacerlas. Las obras que he dejado fue porque no me atraían.
-¿Te pasa ahora con el cine?
-Ultimamente no he tenido ninguna oferta interesante. Entre las últimas que hice está "Guerreros y cautivas", de Edgardo Cozarinsky, donde trabajé con Dominique Sanda y Leslie Caron, con quien compartí lindos momentos. Yo había hecho "Gigí", en teatro. Y ella, con esa película, tuvo su gran entrada en el cine. Siempre fue emocionante trabajar con gente de cine, como Tita Merello, en "El amor nunca muere", de Amadori, o con William Hurt, con quien hice "La peste". Te das cuenta de que los actores tienen la misma nacionalidad, las mismas angustias, deseos y complicidades.
-No fuiste un egresado del conservatorio.
-No, pero soy discípulo de Cunill Cabanellas. Cuando estudiaba en la Facultad de Derecho, él creó el teatro universitario. De aquel entonces seguimos Pepe Soriano y yo. Mi segundo maestro fue Alberto D´Averza, un italiano que fue compañero de Vittorio Gassman y vino acá para enseñar. El tercero fue Lee Strasberg. El año que estuve en el Actor´s Studio de Nueva York sentí que hablaba el mismo idioma, ya fuera con los alumnos o con las figuras. Fue un año para repasar lo que había hecho, plantear las angustias, los interrogantes de la carrera. Y ahí era como resolverlos. Creo en el talento: "Lo que natura non da Salamanca non presta", pero también en el perfeccionamiento. Después te enseña la vida.
-Y con la televisión, ¿cómo fue tu relación?
- Poca. Lo último que hice fue con María Herminia Avellaneda en el ciclo de "Alta comedia".
-¿Que preferís?
-En el teatro el goce es más completo porque está el público. Tenés la respuesta inmediata. Desde el punto de vista del actor, la elaboración de un personaje es tan parecida en el teatro como el cine. En televisión tenés menos tiempos.
-¿Siempre tuviste buena relación con los directores?
-Sí, con Ayala hice los mejores trabajos. También con Daniel Tinayre: "En la ardiente oscuridad", y en teatro, "El proceso de Mary Dugan" y "Trampa mortal". Eran de esos tipos que te apoyaban y te daban seguridad. Son referentes válidos. Cuando tenés dudas de tu profesión recordás a Torre Nilsson, a Ayala y a Tinayre, que son los que te alentaron, y se disipan las dudas.
-¿Y con los directores actuales?
-No he trabajado con ellos, pero veo que hay mucho talento. Dan ganas de estar. Del cine argentino me veo todas las películas. Disfruto del teatro y del cine también como espectador.
-¿Qué te quedó pendiente?
-En esta otra etapa de mi vida, por no decir la última, porque pienso llegar a los 120, en cine necesito algo como me dio el teatro en "Borges y Perón". Al actor siempre se le debe una oportunidad del papel y de la obra.
-¿Pensaste en retirarte?
-Nunca. Yo disfruto más ahora que antes. Cuando llega un libro que me atrae lo disfruto más. Soy más consciente del disfrute. Trabajar en lo que gusta es una cuasi felicidad. Mientras no me falle la memoria, ésa es la condición sine qua non.
-¿No hay un desgaste?
-Hasta ahora no me llegó, y tengo 78 años. En este momento, al contrario, me siento muy bien. Tengo ganas de llevar al cine "WS", un cuento de suspenso de L. P. Hartley. Siempre hay proyectos.





