Nietzsche también lloraba
El día que Nietzsche lloró , de Irvin Yalom, versión teatral de Luciano Cazaux. Dirección: Lía Jelín. Con Claudio Da Passano, Luciano Suardi, Emilia Paino, Flor Dyszel, Pablo Mariuzzi, Paula Rebagliati y Andrés Giardello. Escenografía y vestuario: Julieta Ascar. Luces: Alejandro Le Roux. Música: Gregorio Vatenberg. En La Comedia.
Nuestra opinión: bueno
Es 1883, en Viena. Freud tiene 27 años y está investigando, guiado por su colega y mentor, Josef Breuer, de 41, las causas de la histeria, entonces considerada una afección nerviosa específicamente femenina. Breuer, casado y enamorado de su bella mujer, sin embargo se ha enredado con su paciente, Bertha Pappenheim -la célebre Anna O , de los comienzos del psicoanálisis-, y la situación lo excede, está al borde del abismo. En ese momento se encuentra en la ciudad el filósofo Friedrich Nietzsche, quien, abrumado también por la depresión, el miedo, la inseguridad, rehúsa ser tratado por Breuer. Pero éste, con una cautelosa aprobación de Freud, le propone a Nietzsche un experimento singular: que el filósofo sea su analista.
La situación es interesante y probablemente lo sea más en la novela original. Porque presentar en el escenario a personajes de esta carnadura, que no sólo han existido históricamente sino que, además, conmovieron las bases de la civilización occidental y abrieron nuevos caminos al pensamiento y la ciencia del siglo XX, es un reto mayúsculo. ¿Cómo hacerlos verosímiles, convincentes, ante un público que ya los ha convertido en mito? Encontrárselos en las páginas de un libro, pertenece a la esfera de la imaginación; verlos en carne y hueso, en la piel, los gestos, la voz de los actores, requiere una alquimia física muy difícil de lograr. Además, el lector puede volver atrás, reconsiderar un párrafo, una frase, meditar sobre lo leído; en el teatro, la acción no se detiene y la atención del espectador es de otra índole.
Hábil dirección
El libreto de Cazaux no salva del todo esos obstáculos, y Lía Jelín -directora de larga y calificada trayectoria- lo apuntala con un tratamiento del espacio, que procura animar de algún modo los caudalosos diálogos. El escenario está ocupado totalmente por una vasta estructura metálica, un laberinto de escaleras y pasadizos (en parte de madera, también) culminante en una plataforma desde la cual, gracias a algunas trampas, las actrices pueden descolgarse para intervenir en lo que está ocurriendo abajo. Se supone (supone el firmante de esta reseña) que, con sus sinuosos deslizamientos, asumen la condición que el misógino Nietzsche atribuía a la mujer: serpiente tentadora, perversa hechicera empeñada en destruir al varón íntegro, de elevada moral. Para mayor complicación, entre esas víboras figura Lou Andreas-Salomé, célebre coleccionista de genios. Amante de Rilke, acaso también de Nietzsche, a sus intrigas se atribuye la ruptura de éste con el único amigo verdadero que tuvo, Paul Rée; al parecer, intentó seducir a Freud, pero fracasó, aunque fue su devota discípula.
Todos estos personajes circulan por el armatoste escenográfico, sin despertar mayor interés, ya que más vale leer sus obras que asistir a estos debates algo tediosos. No obstante, además de la hábil dirección de Jelín, hay dos interpretaciones valiosas: Luciano Suardi se arriesga a ser un Nietzsche convincente, y lo consigue; y Claudio Da Passano es el austero Breuer que soporta con sobriedad su dilema moral.







