Pirandello y los atractivos límites entre realidad y locura
Enrique IV / Autor: Luigi Pirandello / Intérpretes: Juan Pablo Sierra, Bárbara Irisarri, Rubén Dellarossa, Eduardo Véliz, Juan Pablo Cappellotti, Federico Grinbank, Federico Lombardía, Constanza Cardillo, Lautaro Álvarez y Jorge Landaco / Vestuario: Valentina Remenik / Escenografía: Magali Acha / Iluminación: Julio A. López / Dirección: Sergio Grimblat / Sala: Hasta Trilce, Maza 177 / Funciones: viernes, a las 20.30 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: buena
El tema de la locura, como estrategia para ocultar la realidad, presenta ciertos atractivos para los autores y escritores. Sirvan como ejemplo Cervantes, con su Quijote; Calderón, con La vida es sueño; Unamuno, con El otro; Roberto Arlt, con Saverio el cruel, y muy especialmente Pirandello, con Enrique IV. Esto permite enfrentar la falsedad con la verdad. Este ocultamiento de una realidad tras la máscara de una ficción permite al autor italiano representar la farsa que pretende disimular la verdadera esencia de los personajes.
El argumento presenta a un aristócrata disfrazado de Enrique IV de Alemania que en una fiesta de máscaras se cae del caballo y pierde la memoria. Alienado, decide asumir el personaje del monarca y vivir como un rey con la pretensión de que lo traten como tal. En el desarrollo, Pirandello nos hará dudar de su locura hasta la revelación final: lo que tomábamos por locura no era más que una simple representación.
El drama de esta pieza, obra maestra sin dudas del autor italiano, es descubrir que en la conciencia de un hombre atormentado pululan los espectros de los otros que, por ambición, convirtieron su vida en un infierno. Es realmente un placer entrar en ese mundo pirandelliano, poblado de un lenguaje que subraya el valor de los contenidos semánticos. Esto exige una interpretación muy equilibrada en cuanto a exposición y emoción, tarea que no siempre es fácil para los actores, ya que demanda un preciso conocimiento del texto y, al mismo tiempo, una búsqueda interior muy intensa, para rescatar los sentimientos que anidan detrás de cada palabra.
No es una tarea fácil y el elenco que dirige Sergio Grimblat se esfuerza por conseguir una interpretación adecuada, lo que no todos logran frente a la tarea de exponer con elocuencia un texto tan rico en matices. Pero resulta gratificante escuchar nuevamente estos parlamentos con una puesta que ayuda a mantener un ritmo constante.
El vestuario de la ficción resulta efectivamente ficticio, y el de la realidad se ajusta a las pautas modernas. Bien simplificado está el espacio escénico, aunque se recomienda el ajuste de las puertas, que se ven desprolijas en el abrir y cerrar.
Interesantes contrastes logra la iluminación que ayudan a distinguir los espacios de realidad y locura.



