Poyo rojo

Dos talentosos intérpretes ponen el cuerpo a un trabajo cargado de humor y erotismo
Alejandro Cruz
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24 de abril de 2012  

Intérpretes: Alfonso Barón y Luciano Rosso / Vestuario: Luz Macías / Diseño de luces: Eduardo Maggiolo / Coreografías: Nicolás Poggi y Luciano Rosso / Dirección: Hermes Gaido / Duración: 60 minutos.

Nuestra opinión: buena.

Poyo rojo trabaja, por lo menos, tres capas: el erotismo, el humor y el deporte. Ese tríptico se afirma en una precisa secuencia coreográfica trabajada hasta la obsesión por dos brillantes intérpretes. Bajo esta consigna, las distintas veladuras se van desplazando en medio de una propuesta que se vale de una mínima cantidad de elementos escenográficos y de vestuario: un banco, esos típicos lockers de un vestuario, una indumentaria deportiva setentosa y una vieja radio que, en distintos momentos, la prenden para recorrer el dial del ancho mundo de la AM.

Por momentos, la presencia de la radio se convierte en el tercer protagonista de un montaje que se nutre del hábil aprovechamiento del aquí y del ahora al servicio del juego (homo)erótico entre los personajes, que siempre va acompañado de la mano del humor.

Poyo rojo es un trabajo con un recorrido muy particular. Comenzó en 2008 como un número de varietés. Fue tomando forma, se presentó en diversas salas en minitemporadas, tuvo su versión en Ciudanza y hasta llegó a España. Desde hace unas semanas, está en el Teatro del Perro.

En lo personal, ya había visto un corte de esta obra cuando hizo pocas funciones el año pasado. Entre aquel corte y el actual, hay notables diferencias. De hecho, la radio perdió la importancia y esta interesante experiencia ahora concluye con una escena un tanto previsible. Más allá de los detalles comparativos, las mutaciones develan algunos puntos de una enorme solidez interna y, otros, en un sugestivo proceso de cambio. Inobjetablemente, este trabajo de teatro físico se afirma en la calidad interpretativa de Alfonso Barón y Luciano Rosso, en el efectivo contrapunto de fuerzas antagónicas y complementarias que establecen, en la manera que tienen de seguir una secuencia coreográfica de enorme precisión y en la capacidad para aprovechar lo que sucede en el momento.

Desde otra perspectiva, esas marcadas diferencias en la evolución de la obra parecieran dar cuenta de una identidad sin un núcleo dramatúrgico todavía maduro. Poyo rojo se afirma y se expande más en lo coreográfico que en la intención narrativa que va tomando cuerpo a partir de un juego de estereotipo muy estereotipado.

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