¿Quién sostiene al Teatro Colón?
En EE.UU., las donaciones financian al Met; aquí, el público carga con el mayor peso
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Nueva York hace un buen negocio alquilándole el Lincoln Center al Metropolitan Opera House en apenas un simbólico dólar anual. Porque, por lo demás, el gran templo lírico norteamericano se sostiene solo: su apabullante temporada no recibe un dólar por parte del Estado. En cambio, el 59 por ciento de su presupuesto está sostenido por donaciones y otros ingresos, amén de la venta de entradas. La cena anual del Met, sin ir más lejos, es un verdadero acontecimiento y fuente importantísima de recursos, ya que sus comensales pagan fortunas por cada cubierto.
El Teatro Colón, en cambio, le cuesta al gobierno porteño unos 30 millones de pesos al año, recauda unos siete millones más por boletería e ingresa poco, muy poco, por donaciones. En porcentajes, la carga nacional invierte la óptima relación del Met: el mantenimiento estatal del Colón llega al 82 por ciento del costo total; la venta de entradas, al 16 por ciento, y las donaciones y otros ingresos, a apenas un minúsculo 2 por ciento.
Tal vez sea una parte de la verdad que la disparidad abismal que hay entre la generosidad privada de un país y la del otro se asienta en que la desgravación de impuestos llega en Estados Unidos al ciento por ciento si los dineros donados van comprobadamente a la cultura, mientras que aquí, por lo mismo, apenas alivian la carga impositiva en un nimio 5 por ciento. Pero, ¿eso lo explica todo?
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Con más razón, entonces, los esfuerzos aquí deberían redoblarse para que la filantropía, en una escala necesariamente más modesta, por lo menos no se disperse por el camino ni se disfrace de no tan buenas intenciones. Los alquileres del Salón Dorado, tanto como las recepciones en ese ámbito, así como el arrendamiento de la sala principal, deberían generar siempre dividendos enormes, claros y comprobables, salvo que se sirvan cenas de asistencia a carecientes. Las entradas de favor, a su vez, tendrían que ser desterradas y sería de desear que las donaciones fluyeran por cañerías un tanto menos estrechas y taponadas.
Al fin y al cabo, son los anónimos ciudadanos de a pie de la ciudad de Buenos Aires los que, sin oropeles frívolos ni ansias de figuración, invierten la plata que no les sobra para sostener un lugar que ni siquiera conocen, ya que quienes sí tienen la dicha de disfrutar de los altísimos y refinados servicios que brinda el Colón lo pagan por partida doble: abonan primero sus impuestos y las entradas después, para acceder a los distintos espectáculos.
Hay una regla no escrita, pero dictada por el sentido común y el don de gente, que indica que más debe pagar quien más usufructúe. Al Estado, claro, le cabe el deber de sostener en un nivel de excelencia una institución que, como el Teatro Colón, es orgullo dentro y fuera del país. Pero principalmente quienes se prestigian frecuentándolo e invocándolo deben hacer esfuerzos aún mucho más notables en procura de acrecentar sus arcas y facilitar su nada sencillo desenvolvimiento, evitando convertirse, en cambio, en pesados lastres o en socios sin riesgos.
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Nacida en tiempos oscuros de la vida nacional, la Fundación Teatro Colón cumple este año su primer cuarto de siglo de existencia desarrollando una tarea fecunda que reconoce variados y valiosos aportes: la organización de cursos, seminarios y conferencias; el otorgamiento creciente de becas de perfeccionamiento musical, las clases magistrales con reconocidos maestros de todo el mundo y la preparación de pruebas locales para concursos internacionales. También es importante la sumatoria de pequeñas y grandes acciones que tienen que ver con los costosos mantenimientos y reparaciones del edificio, las visitas guiadas, los programas de mano y las facilidades que está en condiciones de brindar para agilizar contrataciones y pagos en plazos más veloces que lo que el Estado puede hacer mediante sus lentos procedimientos burocráticos. Su éxito más resonante, al menos en los últimos tres años, ha sido la cada vez más multitudinaria convocatoria del Festival Martha Argerich.
Como dato significativamente positivo incorporado últimamente debe anotarse el Plan Súmese, que busca agregar a la fundación nuevos miembros que aporten, como mínimo, desde cien pesos anuales (adherente colaborador) hasta cuarenta mil pesos en el mismo período (mecenas de oro). Los nombres más poderosos e influyentes del empresariado nacional se dan cita en la larga lista que nutre las filas de la Fundación Teatro Colón.
Lo hecho hasta el momento, por cierto, no ha sido poco, pero todo puede y debe optimizarse muchísimo más generando mayores y mejores recursos propios y genuinos que no devengan del propio teatro.
El fund-raising (algo así como el arte de saber pedir profesionalmente y el desprendimiento de dar en serio), por otra parte, tiene que ganar en el campo local un protagonismo similar al de los países serios y desarrollados, (si no en el nivel sofisticado de los Estados Unidos, al menos con la interesante intensidad que va adquiriendo en países como Gran Bretaña, Italia y, más recientemente, Francia).
Al mismo tiempo, se hace indispensable que tanto el teatro como la fundación eviten la tentación de transitar por vías paralelas mancomunándose, en cambio, en una misma dirección, siempre guiados por la generosidad, las buenas acciones y el conocimiento profundo de los efectos y consecuencias que tendrá cada decisión que tomen o dejen de tomar.
Como los instrumentos de una orquesta de calidad, ambos tendrán que ceñirse a una partitura más estricta para que suene sin empastamientos y con verdadero brillo.




