Ruth: dos mujeres a sus 80 años, el humor y una mirada esperanzadora sobre vida
La obra, basada en la novela de Adriana Riva y protagonizada por Ana María Bovo y Elvira Onetto, se puede ver en Dumont 4040
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Autora: Adriana Riva. Dramaturgia: Javier Berdichesky, Andrés Gallina. Idea: Javier Berdichesky, Maite Caballero. Dirección: Mariana Chaud. Intérpretes: Ana María Bovo, Elvira Onetto. Diseño de escenografía: Mariana Tirantte. Diseño de vestuario: Mariana Seropian. Diseño de iluminación: Matías Sendón. Música original: Jackson Souvenirs. Teatro: Dumont 4040 (Santos Dumont 4040). Funciones: jueves, a las 20 (en abril) y viernes, a las 20 (mayo). Duración: 65 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.
En la novela de la escritora Adriana Riva (Seix Barral), Ruth la protagonista, escribe breves comentarios sobre las obras de algunos artistas. Uno de ellos que no se retoma en la puesta en escena reza lo siguiente: “Joseph Kosuth, ¿qué es más real? ¿la silla, el cuadro o la definición de la silla?“. La mujer se pregunta por lo real frente a la obra Una y tres sillas. Ese interrogante es ideal para pensar la puesta. ¿Desde qué perspectiva se interroga por lo real? El sentido común puede poner en el centro lo funcional, al fin y al cabo, la única que sirve para sentarse es la silla, la de madera, la de respaldo y cuatro patas. Pero eso ¿la hace más real? La imagen de la silla es real, la definición verbal de la silla también lo es. Ruth (ambas, la novela y la obra de teatro) se deslizan no solo por un lugar corrido de “lo real”, sino también sobre la cuestión de los lenguajes.
La novela está escrita en primera persona, pero en la puesta hay dos actrices, una representa a esa mujer que, adulta mayor, pasa sus días en la soledad de su departamento y otra actriz que va cubriendo los roles de todos los personajes con los que la protagonista se cruza o dialoga: sus amigas coetáneas, sus dos hijos (identificados como el del perro y el abogado, nunca serán pronunciados sus nombres), las nietas, la profesora de arte y el psiquiatra.
La mujer, viuda, que vive en camisón, elige la cocina como lugar favorito de su casa y sostiene que se dedica a matar el tiempo. Hasta que el tiempo, finalmente, termine con ella.
En términos temáticos podría decirse que la vida cotidiana de Ruth transcurre entre crucigramas, clases virtuales de arte y alguna que otra salida (al Teatro Colón, a algún café, a un turno médico). Podría decirse que tiene una agenda con múltiples espacios vacíos, pero cada una de las cosas que toca despliega planteos casi existenciales.
El detalle focaliza, pone en primer plano. Así aparecen: una palabra aprendida, una olvidada, la voz de una cantante, el juego entre recordar e inventar en qué circunstancias conoció a su marido.

El arte como supervivencia
Ana María Bovo y Elvira Onetto encarnan las palabras de Riva devenidas dramaturgia de la mano de Javier Berdichesky y de Andrés Gallina -sobre una idea del primero y de Maite Caballero-. Ambas actrices encuentran múltiples modos de sostener lo mínimo, lo pequeño, lo que dejaríamos caer por su apariencia insignificante; y sin embargo lo convierten en la verdadera razón de todas las cosas. El detalle es el que permite la supervivencia. Pero además y de un modo muy conmovedor y particular lo hace el arte: Ruth es una mujer que disfruta de la cultura en general.
La referencia a los lenguajes se convierte en evidencia en la puesta en escena, por ejemplo, cuando ella dice que permanece en su cocina y habla de su vínculo con el color azul y señala que se dedica a analizar el arte, ese ambiente es una sinécdoque de cocina -la parte por el todo-. Así, se desplegará y permitirá la proyección de las obras pictóricas que en la novela son pura palabra.
El humor es una parte fundamental de la propuesta, un humor tal vez un poco diferente, porque se inscribe sobre la vejez, las pérdidas de toda clase, la muerte y los olvidos.
En el inicio de la obra de teatro una amiga invita a Ruth a viajar (así sin el destino), el cierre es una búsqueda de balance entre las ventajas y desventajas de hacerlo. Pero lo que despierta el deseo en la protagonista de la historia es pensar que podrá ver sus amadas obras de arte y los lugares posibles son aquellos donde estas se encuentran.
Para viajar, las zapatillas fluorescentes que usará son indispensables. No importa a qué aeropuerto del mundo arriben. Ver a las dos mujeres que visten el traje de la vejez con esas zapatillas y con la mirada pícara de quien se enfrenta a algo con deseo es profundamente esperanzador.
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