Sátira social que sigue vigente
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Representación de "El burgués gentilhombre", de Molière, con música de Jean-Baptiste Lully, en coproducción del Centro de las Artes Teatro Argentino y la Compañía de las Luces del Colegio Nacional de Buenos Aires. Con la Orquesta de Instrumentos Barrocos y el Coro del Colegio Nacional de Buenos Aires (dirección musical y general: Marcelo Birman); dirección actoral y de escena: Mario Camarano; dispositivo visual: María José Besozzi; coreografía: Cecilia Gómez y Luis Porfiri. Elenco: Juan Manuel Tenuta ( M. Jourdain); cantantes: Ana Moraitis, Pablo Politzer, Pablo Travaglino, Clodomiro Forn y Puig , Norberto Martcos, Sebastián Giuliani, Francisco Pesqueira, Paula Lima, Carolina Sorondo, Federico Molfino, Alejandro Gabor y Juan Julián Lastra. Bailarines: Alejandro Dambrosio, Julieta Ezkenazi, Pablo Fontdevila y Cecilia Gómez. En el Teatro Argentino de La Plata.
Nuestra opinión: muy bueno
Así como Cicerón confía a la historia la misión tutelar de guiar al hombre con las lecciones del pasado, podría decirse que Molière otorga esa misión al teatro poniendo delante de nuestros ojos, a través de la farsa, situaciones de la vida individual o social aleccionadoras que hablan por sí solas, haciéndolo siempre con humor.
Partiendo de la farsa, se interna en la comedia de costumbres con fina penetración psicológica, señalando defectos humanos a un ritmo contagioso. Pero no queda preso de las circunstancias de su tiempo, en el que la opulencia de una burguesía ascendente del siglo XVII no logra traspasar sus límites de "clase" frente a la nobleza. Lo que señala Molière bien puede acontecer hoy, sin necesidad de equiparar situaciones de manera impropia.
En ese sentido "El burgués gentilhombre" es una comedia de caracteres en la que se advierte la sátira social –que la interpretación puede tornar vigente aún hoy–, cuando hay autores clásicos tan geniales como Molière y buenos intérpretes como los que han acometido esta vez la tarea en una sala lírica.
Que Monsieur Jourdain, acaudalado comerciante, en un ataque repentino de "movilidad social" pretenda en su ingenua rudeza hacer cursos acelerados de buenas maneras y contrate a maestros de música, danza o filosofía para lograrlo a toda costa va perfilando situaciones humanas sempiternas.
Que el genio universal de Molière haya advertido como pocos autores de su tiempo la importancia del papel de la música en el teatro y el posible maridaje de ambos, lo coloca también en el terreno de los precursores de la ópera francesa, arte que el florentino Lully cultivaba con señalado éxito en la aristocrática sociedad de Luis XIV en Versalles. (De él da cuenta la diapositiva de Apolo o el Sol, personaje que aparece ilustrando las primeras escenas, que Lully había proyectado para su "Ballet de la Nuit").
En la versión ofrecida se escuchó la música original de Lully y fragmentos de la comedia de Molière en una puesta en escena que mantuvo la sensación de espacialidad que posibilitaban con su amplitud real y su fastuosidad los teatros de la época. Grabados, emblemas y estampas como la mencionada ambientaron el espacio escénico por el que circularon los actores, bailarines, músicos y figurantes, los que confieren a la acción escénica con las canciones y ritmos de danza la fluida fantasía que envuelve a los personajes centrales.
Molière y Lully configuran así una unión ideal porque a los personajes y las costumbres de la época, las danzas y la música suman el clima emocional apropiado, que emana del instrumental barroco empleado, y que en esta oportunidad evidenció con holgura la idoneidad de los jóvenes instrumentistas que siguieron la autorizada batuta de Marcelo Birman.
Lully superó la composición de escenas a la italiana en estilo recitativo en sus conciertos, serenatas, lecciones de danza, canto coral y repeticiones en los que comenzó a utilizar melodías y cantos típicamente franceses, impregnándolos de sentimientos delicados, pero también en los que aflora una vena cómica irresistible.
Sobresaliente actuación
El papel protagónico estuvo magistralmente interpretado por Juan Manuel Tenuta, que asumió con autoridad su Monsieur Jourdain, cuyos parlamentos fueron dichos con tonos y riqueza de matices ejemplares acordes con su simpleza, sus obsesivos deseos de aprobación y de grandeza.
En la diversidad, los estilos cantables se yuxtaponen, y eso ocurre hasta con los idiomas empleados, como el español que interpreta con magnífica voz y dulce expresión Pablo Politzer acompañado por una tiorba, con sereno trasfondo de cuerdas barrocas.
El canto y el desempeño escénico del tenor Pablo Travaglino, y los barítonos Clodomiro Fom y Norberto Marcos, fueron correctos. Otro tanto ocurrió con las intervenciones de la soprano Ana Moraitis, perfectamente adecuadas a la expresión barroca y con marcada expresividad vocal.
Sebastián Giuliani y Francisco Pesqueira asumieron con justeza sus papeles de maestros de Monsieur Jourdain ironizando sobre sus ampulosas pretensiones; y Carolina Sorondo y Paula Lima, hija y criada, respectivamente, del burgués, tuvieron un desempeño actoral efectivo y convincente.
Las danzas fueron ajustadas en estilo al espíritu de la época. Fue especialmente graciosa la ceremonia ficticia en la que una supuesta visita del Sultán de Turquía confiere a Jourdain el pomposo título de Mameluco, en la que la animación y el colorido reinantes lo fascinan hasta el punto de perder noción de la realidad. La ópera barroca, género no muy frecuentado en nuestro medio, tuvo en el Teatro Argentino, con crecida asistencia de público, una nueva confirmación de sus valores intrínsecos. Es destacable que la idea haya surgido y madurado al amparo de las autoridades del Colegio Nacional de Buenos Aires y que la sala haya dado lugar a tantas expectativas puestas en sus intérpretes.




