
Sofovich remixado, o el arte de hacer buena letra
Con El enterrador y Varieté para María Elena, que estrenó este mes, el productor prueba que puede hacer mucho más que humor ligero
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Tiene 71 años, y la idea de casarse con una ex secretaria de uno de sus programas, a la que casi duplica en edad, le revolotea por la cabeza. A pesar del infarto de 1991 y de su colección de seis stents que lleva orgullosamente encima, no le afloja al paquete diario de cigarrillos y lo tiene sin cuidado la adrenalina continua de conducir su propio programa de TV y de ser el presidente del jurado más polémico de la televisión argentina (últimamente, muy cuestionado por las chicas no favorecidas por sus fallos). Soporta sin quejas los bruscos vaivenes de la taquilla de sus obras de teatro y siempre está bien dispuesto a entregarse a los sacudones emocionantes de su "deporte" favorito (jugar a la ruleta).
Como es una máquina imparable de producir, no está en sus planes retirarse: tras aportar este mes dos novedades a la cartelera porteña ( El enterrador y Varieté para María Elena) , se juega a que su inminente apuesta para el verano de Villa Carlos Paz ( La fiesta está en el lago , con Florencia de la V) sea la más vista, en tanto que comienza a adaptar una obra inédita de su finado hermano Hugo para llevarla a escena tan pronto como pueda.
En Gerardo Sofovich, todo es vértigo, y su hiperdesarrollado complejo de superioridad lo exime de temores.
Es que con el mismo desparpajo acabronado con el que despacha enemigos, mira de frente y desafiante a ese mismo destino que lo golpeó tan duramente de muy chico, como si todas sus cartas fueran altas, y prepara su yate y moto de agua para surfear por las no siempre mansas aguas esteñas como si tuviese un tercio de su edad. Sin embargo, este hombre duro, temido y temible, que aun siendo mucho se cree más de lo que es, que se ha peleado con Dios y María Santísima y a quien no le gusta perder siquiera a las bolitas, tiene un solo punto flaco que ha dejado en evidencia en las últimas semanas.
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Como tarde o temprano les sucede a quienes cultivan el humor más popular, a Gerardo Sofovich también le pesa la falta de reconocimiento y de prestigio por parte de ciertos círculos que no acostumbra frecuentar. Ya no le bastan los 48 años de éxitos televisivos en continuado, ni haberles dado aire a distintas generaciones de actores cómicos ni haber descubierto cantidades industriales de infartantes beldades. Tampoco lo colman del todo sus inalcanzables récords de audiencia conseguidos en distintas épocas, o que algunos de los remates risueños de sus personajes hayan pasado a ser de uso corriente del pueblo.
No hay nada que hacer: el drama garantiza el bronce más fácil que la comedia. En cambio, ni sus clases de buen hablar en La noche del domingo ni las preguntas de cultura general de Tiempo límite alcanzaron para que arañase esos blasones.
Pero el hombre es porfiado y ahora quiere casi lo imposible: precursor involuntario de los Kirchner (que no son de su simpatía) en el afán de denostar a la prensa que no le supo ser adicta, pretende que los críticos reconozcan sin objeción alguna e incondicionalmente su profunda huella en el espectáculo argentino. No las tiene todas consigo: su extremada cercanía al presidente Carlos Menem, en los 90 (incluido su discutido paso por ATC), resultó fuente de nuevas controversias y, ni que decir, su más que buena predisposición a entregarse, en los últimos años, cada vez más, a discusiones de bajísimo vuelo que alimentaron las siestas chimenteras de la televisión y que ni siquiera estaban a su altura.
Ahora intenta, al menos, volver a ser digno de lo que él mismo fue en otros momentos -un autor y director popular, pero con formación y conocimientos como para sorprender y elevarse muy por encima de su producción más ramplona-, y este mes demostró que, en efecto, es capaz de tocar mejores cuerdas, además de parir campeonatos de pulseadas, de cortes de manzana, animalitos, baleros o bowling y de ser el rey de los PNT.
Así, en tanto que en el Multiteatro seguirá presentando hasta el 30 de este mes El enterrador , una obra sin vedettes ni chistes de doble sentido que propone una suerte de atractivo thriller y de juego reflexivo sobre los mecanismos teatrales, en el Tabarís concreta una vuelta de tuerca aún más audaz al combinar la estética de Aníbal Pachano con algunos recursos más populares de sus revistas anteriores para homenajear a María Elena Walsh. Si la autora de tantos temas y relatos inolvidables confió en la buena mano de Sofovich no sólo autorizando el espectáculo que armó, sino dándole el importante aval de su presencia en la noche del debut, podría decirse que algo similar pasó en El enterrador , donde "Mariposa technicolor", de Fito Páez, es un leitmotiv musical cuya utilización consintió el inspirado cantautor rosarino.
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Los dos últimos trascendentales pasos teatrales dados por Sofovich parecen ir en dirección contraria a la profusión de comedias ligeras y revisteriles que ha dado a conocer en los últimos años, con repercusiones bastante dispares, salvo el éxito descomunal de El champán las pone mimosas . Tal vez es un volver a las fuentes, una manera de mostrarse como un creador más integral, como lo fue hace mucho tiempo, cuando concibió Monólogos y adulterios para Pepe Soriano, Luis Brandoni y Martha Bianchi; Historias del siete , en colaboración con Enrique Pinti, o las primeras temporadas de Operación Ja Ja y Polémica en el bar , de una comicidad mucho más rica y variada, menos monotemática, que algunos derrapes posteriores diluyeron.
¿Quiere el público habitual de Sofovich, acostumbrado a los chistes directos y a las mujeres pulposas, sumar su presencia a ese marcado viraje de contornos más cuidados que se aleja de lo cachondo? Los espectadores más intelectuales, por su parte, ¿están dispuestos a dejar de lado sus prejuicios para ver lo que este "nuevo" Sofovich les ofrece?
Las respuestas a estos interrogantes no son lineales: en el caso de El enterrador , en el Multiteatro, a pesar de que la crítica no le fue adversa, la concurrencia es escasa. Muy distinto, en cambio, es el impacto de Varieté para María Elena , en el Tabarís, donde la demanda de entradas es sostenida y creciente. Y la crítica se mostró muy entusiasmada por el original y feliz cruce de estéticas depuradas con números más populares.
Como el Tabarís, que pasó de templo evangélico a palacio de colas y lolas, y ahora, de la mano de María Elena Walsh, roza la cultura, Sofovich se reinventa a sí mismo una vez más, lo que confirma su asombrosa singularidad.



