
Soriano, en una magistral actuación
"Visitando al señor Green" , de Jeff Baron. Dirigida por Santiago Doria. Producida por Bruno Pedemonti y Baltasar Jaramillo. Con Pepe Soriano y Facundo Arana. Traducción: F. Masllorens y F. González del Pino. Escenografía: René Diviú. Vestuario: Mariana Meligeni. Música original: Javier López del Carril. Luces: Leandra Rodríguez e Ignacio Riveros. Asistentes: Jorge Marcucci, Juan Arana y Victoria Espíndola. Producción ejecutiva: Angeles Giménez. En el Multiteatro. Duración: 80 minutos.
En una era de frialdad donde parecería ser que ya pocas cosas conmueven, uno sale eternamente agradecido porque un hecho artístico regale un poco de lágrimas propias antes de salir del teatro. Y todo gracias a la poética de la sencillez, a una dirección exacta y a una actuación que es auténtica ternura.
Jeff Baron, un joven dramaturgo del off Broadway y libretista televisivo, confeccionó una pieza sin un conflicto fuerte, pero extraordinariamente bella a partir de lo emocional. "Visitando al señor Green" es una obra de situación con textura. Es suave, dulce y en extremo emotiva. Sobre esa textura es que fluye el texto, su historia sencilla y un mensaje lógico, natural.
¿Qué es lo que ocurre? El destino reúne a dos soledades. Ross Gardiner, un joven ejecutivo exitoso hace una mala maniobra con su automóvil y atropella levemente al señor Green, un anciano octogenario. Por ese hecho (que lógicamente se cuenta y no se ve), el joven es condenado por una jueza a visitar una vez por semana a su "víctima" para asistirlo y atenderlo. A partir de esas visitas, se desarrolla una relación que parte de la distancia y se afianza en la necesidad del uno por el otro, y en una comprensión que parece imposible hasta que el amor los abraza.
Ambos son judíos: ese lazo los hermana. Pero el abismo generacional, las dificultades lógicas del vivir, la educación esquemática de uno y el pedido de socorro del otro crean un río de cauce tranquilo, con algunos escollos y una desembocadura tremendamente conmovedora.
Baron consigue agilidad en los parlamentos, momentos chispeantes y pinceladas muy tiernas. Logró un exacto equilibrio a partir de la sutileza, algo que parece fácil, pero que no lo es.
Un maestro
Claro: hay que hacer una salvedad. Esta pieza donde lo emocional y lo sensorial son protagonistas no podría llegar a buen puerto si no contara con actores dignos de tan exquisitos papeles.
Es allí donde radica también el éxito de la pieza. Pepe Soriano no deja de sorprender. Realiza aquí una de las mejores composiciones de su vida. Demuestra ser un agudo observador para el arribo a la composición. Su postura física y gestual es cuidadosa y artesanal al detalle. Y eso es tan orgánico que no se torna un impedimento para la natural encarnación de este viejo al que se ama, a pesar de su tosudez. Es un trabajo excelente.
Por su parte, Facundo Arana le aplica un dulce y agradable uppercut a los prejuicios por su origen televisivo. Encarnar a este muchacho que ansía amar y que lo dejen amar como él quiere, y su desafío por derribar esas paredes macizas que los viejos, a veces, se crean en su moralidad, no es tarea fácil. Arana consigue un interesante trabajo interno que se deja traslucir en los momentos más necesarios. Allí no falla, aunque por momentos esas emociones siguen contenidas y atadas a cierta rigidez física. Pero se vislumbra que no es una limitación, sino producto de un reciente debut que, seguramente, lo aflojará cada vez más con el correr de las funciones. Esto no es consuelo, sino certeza, ya que el camino que emprendió en la interpretación de este rol es el correcto, y sensibilidad y fibra emotiva no le faltan.
Santiago Doria captó de la pieza la dramaturgia de lo cotidiano, de lo natural y dejó a los actores hacer. Los hizo navegar por un cauce más interno y sensorial que de acciones que los transporten a los objetivos emocionales. El resultado es positivo. Logró que ambos actores demostraran una química esencial que, de no existir, haría añicos la pieza. Se ve amor en esa relación y eso es reconfortante para el espectador.
Por su parte, la puesta es cuidadosa y aprovecha a pleno todo el espacio escénico bien propuesto por el escenógrafo René Diviú. El artista diseñó un único decorado realista que muestra el living comedor y la cocina de la casa del señor Green, con un paisaje urbano abstracto de fondo que sirve para ilustrar la parte superior de la caja italiana. Todo muy bien logrado.
Otro punto a favor es la musicalización original de Javier López del Carril que le aporta mayor volumen a los momentos de peso de la obra. Entretanto, el vestuario de Mariana Meligeni es correcto. En cambio, la puesta de luces es algo estática y esquemática. Pero, en resumen, es una de las mejores obras de esta temporada teatral sin demasiadas luces.






