
Sutileza y humor negro
"La Madonnita", de Mauricio Kartún. Elenco: Roberto Castro, Manuel Vicente y Verónica Piaggio. Escenografía: Norberto Laino. Diseño de sonido: Jorge Valcarcel. Iluminación: Alejandro Le Roux. Vestuario: Gabriela Fernández. Dirección: Mauricio Kartún. Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín. Estreno: jueves 16 de octubre de 2003.
Nuestra opinión: excelente
En el infame Paseo de Julio de los años 20 o 30 del siglo pasado, Otto Hertz montó su taller de fotografía. Casamientos, bautizos, primeras comuniones, retratos de familia, son la cara visible y menos lucrativa de su profesión. Porque su actividad más rendidora es la pornografía. Sexo explícito, diríamos hoy. Y su propia mujer, Filomena, es la protagonista de esas cartulinas ávidamente requeridas por un vasto mercado donde las distribuye Basilio, un viajante especializado, con algo del Lenny de "La fuerza bruta" de Steinbeck: un hombrón de escasas luces, de habla balbuceante y al que no conviene sacar ni de sus casillas, ni de su visión simplista del mundo.
Pero el stock de imágenes incitantes se agota y Basilio, tozudo y furioso como un toro de lidia, exige novedades: la clientela se queja, ve siempre lo mismo, el negocio declina. Hertz explica: Filomena (apodada La Madonnita, por su aspecto virginal y porque como único atuendo, además de las consabidas medias negras, al posar usa siempre un velo de comulgante) está deprimida, se niega a hablar y hasta a comer, porque su partenaire habitual, un negro uruguayo que actuaba tapado con tan sólo un antifaz, se ha marchado sin previo aviso. Y si bien Otto podría persuadirla de volver al trabajo, falta ahora el otro personaje imprescindible, en el que los clientes apenas reparan -observa el fotógrafo- pero sin cuya cooperación el tableau vivant carecería de sentido.
Sólida construcción verbal
Con su cabal madurez de dramaturgo y su excepcional manejo del lenguaje (recordemos la admirable "Rápido nocturno, tiempo de foxtrot", San Martín, 1997), Kartún va enredando los hilos de la intriga. En realidad, nada es como parece y las revelaciones se suceden, imprevisibles, implacables. Campea el humor más negro en las sutilezas de los diálogos que oponen el virtuosismo verbal de Hertz, rayano en la cursilería, con el balbuceo casi infantil, abundante en onomatopeyas y lugares comunes, del torpe y, pese a todo, tierno Basilio. La Madonnita se había enamorado del negro, y ambos planeaban huir juntos al Uruguay, lo que Otto impidió a último momento. El único reemplazante posible del fugitivo, por ser hombre de confianza, sería Basilio. La desopilante dialéctica de estos momentos, salpicados con los gorgoritos de María Barrientos (nada menos) interpretando "La Traviata" en una placa vetusta, no oculta -al contrario, subraya- la corriente oculta de pasiones enfrentadas, grávidas de tragedia. Porque también Hertz y Basilio aman, desesperadamente, a esa ilusión de sublime sensualidad, pagana, desenfrenada, evocada por una mujer que en la vida real es renga e insignificante, pero que en la imagen se transforma en una diosa a la vez virgen y prostituta. El ideal masculino, diría Freud. Y no es poco el acierto de Kartún al demostrar que el comercio pornográfico atenta menos contra el código de costumbres vigente, que contra la dignidad humana. Nunca el ser humano es tan rebajado a cosa, como en esa forma de prostitución aparentemente divertida. Siempre hubo un relente de mal aliento, de pies sucios, juanetes, medias rotas y sábanas manchadas, en las fotos y las películas pornográficas de esos años
Gran final y coda
Es raro que un autor sea buen director de su propia obra. Aquí se da el caso: Kartún conduce con mano segura a sus excelentes actores y ocupa cómodamente el espacio en la sugestiva escenografía de Laino. Roberto Castro expresa con acierto las contradicciones y la honda perversidad de Otto Hertz, voyeur profesional. Verónica Piaggio sale triunfante de una de las tareas más ingratas que pueden tocarle a un intérprete: no hablar y, sin embargo, participar activamente de los acontecimientos. Manuel Vicente hace una creación memorable del hombre-niño, candoroso y brutal, Basilio, tironeado entre el deseo y el pudor (la escena de su desnudo integral es de una comicidad y un patetismo antológicos), el comercio más sórdido y el anhelo de una pureza improbable.
La única objeción apunta a que, tras un estallido trágico que lo sobrecoge, el espectador es convocado a una suerte de coda, en la que La Madonnita es canonizada, a su manera, por los dos hombres que la amaron y la destruyeron. El recurso enfría el final, por más que la intensidad poética del texto de Kartún llegue aquí a su más alto nivel.



