
Teatro para espectadores itinerantes
El público debe elegir a qué personaje seguir en la obra de Pablo Sodor, que retoma la estructura de "Tamara"
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" Hotel Berlín 1933 ." Creado por Pablo Sodor. Producción: Tito Faustin y Lucio Bartolomeoli. Dirección: Julio Baccaro. Elenco: Jordán Orlando, Pía Uribelarrea, Regina Lamm, Raúl Filippi, Darío Dukah, Ana Livingston, Carlos Issa, Adriana Salonia, Mariano Musó, Néstor Zacco, Sergio Piornedo, Leonardo Salimbeni, Irene Gasparik, Gerardo Dolce, María Teresa del Río, Martín Segura, Laura Tilve, Luciana De Nicola y José Luis Ledesma. Escenografía: Daniel Feijóo. Música: Freddy Vacarezza. Construcción hotel: Daniel Orlando. Luces: Ariel Ludin. Sonido: Fabián Munne. Vestuario: Kouka Denis. Coreografía: María Teresa del Río. En Moreno 963. Duración: 150 minutos.
Antes que nada, tres prácticas recomendaciones: 1) si su andar se resiente por estar mucho parado o, peor, por subir y bajar escaleras, será mejor que piense en otro espectáculo; 2) si, además, usted o sus antepasados sufrieron en carne propia las persecuciones nazis, evalúe seriamente si le resultará verse sumergido en una recreación de aquella época (incluso con un actor que, personificado de Adolf Hitler, puede llegar a sentarse muy cerca de su mesa en la escena del cabaret).
Olvidarse de "Tamara" es el tercer consejo. Si bien "Hotel Berlín 1933" repite estructura y buena parte del elenco artístico y del staff técnico de aquella obra, ésta no alcanza su estatura.
La atmósfera densa y sugestiva lograda entonces en el Palacio Il Vittoriale no asoma en esta casa refaccionada de la calle Moreno, que supo ser oficina postal y que cuenta con amplios espacios, cuyos tamaños y ornamentaciones remiten más a sets televisivos o cinematográficos que a un hotel verdadero de Berlín en el ominoso 1933 en el que la figura de Hitler se agigantó hasta convertirse en la mismísima Alemania.
El azar inicial deparó a este periodista seguir a Olga, la valiente diva rusa que triunfa en el cine alemán, y que después de hacerle frente al führer en persona se refugia en el hotel, temiendo, con razón, las horribles consecuencias de su desatinado desplante. La elección fue acertada: no sólo Ana Livingston consigue darle convicción y fuerza a su personaje, sino que -atención- de paso regala a quien la siga un baño de inmersión completamente desnuda. Con una sensualidad más afectada, irrumpe Zazá (Adriana Salonia), cantante del cabaret del hotel que entre su equipaje esconde una mortífera carga explosiva.
El creador del espectáculo (Pablo Sodor), de pronto, propone a quien esto escribe que lo siga. ¿Quién mejor que el autor de la pieza para guiar por un circuito desconocido, en el que se entrecruzan personajes y actuaciones de tan variado calibre?
Pero saltar de un personaje a otro no es una idea recomendable. Aquí las escenas son simultáneas, pero no simétricas y no encajan tan perfectamente como en "Tamara". Un espectador inquieto podría quedarse con demasiadas piezas sueltas en la mano sin saber qué hacer con ellas, a lo largo de las excesivas dos horas 30 minutos que dura el espectáculo.
El momento del cabaret, que uno imaginaría como la frutilla del postre, tiene una pobre realización que no se condice con lo mucho y bueno que en la materia ofrece casi en forma permanente la escena local.
Magia que se desvanece
En "Hotel Berlín", algunas historias son compartidas. Eduard (Darío Dukah) y Alan (Jordán Orlando) se conocen desde niños. En la infancia solían compartir juegos y un profundo afecto parecería unirlos. Eduard llega esta vez enfundado en su traje militar. Es subteniente del régimen alemán. Alan mantiene su puesto de botones en el hotel y carga con una profunda alegría por reencontrarse con su amigo, aunque esa expectativa pronto se desmorona. El militar decide compartir la habitación y la cama de Alan pero prefiere tomar distancia afectiva de su ex compañero de infancia.
Si bien durante la primera parte -se toma la escena del cabaret como intermedio-, el espectador no terminará de comprender al subteniente, en la segunda todo resulta más complejo. Eduard, inesperadamente, ha cambiado de actitud, su acercamiento a Alan es más intenso. Y a la vez, una serie de informaciones irán descubriendo la realidad de los personajes quienes, a esta altura, ya han modificado y mucho sus respectivas realidades. Una mujer ha sido asesinada en el hotel y ambos hombres aparecen involucrados. Pero en esta segunda parte todo es información, nada se transforma en pura acción dramática.
Si bien en un comienzo es muy rica la relación entre estos dos personajes, a poco de iniciado el espectáculo todo comienza a desvanecerse. Las actuaciones son muy endebles. Todo se verbaliza, nada se siente en el cuerpo. Y ni aún el cuerpo desnudo de Eduard, bajo la ducha, resulta provocador como para develar cierta pasión que ha sostenido la amistad entre los muchachos. En ninguna de las escenas en las que estos personajes están solos o con otros personajes asoma tensión. Y en algunos momentos, el público sigue por el hotel a un Eduard sumamente torturado -según sus palabras y su actitud-, que duda acerca de su destino: en un polo la relación afectiva con su amigo (tal vez el amor); en el otro, cumplir las órdenes de sus superiores militares (la muerte). Tampoco allí conmueve.
El final es por demás desconcertante. La tragedia se impone sobre estos personajes, pero ni el resto de los intérpretes, ni los espectadores, sienten alguna conmoción por lo que sucede. Y los acontecimientos últimos -desde lo que anuncia el texto- son verdaderamente terribles.
Un ambiente casi mágico, unos actores muy inseguros y un texto muy poco profundo -disperso en su estructura particular y plagado de información más que de acciones- conforman esta experiencia carente de una sostenida teatralidad.
Aventura despareja y sin emoción
Al traspasar el espacio de la boletería del edificio de Moreno al 900, uno tiene la sensación de entrar en una especie de atracción de Disneylandia. El hotel de la historia está emperifollado por una escenografía muy cinematográfica y el espectador-visitante es recibido por botones y mucamas muy bien producidos. El juego comienza enseguida. Uno de los figurantes explica hacia dónde hay que ir, de acuerdo al personaje que al espectador le toca en suerte. Y ahí comienza la aventura. O por lo menos, ahí parece que comienza una aventura.
La elegida en este caso es Bertha, la gobernanta. Ahí uno descubre enseguida que estos personajes pasan más tiempo hablando solos que dialogando o interactuando con otros. En pocos minutos, uno se topa con alguno que otro personaje más y se sumerge en esta diversión de andar siguiendo por la casa a una de estas criaturas. Pero Bertha no es, precisamente, la más divertida. No por la actriz (Pía Uribelarrea) sino por el texto. Estos personajes enuncian sus historias, sus conflictos, el afuera y uno parece estar en un juego de mesa en el que cada carta que aparece descubre una nueva instancia, pero sin emoción, sin estremecer en ningún momento.
El cambio de personaje se hace obligado y el foco ahora es Vernier, un periodista argentino que llega a Berlín vaya a saber para qué. Es que a esta altura del espectáculo, uno se perdió mucha información sobre el personaje. Pero, por lo menos, se descubre a un buen actor: Carlos Issa, ya que, en general, salvo por las actuaciones de Uribelarrea, Sergio Piornedo, Raúl Filippi, Néstor Zacco y Regina Lamm, no se descubren trabajos interesantes.
Luego viene la parte del cabaret alemán. Es el momento de la distención, de una copa de champán y unos canapés que se llegan a consumir, con suerte, si no se está atento a lo que pasa en el escenario y los alrededores. Y el espectáculo que transcurre en un escenario formal, no entretiene, sólo distrae un poco más.
En busca de una aventura más apasionante, el foco es ahora la suite donde se aloja Zazá, una artista francesa y espía comunista. Ahí hay más personajes que entran y salen, tiros, muertos y alguna tortura psicológica. Lo cierto es que uno acaba teniendo varias piezas sueltas de un rompecabezas que se imagina como es, pero que nunca logra construirse. Por lo menos haciendo un trayecto tan poco disciplinado. Lo ideal sería poder hacerlo bien, pero eso sería posible si todos los personajes fueran atractivos.
La ambientación del hotel es muy teatral y correcta con la época, así como el vestuario. Aunque la mezcla de actores-figurantes con asistentes y productores "handy" en mano le quitan un poco más de fantasía a la acción. El mayor problema de "Hotel Berlín 1933" es esta historia en la que poco sucede y mucho se dice.


