
Top, top, top
Dirección: Hernán Carbon / Intérprete: Marcelo Katz / Música original: Sebastián Furman / Escenografía: Analía Gaguin / Vestuario: Laura Molina / Realización escenográfica: Analía Gaguin y Florencia Borowski / Iluminación: Fernando Berreta / Coreografía: Diego Bros / Asistente: Camila López Stordeur / Producción ejecutiva: Diego B. Perez / Sala: Centro cultural de la Cooperación (Corrientes 1543) / Funciones: viernes, a las 22.45 / Duración: 60 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Después de muchos años sin subirse al escenario como actor, Marcelo Katz llega para sorprender y muy gratamente. En este último tiempo, su trabajo siguió activo como director y docente pero a la actuación la había dejado a un costado. Y ahora volvió con todo.
La propuesta para este nuevo trabajo, dirigido por Hernán Carbón, es hacer un recorrido por su propia vida y, entonces, va desde su infancia -padres, hermanos- para llegar de a poco a la actualidad. Mientras avanza mezcla recuerdos y anécdotas reales con las fantasías propias de la niñez que tiene en su memoria, ese lugar donde todas las historias tienen el don de ser mejoradas.
La escenografía aparenta ser sencilla, pero a medida que avanza la obra el despliegue crece. Si en un principio lo que se ve es una especie de maqueta con un trencito eléctrico que la recorre por sus vías, eso va tomando intensidad a medida que Marcelo Katz va incorporando todos los elementos al relato. Entonces aquel tren se cuela en su pasado y en su placer por viajar y tomar miles de capuchinos -palabra que parece encantarle por su sonido- en el salón comedor. De esa misma maqueta saldrán muchas otras cosas escondidas. Cuando cuenta que su madre era una gran escaladora -una fantasía propia de la niñez- se asoma una montaña y dos muñequitos llegan a la cima.
Por otra parte, el fondo del escenario es una pantalla en donde se van proyectando fotos de su familia, de amigos e imágenes variadas que también enriquecerán el relato. Con una sincronización deslumbrante, va chasqueando sus dedos para pasar de imagen a imagen sin que falle nunca nada.
La música también se destaca. Casi como una película fantástica, la banda sonora acompaña los recuerdos y los carga aún más de emoción.
Marcelo Katz está impecable, hace honor a su extensa y sobresaliente trayectoria en el mundo del clown, con una ternura que emociona. Humor sano, inteligente y cariñoso para todas las edades; puede que los más pequeños no sigan todo el hilo, sobre todo por el horario, pero vale la pena el intento porque el resultado es bellísimo.
En una clase magistral de cómo pelar caramelos sin hacer ruido para no molestar a los actores, Katz da cuenta de que no sólo es brillante actuando sino que su rapidez para con el público hace que toda la platea esté atenta, escuchando y con sonrisas: "Si hay sonido pelo el caramelo, sin sonido? espero". Unas cuantas intervenciones del público se suman a la obra para darle dinamismo, alegría y clima de fiesta, todos tienen una predisposición asombrosa.
Así vamos llegando al final, en donde nos cuenta que algunas cosas son inventadas y otras no. Cierto es que las historias son más ricas si le sumamos un poco de nuestra imaginación, cosa que Marcelo Katz parecería tener como un don. Y así logra que su pasado, sus seres queridos, sus historias sean realmente top, top, top.



