
Un circo con payasos demasiado melancólicos
La propuesta que encabeza Roberto Catarineu está más cerca de la nostalgia de un adulto que de la diversión de un niño
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¡Payasos en banda! Autor: Daniel Zaballa. Intérpretes: Roberto Catarineu, Gustavo Oliver, Daniel Zaballa, Carolina Bujas, María Luz Zaballa, Francisco J. Suárez. Músicos en escena: Leo Heras, Jorge Polanuer, Diego Maurizi y Julio Martínez (Cuatro Vientos), Hugo Claverie (percusión). Escenografía: Jorge Crapanzano. Vestuario: Marta Albertinazzi. Copreografía: Juan Pablo Sierra. Música: Jorge Polanuer. Iluminación: Jorge Pastorino. Dirección: José Paez Toledo. Teatro Nacional Cervantes. Sábados y domingos, a las 15. $ 25. Nuestra opinión: regular.
La fórmula se presenta atractiva: el experimentado Roberto Catarineu y los saxofonistas del grupo Cuatro Vientos, en una puesta en escena en clave de payasos, con los recursos que ofrece una sala mayor como la María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes.
Desde un lugar central en el escenario, Catarineu protagoniza al presentador del circo, un maestro de ceremonias que no sólo introduce los personajes y sus números, sino toda la tradición circense. Pero lo hace desde una óptica cargada de nostalgia por la vigencia supuestamente casi perdida de la gracia de los clowns.
Puede discutirse si esto es así, en vista de la presencia de múltiples vertientes escénicas actuales que rescatan a los payasos, más teniendo en cartelera al Cirque du Soleil con la espléndida rutina del argentino Toto Castiñeiras, más cercana incluso a toda la historia universal del clown que a la estética del denominado nuevo circo. Puede objetarse, por otra parte, que la nostalgia es un sentimiento lejano a la fresca inmediatez de la infancia.
Pero la dificultad mayor con que se enfrenta ¡Payasos en banda! es el tono enunciativo, casi declamatorio, con que arranca el texto de Daniel Zaballa en la larga introducción, que no termina de convertirse en humor en acción con la aparición de la dupla del Clown Blanco y el Payaso Augusto, interpretados por Gustavo Oliver y el mismo Zaballa, respectivamente. La propuesta de un recambio generacional a través de dos asistentes que emergen como representantes de los niños del público -María Luz Zaballa y Francisco Suárez- tampoco se sostiene en una presencia actoral tal que dé un vuelco a la situación, ni llegan a quitar el aliento los juegos de altura de Carolina Bujas sobre el trapecio.
Máscaras, música y gags
En un repaso por los tópicos tradicionales de las parejas de clowns, en las que uno es el que dirige con experiencia e inteligencia y otro parece ser el ingenuo que lo asiste, tan frecuentes bajo las carpas de los circos populares que recorrieron nuestro país, no faltan el cachetazo estruendoso ni la caída de la silla que se retira abruptamente. Tampoco el gag de la corrida de toros ni el sueño imposible del amor de la trapecista.
La dirección de José Páez Toledo no logra, sin embargo, llevar esta reivindicación del humor circense a plasmarse en una convocatoria franca a la risa de la platea presente. El aporte de los músicos de Cuatro Vientos se reduce, así, a pesar de sus logradas máscaras clownescas, al de comparsas del juego escénico. El gran presentador tiene su momento de humor -aunque ajeno a los chicos- con las referencias a la espera de Godot, el personaje de Samuel Beckett, tal vez poniendo en él la risa inalcanzable.
Al espectador adulto le queda la nostalgia por la nariz roja que llevaba Catarineu en Vivitos y coleando , de Hugo Midón, o por la más osada intervención escénico-musical de los Cuatro Vientos en la versión de La tempestad, de Shakespeare, que supo dirigir Claudio Hochman. A los niños, las ganas de divertirse un poco más.
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