Una fallida versión de un clásico
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"El Principito, una aventura musical". Basado en el libro de Antoine de Saint-Exupéry. Adaptación de Carmen Castelli. Música y letra de Raquel Ratti. Coreografía de Hugo Gómez Carranza. Intérpretes: Sebastián Francini, Juan Carlos Baglietto, Patricia Sosa, Roberto Catarineu, Carlos March, Omar Pini, Rodolfo Valss, Alejandro Parker, Florencia Otero. Dirección: Eduardo Gondell. Teatro Opera, Corrientes 860. Este fin de semana, sábado y domingo a las 16. En vacaciones, a las 15 y 17. Entradas entre 10 y 40 pesos.
Nuestra opinión: regular
La cuestión sobre si la famosa novela de Saint-Exupéry es o no un texto para niños siempre fue un tema de debate, y es posible que nunca deje de serlo. El encanto, la ingenuidad y la curiosidad del niño extraterrestre que se encuentra con un aviador varado en el desierto le otorga un enorme atractivo para todas las edades, mientras que sus observaciones y reflexiones lo llevan permanentemente al plano de la comprensión del adulto.
Incluso los episodios que el protagonista relata representan conflictos de relaciones y sentimientos que sólo un adulto puede objetivar. Generalmente a los chicos les atrae el personaje que es presentado como un niño y se identifican, tal vez con su soledad, su búsqueda, o el simple hecho de que venga de otros mundos.
El libro presenta algunas dificultades básicas para una adaptación teatral: por un lado, el lugar que ocupa en el imaginario de la platea adulta hace difícil cambiar mucho un texto conocido y atesorado, que se basa esencialmente en la palabra que reflexiona y no en la que incita o describe la acción. Y por el otro, el hecho de que la historia es contada por El Principito al aviador, quien a su vez es el relator para los lectores, y que esta historia consiste básicamente en una serie de episodios simbólicos que a manera de parábolas constituyen este viaje iniciático del pequeño ET en busca de respuestas. El otro problema consiste en lograr que algo de todo esto sea entendido por los chicos: es decir, en contárselo a ellos.
Para adultos
Este musical no se dirige a los chicos. Intenta divertirlos o entretenerlos con algunos efectos y cierta espectacularidad, pero desde su inicio establece claramente quiénes son sus interlocutores, cuando en una proyección sobre la boca del escenario, dos bailarines escriben, a la manera de lema de lo que va a seguir, "Todos tenemos un niño en el corazón". El chico de la platea no tiene un niño en el corazón: es, todo él, un niño. De modo que la dedicatoria no es para él, aunque sea, tal vez, por él.
Y ya se sabe que los efectos para el asombro no pueden llenar el vacío que genera la ausencia de una historia bien contada. Por eso, este espectáculo con todas sus buenas intenciones presenta uno de los defectos más difíciles de obviar en el teatro: es aburrido. Los niños se cansan, preguntan cuándo termina, se duermen, mientras los adultos van pasando de la expectativa a la paciencia.
Premio consuelo
Es preciso reconocer que la puesta no ha ahorrado detalles para maravillar a su público: por ejemplo, dos pantallas gigantes, una sobre el escenario y otra en el foro, permiten ampliar la escena llevando la fantasía al espacio estelar o al Sahara mediante las filmaciones, y jugando con la interacción entre el espacio virtual y la escena en vivo, haciendo que los personajes los atraviesen para entrar o salir (un efecto que fue usado muy eficazmente por Hugo Midón en "Stan y Oliver"). Puede apreciarse una buena sincronización en esos momentos, en los que la historia se redondea más con los encuentros de los personajes. También hay efectos de luces, humo, colores, que les dan espectacularidad a algunas apariciones.
Idolos
Tal vez lo que realmente atrae al público adulto -y se evidencia como recurso para la convocatoria- es la presencia de Juan Carlos Baglietto como el aviador y Patricia Sosa como la serpiente. Aunque el libro no les permite lucirse mucho y no logran componer personajes de cierta fuerza (Patricia Sosa resulta una serpiente estática, rígida, con una máscara que si bien es bella, más parece una armadura, y Baglietto es una presencia muy pasiva, sin energía), y aunque sus canciones resultan ininteligibles en melodías sin interés, se pone en claro que sus respectivas trayectorias convocan a adultos seguidores que viven la emoción de encontrarse con sus ídolos, tal vez la emoción más auténtica de la obra.
Con los niños más grandes, parece ocurrir otro tanto al aplaudir a Sebastián Francini. Curiosamente, este joven actor es en realidad quien sostiene la obra. Se lo ve comprometido con su personaje, poniendo gran energía en su trabajo, e incluso muestra una ajustada técnica de canto y logra que sus textos se entiendan. Su Principito es juguetón, tierno, enternecedor, convence.
Las mejores escenas que llegan desde la acción teatral a rozar la profundidad del texto son aquellas en las que se desarrollan los conmovedores encuentros del niño con el zorro, en los que Roberto Catarineu hace gala de su oficio. Otro personaje interesante es el Vanidoso, a cargo de Alejandro Parker, que aporta humor y juego.
Es evidente que el propósito de hacer un musical compromete la forma de tratar el texto. En este caso, el relato de Saint-Exupéry se convierte en una sucesión de números con canciones y coreografías (especialmente en la segunda parte donde se narran los viajes del niño a otros planetas), que en algunos casos presentan a los personajes bastante lejos de su delineamiento inicial. Otros, como el astrólogo, resultan de muy dudosa pertinencia, con alusiones y guiños que son sólo para los adultos, totalmente extemporáneos a la intención del libro, y que dejan afuera a los niños.
Pese a que se debe reconocer un gran esfuerzo de producción, una cosa se hizo evidente: faltó algo que uniera todo el trabajo: lo esencial, que es el teatro, brilló por su ausencia. Lamentablemente.
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