Una visita a Gordon Craig nonagenario
Un amigo generoso me regala un ejemplar de Esqueletos divinos , un libro de Patricio Gannon, editado por Losada en 1971, en la colección Cristal del Tiempo. Gannon (1901-1977) fue un erudito conocedor de la poesía inglesa, excelente traductor de ella al español, asiduo colaborador del antiguo suplemento dominical de este diario. Esqueletos divinos (raro título, derivado de unas líneas de T. S. Eliot) recopila entrevistas del autor, durante sus viajes a Europa, con ilustres personalidades de la cultura en el siglo XX; cuando éstas han muerto, concurre a las muestras evocativas, visita sus casas, interroga a quienes las conocieron.
Especial interés tiene para los amantes del teatro la visita que Gannon le hace a Gordon Craig en Niza, donde el insigne renovador de la escena pasa unos días, a los 91 años de edad, con una de sus hijas. Craig (1872-1966) era hijo natural del arquitecto inglés Edward Godwin y de la gran actriz Ellen Terry (tía, además, de John Gielgud). Tras recorrer la imponente muestra en su homenaje, montada en Venecia, Gannon decide visitar al anciano en su retiro de Saint-Paul de Vence, en el sur de Francia. No tiene la precaución de concertar previamente la entrevista y, al no encontrarlo en su casa, lo rastrea por la Costa Azul hasta localizarlo en Niza.
"Allí estaba Craig, sentado a una mesa de un café. Con su melena blanca, su buen mentón, su nariz aguileña; un tipo muy racé , que resultaba inconfundible entre la clientela anodina que poblaba el recinto." Casi por completo sordo, Craig confunde a Gannon con un irlandés (no entiende que sea un argentino de origen inglés), y recuerda sus comienzos en el Abbey Theatre de Dublín, donde debutó como escenógrafo y director de escena con la ópera Acis y Galatea , de Haendel, y Los vikingos , de Ibsen. En pleno apogeo de montajes realistas, Craig prefirió la austeridad simbólica, con el uso de la luz y de lo que él llama "un laboratorio arquitectónico": un repertorio de formas corpóreas, prismas, cubos, escaleras, y sus famosos screens , grandes pantallas móviles, traslúcidas, que al superponerse creaban diferentes atmósferas. Acaso la propuesta más polémica de Craig haya sido su teoría del actor como "supermarioneta": "Sólo hay un actor, una criatura que posee el alma del poeta dramático y quien siempre ha servido como el leal y auténtico intérprete del poeta: la marioneta". Meyerhold y Oskar Schlemmer harían también suya esta noción singular.



