
Viejos tiempos
Una puesta de Agustín Alezzo sobre la memoria y su pérdida
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Autor: Harold Pinter / Traducción: Rafael Spregelburd / Director: Agustín Alezzo / Elenco: Graciela Gramajo, Andrea Lambertini y Javier Pedersoli / Escenografía: Graciela Galán / Luces: Félix "Chango" Monti / Diseño sonoro: Juan Pablo Colombo / Asistente de dirección: Federico Tombetti / Producción ejecutiva: Agustina Palermo / Teatro: El camarín de las musas, Mario Bravo 960 / Duración: 80 minutos / Funciones: domingos, a las 18
Nuestra opinión: muy buena
"Algo no es necesariamente verdadero o falso, puede ser ambas cosas a la vez", dijo Harold Pinter. Y en Viejos tiempos , Anna reflexiona: "Hay cosas que uno recuerda, aunque tal vez nunca ocurrieron; hay cosas que recuerdo que tal vez nunca ocurrieron, pero puesto que las recuerdo, han ocurrido". Estamos en el mundo de Pinter, donde el tiempo y la memoria se entregan a incesantes devaneos, juegan a las escondidas -no sin un toque de perversidad-, urden trampas en las que a menudo los personajes se extravían y hasta pueden pagar con la muerte un pequeño error, un olvido o una revelación insoportable. Aquí no se trata de su habitual propuesta de "la amenaza en el cuarto de al lado": la amenaza está en esa misma habitación donde Deeley, Kate y Anna se reencuentran después de veinte años y evocan -¿con qué grado de certeza, con qué fidelidad al pasado?- sus amores, sus agravios, sus mentiras.
Alguien debe de haber señalado ya, seguramente, la notable semejanza entre el planteo de Viejos tiempos (estrenada en el San Martín en 1980, con Alicia Berdaxagar, Juana Hidalgo y Pepe Novoa, dirigidos por Hugo Urquijo) y el de Huis-Clos , de Sartre. Porque aquí también dos mujeres y un hombre están encerrados en una habitación que es una metáfora del Infierno, y se empeñan en recordar su pasado, desgarrándose al hacerlo. Para Sartre, el Infierno es la mirada de los otros; para Pinter, es la mirada que cada uno se dirige a sí mismo. Estas criaturas exasperadas (pero son ingleses y suelen tratarse con aparente cortesía), ¿son los espectros de personas que han muerto, o son hijos cínicos de un tiempo feroz, o son psicópatas embozados que por fin dejan caer las máscaras? Obra fascinante, abierta a múltiples interpretaciones -todas igualmente atractivas-, es un ejemplo admirable de cómo el texto, la palabra, por sí sola, con mínima actividad física, hace progresar la acción, tiene al público al borde del asiento, pendiente de una historia que provee de una incógnita tras otra, sin perder nunca una dosis de humor, perfectamente compaginada con otra de terror.
Lo escrito más arriba da una idea de la calidad de la puesta de Alezzo, maestro en la creación de atmósferas a la vez intimistas e inquietantes, y de su don para inducir a los actores a rendir lo mejor de sí mismos. El trío es, en este caso, de singular calidad; sería injusto no elogiar la impecable dicción de Javier Pedersoli, nada habitual en estos tiempos de balbuceos televisivos hasta en los escenarios más ilustres.



