Volvió Pinti, el gran fiscal nacional
Pingo argentino . Revista musical. Con Enrique Pinti, Diego Hodara, Mariela Moumdjian y elenco. Escenografía: Oria Puppo. Vestuario: Renata Schussheim. Libro y canciones: Enrique Pinti. Música, arreglos y dirección musical: Julián Vat. Producción artística: Lino Patalano. Coreografía y dirección general: Ricky Pashkus. Teatro Maipo, viernes y domingos, a las 21, y los sábados, a las 21 y a las 23.
Nuestra opinión: muy bueno
Con hambre de volver a ser él mismo sobre el escenario, y no para componer algún personaje de otro -como le tocó en los dos últimos años, junto a Guillermo Francella, al dar vida a la exitosa versión local de Los productores -, Enrique Pinti regresó con todo anteanoche al escenario del Maipo para retomar su obsesión por retratar las miserias y la autodestructiva idiosincrasia locales.
Con Pingo argentino , Pinti agrega un nuevo y logrado capítulo al monumental compendio, cada vez más sociológico que humorístico, que se empeña en engrosar desde Salsa criolla (1985-1992) y cuyas dos últimas entregas, en la misma sintonía, fueron Pericón.com.ar (2000-2001) y Candombe nacional (2002-2003).
En el espectáculo recién estrenado Pinti no se aparta de su conocido y rendidor libreto (una sarta de verdades chirriantes dichas a borbotones y a boca de jarro, con lengua bien inflamada) en el estilo que le es tan habitual (vértigo puro, sin desmayo, una maquinación tras otra que no da respiro y que se vuelve cada vez más eficaz e implacable y no sólo por mera acumulación).
Símbolo de la argentinidad
El pingo, en este caso, representa al país simbolizado en el noble animal, compañero de los indios, los gauchos y los héroes de la Independencia, reventado por el peso de un jockey no precisamente esmirriado como Pinti -ataviado con chaqueta roja, gorra, pantalón blanco y botas negras- que, a su vez, pretende representar el sobrepeso de los sucesivos gobernantes y gobernados que, mancomunados en sus retorcidos despropósitos, propiciaron los cíclicos derrapes nacionales.
Para aligerar sus durísimos estiletazos que no dejan títere con cabeza, de Garay al virreinato y desde los próceres de Mayo a Kirchner, pasando por las cavilaciones de Mitre y de Sarmiento (con el que, además, se siente identificado por la fama de boca sucia que tenía el ilustre sanjuanino), Pinti y el director general Ricky Pashkus idearon alternarlos con sencillos y simpáticos números musicales bien coreografiados y cantados que, a manera de viñetas, ilustran diversos momentos de la historia con distintos bailes y géneros musicales tradicionales del país.
Oria Puppo diseñó una escenografía muy funcional que sirve de fondo a los cuadros que se van sucediendo: paneles luminosos que asemejan una gran videowall viran de color y delante de ellos una hilera de puertitas aparentan las típicas gateras de las carreras de caballos por las que salen varios personajes y el propio Pinti, casi siempre tirando de las riendas de su sufrido pingo de mentira.
El espectáculo, que dura una hora y media, administra los tiempos y los climas sabiamente: tras la presentación y un primer y largo monólogo pesimista -en el que aprovecha para burlarse cáusticamente del gobierno actual y de los principales referentes de la oposición-, Pinti logra equilibrar la balanza al reconocer lo bueno y lo malo de los argentinos, puntero en mano, y frente a un gigantesco cerebro, según señale la parte correspondiente a la materia gris o a la materia fecal, con logrado efecto hilarante.
Luego el ritmo se acelera convenientemente en una seguidilla de cuadros y canciones alegóricas y breves para desembocar en una suerte de show televisivo por el que desfilan figuras clave de la historia argentina del siglo XIX: San Martín, Belgrano, Castelli, Moreno y Rosas.
El cuerpo de baile circula siempre plásticamente desde el fondo del escenario y sale por los costados. Una escalera central, que se deja ver en cierto momento, a la manera de los espectáculos de revista, permite el descenso de Inglaterra primero y de los Estados Unidos después, representados por dos bailarinas. Pinti las recibe con imprecaciones que multiplica al dar paso a las más "horrendas vedettes" de la actualidad: la globalización, la contaminación, la corrupción, la impunidad y la inseguridad, también simbolizadas en sinuosas señoritas, y resume supersónicamente el siglo XX argentino y lo que va de éste.
Muy cómodo en lo suyo, Enrique Pinti ofrece lo que su público quiere ver sin grandes innovaciones y, una vez más, desenvaina su afilada espada de fiscal agridulce que logra hacernos reír mostrándonos nuestro propio infierno.




