
Las apariencias engañan
El hombre que volvió de la muerte , miniserie de suspenso y terror. Libro original: Abel Santa Cruz. Adaptación autoral: Walter y Marcelo Slavich. Con Diego Peretti, Nancy Dupláa, Mario Pasik, Luis Machín, Osvaldo Santoro, Gabo Correa, Alejo Ortiz y elenco. Producción ejecutiva: Paula Granica. Producción general: Adrián Suar. Dirección: Jorge Nisco. Una producción de Pol-ka para Canal 13. Estreno: miércoles 12, a las 22.
Nuestra opinión: regular
"No tenía alternativa. Tenía que morir para seguir vivo. Eso es lo que me dijeron. Eso es lo que creí." La voz parece regresar del más allá, con una carga de misterio reforzada desde la oscura capa y la máscara que esconde el secreto ominoso de un rostro que nunca volverá a ver las cosas del mismo modo. Quien escucha las palabras es un sacerdote, dentro de un confesionario. El testimonio, lejos del acto de contrición que se espera en tales circunstancias, no es otra cosa que el anuncio de una venganza terrible y letal.
En el sentido literal de la trama que lo tiene como protagonista, Elmer van Hess vuelve resuelto a castigar a quienes lo humillaron y resolvieron marginarlo de este mundo, convertido en un desecho humano, luego de utilizarlo como vehículo de un oscuro y complejo plan. Pero en un sentido más simbólico y televisivo, este retorno tiene que ver con la actualización de un género televisivo menospreciado o sujeto a equívocos permanentes -el terror- y con el rescate de una historia que el histórico desdén de la TV por cuidar de su propia memoria convirtió casi en leyenda.
Como no se conservaron los registros fílmicos del original, El hombre que volvió de la muerte de 1969 quedó en las retinas de quienes lo vieron como una historia de suspenso pleno, diálogos cortantes y la presencia magnética de Narciso Ibáñez Menta, capaz de estremecer desde su inigualable voz con ese juramento de venganza. Aquel Elmer van Hess, dicen los memoriosos, asustaba de verdad.
Esta versión 2007, al menos en el episodio inaugural visto anteanoche, flaquea precisamente en este punto. Y todavía no aprovecha la irreprochable ambientación visual y sonora que le aporta como potencial a la historia el mejor clima posible. Aquí, el espíritu de revancha de Van Hess queda expuesto con una frialdad y una falta de carnadura que le quitan espesor e intensidad al personaje central y plantean, por consiguiente, un visible distanciamiento entre el relato y el televidente. Ni siquiera la desesperación expresada a voz en cuello por su novia Erica (Nancy Dupláa, en una muy breve aparición) consigue elevar la temperatura.
Así, mientras por un lado todo el trabajo de luz y montaje sugiere grandes posibilidades expresivas, la intriga se atenúa de a poco y termina apagándose en medio de una sucesión de escenas que se mueven entre el pasado y el presente y de las que cuesta extraer profundidad y genuina emoción.
El discurso del protagonista llega a perturbar ("soy un vagabundo de las tinieblas. Soy el odio en estado puro", llega a decir), pero jamás a sacudir y menos a horrorizar, actitud que sólo se logra corriendo algunos riesgos que la hasta aquí desangelada adaptación soslaya. Y ese tan buen actor que es Diego Peretti no logra encarnar del todo la transformación de su personaje ni desde una presencia física condicionada por la confusa ilación argumental ni desde una voz todavía distante de lo que se espera para expresar en plenitud una situación en la que se mezclan el martirio y el ansia de represalia.
El gran respaldo del público a este debut (ver recuadro) se entiende a partir del deseo de apoyar esta bienvenida recuperación de espacios importantes para la ficción. De no cambiar algunas cosas, una oportunidad tan valiosa quedará, en buena medida, desaprovechada.





