
¿Vivos o pipistrelos ?
Los Borensztein y Romano más que aclarar, oscurecen
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La exacerbación epidérmica de la palabra, por lo general, resulta inversamente proporcional a la verdadera importancia de su contenido.
Se escuchan y se leen a diario, y cada vez con mayor intensidad, intemperancias cuyo ruidoso porte habitualmente no se condice con un fondo sustancioso. La cáscara escandalosa, casi de manera indefectible, recubre un interior hueco o, a lo sumo, ingredientes de menor cuantía.
Los amantes de lo estentóreo, sin embargo, enamorados de su enardecimiento -según los casos, colérico o humorístico filoso, pero siempre hiriente-, colocan toda su carga explosiva en verba y semántica inflamadas como si un conflicto o un problema se resolviese por arte de magia con sólo enunciarlos de la manera más vehemente posible.
Si eso fuese así bien valdría la pena aguantarse cuanto chubasco de palabrotas y audacias retóricas hiciera falta. Pero es sabido que nada de eso sucede y que las cosas tienden a seguir igual (o peor) tras estas usuales declaraciones de guerra conventilleras. Lo peor de todo es que en los últimos años serios aspirantes a gobernarnos han entrado en la variante de creer ellos mismos que por el solo hecho de decir las cosas de manera más o menos contundente éstas mejoran en forma automática. Se trata de un espejismo habitual en ciertos comunicadores, artistas y políticos, muy creídos ellos de que el discurso levantisco por sí solo tiene condiciones curativas asombrosas para la transformación o para apartar a un lado y para siempre a sus supuestos enemigos.
Tal vez contagiados por la multiplicación de talk y reality shows donde se promueve el choque erizado entre los participantes, cada vez más gente que uno tenía como de bien cede a este tipo de pataletas verborrágicas en cualquiera de sus versiones, gráfica o audiovisual, sin tener cabal noción del papelón al que suele exponerse.
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En esta semana que pasó hubo dos casos bastante comentados de figuras con cierto prestigio que incurrieron en esta irritante modalidad.
El primero fue la irrupción de Gerardo Romano en la emisión del lunes último de "Televisión registrada"; el otro fue la solicitada que Alejandro y Sebastián Borensztein publicaron en LA NACION del jueves pasado.
No hace falta demostrar que en ambos episodios los protagonistas son personas estimables y altamente eficientes en sus respectivos metiers.
Romano es un actor notable y de gran temperamento tanto en sus recordados unipersonales en el teatro como en la infinidad de papeles que le tocaron en suerte en la televisión. Además es un hombre de vasta cultura, como si fuese poco abogado, serio y de gran coherencia ideológica y vital: de manera muy conmovedora y personal atendió a sus padres hasta el fin sin derivarlos a un asilo de ancianos.
Los hermanos Borensztein remozaron en estética, ritmo y libros a su genial padre, Tato Bores, de manera muy conveniente, en sus tres últimos ciclos, y si bien, juntos o separados, no les fue bien con "Viva la patria", "La Cajita Social Show" y "La condena de Gabriel Doyle", acertaron -y muchísimo- con "El garante", "La Argentina de Tato" y "Tiempofinal".
Por eso da pena -porque no se trata de energúmenos ni de parias mediáticos que se tienen que ganar la vida pronunciando barbaridades- que Romano neutralizara algunos de sus interesantes conceptos en "TVR" con poses revulsivas, lenguaje escatológico e irritantes generalizaciones y que los Borensztein atacaran con un humor rudimentariamente escolar y resentido al director de contenidos de Telefé.
El grado notable de deterioro que se autoinflige la sociedad argentina no debe ser una excusa para que aquellos que mejor la representan en distintas disciplinas derrapen en este tipo de caprichosos berrinches justo ahora que los necesitamos con más lucidez y templanza que nunca. Por el contrario, sus propias trayectorias -y en el caso de los Borensztein no sólo la de ellos, sino muy especialmente la de su padre- deberían hacerlos sentir obligados a trascender siempre con excelencia, o si no callar.
Qué duda cabe de que hay muchas cosas que corregir en la Iglesia, en los medios y en el Gobierno, como desea Romano, pero su sarta de insultos autoritarios lejos de esclarecer algo sólo significó una multa de 200 mil pesos para "TVR". Del mismo modo, la gestión de Claudio Villarruel puede merecer o no algunos de los cuestionamientos efectuados por los Borensztein, pero la manera inmadura y traicionera de hacerlo fue sólo pasto para los programas chimenteros de la TV y dejará un temor definitivo en sus próximos empleadores.
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Los italianos llaman "pipistrello" al murciélago que, como bien anota Athos Espíndola en su flamante y documentado "Diccionario del lunfardo" (Planeta, 2002), es un animal "torpe en su vuelo, especialmente si hay luz". De allí que en el argot porteño se llame "pipistrelo" al individuo inculto, ordinario y rústico.
Mantener la clase en estos tiempos tan complicados no es un detalle menor, y, en cambio, pasarse de vivos -como aparentemente quisieron hacer consciente o inconscientemente Romano y los Borensztein- casi nunca da buenos resultados.
Visto lo que han cosechado en estos días tras sus protagonismos incendiarios, los muchachos del barrio más que vivos los llamarían pipistrelos.
U otarios, que para el caso es lo mismo.




