Un Hamlet entre malevos
"Un Hamlet de suburbio", con adaptación y montaje de Alberto Félix Alberto y textos de Tulio Stella. Intérpretes: César Repetto, Adriana Díaz, Osvaldo Peluffo, María Alejandra Figueroa, Clarisa Quiroga, Alejandro Caprile, Ezequiel Eskenazi Storeg, Tobías Pratt, Fito Allende, Néstor Rosendo, Anselmo Orani. Diseñador de arte: Osvaldo Ferraro. Coreografía: Valencia Batiuk, Vestuario: Fabián Luca. Música: Daniel Díaz, Diseño de escenografía y dirección: Alberto Félix Alberto. Duración: 138 minutos, con un intervalo. En el Teatro del Sur. Nuestra opinión: buena.
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Kurosawa lo demostró con "Ran" ("Rey Lear", 1985) y "Trono de sangre" ("Macbeth", 1957); Ken Hughes, con "Joe Macbeth" (1955); Richard Loncraine, con "Ricardo III" (1995) y Helmut Kautner, con "El resto es silencio" ("Hamlet", 1960).
Algunas de las grandes obras de Shakespeare resisten las traslaciones temporales sin perder los valores que las acercan al hombre contemporáneo, alimentado históricamente con raíces de diferentes culturas.
Alberto Félix Alberto hace algo similar con el príncipe danés al transportarlo, en el tiempo y en el espacio, hasta la ribera del Riachuelo en la década del 50.
En la atmósfera de ese suburbio porteño, la ambición y el deseo, que incentivan el fratricidio, se acomodan con soltura en esa época para volcar el drama de Hamlet.
En esta versión, ya no se trata del castillo de Elsinor, ni necesita serlo. Un bar, simple y común, ubicado frente al río, resuena más apropiado para la corte del caudillo Claudio Reyes, donde la neblina envolvente es favorable para el tránsito de las sombras. Es también la puerta de entrada de los extraños que desembarcan envueltos en misterios y esbozados con pasiones ocultas.
El drama es el mismo: Hamlet, aspirando a ser el vengador de su padre; Ofelia, derramando suspiros detrás de su amor alienado; Claudio Reyes, tratando de afianzar el poder sobre el cadáver de su hermano; Gertrudis, ciega por la pasión; Laertes, ahora como marino, que también reclama justicia por la muerte de su familia; Horacio, el amigo honesto, y Polonio, o mejor dicho, Polonia, porque en esta versión el asesor o consejero real toma la figura de mujer, aunque pierde su importancia en un entorno que, socialmente, pertenece a los hombres. Es quizás, en la adaptación de caracteres, donde se desdibuja el papel de este personaje y no encuentra una cómoda y definida ubicación dramática. Se presenta como una comedida que remarca en exceso el tono de falsedad.
Curiosamente, a pesar de que el texto mantiene una interesante fidelidad al original, el lenguaje suena distinto en las palabras que han perdido la grandilocuencia de la tragedia shakespeariana, pero está más cercano a nuestros oídos con el enriquecimiento que ofrecen los modismos y expresiones netamente porteños.
Resonancias porteñas
El color local se acentúa en la puesta de Alberto con la creación de climas, que rubrica una estética expresionista, generados a partir de la luz, con la música de corte tanguero, con los adoquines de la calle, con las casas de chapas y con los efectos sonoros, de contenidos dramáticos, que también permiten una ubicación espacial, como el silbato del tren a lo lejos que prenuncia algo fatídico.
Cuidando los detalles de adaptación al máximo, como lo revela el vestuario femenino, donde predominan los escotes con grandes cuellos volcados, sorprenden ciertos toques anacrónicos, como el vestido de Gertrudis en las escenas finales, que remite al siglo pasado, o el duelo entre Laertes y Hamlet, donde se recurre a floretes, en un ambiente más propicio para el cuchillo o el revólver.
Pero este recurso no desmerece la propuesta. Sin lugar a dudas, el soporte lo ofrece la actuación con trabajos sólidos en los protagónicos, convincentes, bien resueltos en la traslación, que escapan del tono trágico y de la sobreactuación para amoldarse con naturalidad y verosimilitud a un ambiente reconocible por su sonido local.
En este resultado, mucho tiene que ver la puesta de Alberto, que si bien es meticulosa en cuanto al texto, en algunas escenas lo reemplaza con imágenes de contundencia cinematográfica, muy atractivas desde lo visual.
Este lenguaje, utilizado en las escenas finales: el complot entre Claudio y Laertes y las del duelo, se ve demasiado sintetizado en su resolución y se produce un empaste de situaciones que derivan en un desenlace demasiado precipitado.
Más allá de estos reparos, "Un Hamlet de suburbio" resulta una propuesta muy interesante, porque, respetando el original, permite rescatar la vigencia de un conflicto que todavía puede instalarse en cualquier tiempo y en cualquier lugar, para contar un drama que siempre será contemporáneo y cercano a nuestras vivencias.





