
Un par de bananas muy poco digestivas
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"Jugando con Don Rata", por Bananas en Pijamas. Autor y director general: Roberto Merlino. Intérpretes: Iván Helman, Mauricio Mayer, Franco Calvano, Maximiliano Cruz, Anahí de las Heras y Silvina Ganger. Música: Aquiles Roggero. Escenografía: Mónica Pérez Bueno. Coreografía: Malena Martínez Riva y Silvina Ganger. Vestuario: Jorge Arnoni. Teatro Metropolitan.
Nuestra opinión: malo Es indudable que la pantalla chica crea extraños compromisos afectivos entre su platea y los personajes que no son más que imágenes en movimiento. Algo juega con la fantasía de la gente que, en esas figuras que ve a diario en el living, la cocina o el dormitorio de su casa, proyecta sus propios sentimientos e ilusiones, emociones y experiencias, con distintos grados de identificación.
En los niños, este proceso es muy directo, simple y sin vueltas. Lo más impresionante es observar hasta qué punto esta relación se manifiesta en reflejos condicionados absolutos: cada canción, cada melodía, produce un movimiento instantáneo, y al estilo del flautista de Hamelin los atrae como con un hechizo Pensado evidentemente para el público de más corta edad, "Jugando con Don Rata", salida precisamente de la TV, presenta personajes que son muñecos y se comportan como niños pequeños juguetones y traviesos.
En la escena, el espectáculo es apenas una especie de apunte. La historia es trivial; la música, muy pobre; los textos de las canciones no se entienden, y cuando se entienden, preocupa su mediocridad. Aunque es imposible evaluar las canciones y los diálogos por sus valores literarios o la música, por su valor estético, tampoco se encuentra claridad en los contenidos.
El repetido discurso seudodidáctico y seudoecológico aconseja cuidar el planeta no arrojando papelitos en el suelo y clasificando la basura. También la ropa, juguetes o libros que ya no se necesitan pueden ser desechados con un elegante destino solidario. (Algo así como "esto no me sirve, lo voy a regalar".)
Los niños, en el pasillo
Sin personalidad, vida o proyectos propios, los personajes juegan en el escenario mientras los niños del público se entretienen por su cuenta: bailan en el pasillo de la sala, se pelean, lloran, se caen, se levantan y siguen bailando, contemplando de reojo, de vez en cuando, esa pantalla animada con la que no tienen nada que ver, pero que necesitan encendida. El enorme volumen del sonido apaga todo ruido proveniente de la inquieta e incomunicada platea. Al final, muchos irán a despedirse con un beso de Bananín y Bananón, aunque no hayan hecho nada, ni protagonizado ninguna aventura, como si los hubieran estado acompañando de lejos.
Es posible que la fantasía de los pequeños vea nuevamente la pantalla de la TV en el escenario y todo siga siendo virtual para ellos. Ojalá en algún momento se enteren de que el teatro es otra cosa.




