Un pasaje a la India
Desde la Argentina, cuatro maneras de redescubrir lo espiritual
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Interior, aprendizaje, energía, meditación... Las mismas palabras reaparecen en cada testimonio de un puñado de argentinos con título de viajeros frecuentes a la India, de la misma manera que sol, playa y all inclusive son recurrentes en las publicidades de paquetes turísticos al Caribe.
No son tantos: según Tarsem Singh, primer secretario de la embajada de India en Buenos Aires, aproximadamente 2000 argentinos llegaron en lo que va del año a ese país, algunos más que en 2002.
En muchos casos, aunque no necesariamente en todos, la peregrinación (en realidad, un vuelo que cuesta 1500 dólares en clase turista) a Bombay suele concretarse a partir de cierta búsqueda espiritual, tras los pasos de algún maestro o de mayor conocimiento sobre terapias alternativas. Y si bien no todos encuentran allí las respuestas, después de pasar por un ashram, casi ninguno vuelve a la Argentina tal como se había ido.
A muchos, la experiencia les cambia hasta el nombre. Como a Swami Anala, de 37 años, que conoció India en 1992 y ya volvió diez veces. "India te hace ver fuera de un contexto conocido, te permite descubrirte solo, sin caballitos de batalla como tu nombre o tu profesión, y te enfrenta a cosas que tienen más que ver con vos mismo", explica Anala, que vivió también cinco años en Japón y que en Buenos Aires se dedica a la microjardinería y a "mostrar cómo vivir un poquito más aquí y ahora. No doy cursos, enseño a vivir la vida en meditación; doy una pizquita de sal para que le pongas a la comida, nada más", completa Anala, que habita el espaciovirtual en www.vivirzen.com.ar .
Ianir, de 22 años, dejó la Argentina en 1998 y, después de visitar Israel, su país natal, viajó por China, Nepal, Tailandia, Laos y otros países asiáticos. Hasta que llegó a India en 2000. "¿Qué hice cinco meses ahí? No lo sé. Yo, en India era un nene. Caminé, me reí, tome té... India te produce una movilización tan fuerte que te hace volver a jugar, a mirar un barrilete en el atardecer; es tan simple como eso. Hasta suena ridículo: hacer un viaje, cruzar el planeta para ver un barrilete al atardecer, para entender un poco que es todo lo mismo..."
Ianir (que no se cambió el nombre, pero que dejó de lado el apellido) cuenta que vivía en un barco en el río Ganges "con un citar, velas, el atardecer. Era algo bastante propio. Ahora siento que vengo a aprender de un momento muy importante en América del Sur, en la Argentina". Dice que comenzó a ver las cosas así un día, sentado en un pequeño restaurante en India, mientras veía un informe de la CNN sobre la Argentina. "Estaban rompiendo todo y yo, allá... Por eso vine con muchas ganas de trabajar acá, a transmitir lo mío. Creo mucho en la ciudad, el humo, el pavimento, las ojeras, el estrés, que lo tenemos todos. Es algo que el sabio más sabio de India también tiene, y acá es néctar puro", asegura.
En el ashram
Kaiyum, de 40 años, viajó por primera vez a la comunidad de Poona, en el oeste del país, a fines de 1996. Desde entonces regresó cuatro veces. "Un día, mi pareja de entonces me dijo que se iba y yo me fui con ella. Fue como volver a nacer. Conocí un montón de cosas nuevas, como la meditación, la energía de un maestro, las terapias; un camino totalmente diferente al que venía transitando", relata Kaiyum a propósito de su experiencia en el ashram de Osho, uno de los maestros más provocativos del siglo XX.
"Lo más importante que hice allá fue un curso de masajes de cuatro meses, que se llama rebalancing, y otros cursos más cortos. Pero igual, aunque no hagas nada, siempre algo te pasa, porque es un lugar energéticamente muy poderoso, hay tanta gente en búsqueda y en proceso de transformación que ya por estar ahí algo te sucede. Sin embargo, cuando volvés acá, de repente la gente sigue igual durante 30 o 40 años y no siempre te comprende", advierte Kaiyum, actualmente empleado en una fábrica de muebles.
Otro argentino rebautizado, Moksha, de 25 años, tercera generación de viajeros en su familia, llegó a India de la mano de su padre en 1993, cuando tenía apenas 15. Supuestamente, se trataba de unas vacaciones de tres meses también en el ashram de Osho, en Poona. Pero el viaje se extendió por medio año, y desde entonces Moksha regresó a India al menos siete veces más.
"Allá podía sentir más libremente y desahogarme sin que nadie me juzgara. Iba al ashram a meditar. Aprendí a descubrirme, eligiendo qué componentes seguirían siendo parte de mí y cuáles debían ser desechados", relata Moksha, que ahora con un hijo trabaja en un negocio de teléfonos celulares y videojuegos, estudia la carrera de hotelería y es DJ en las fiestas OM Trance de Buenos Aires, que se distinguen por comenzar con un momento de meditación.
"Una vez iniciado el viaje, no había vuelta atrás; ya nunca sería el mismo por más que quisiera o que tuviera que cuidarme para no parecer raro, loco, con temas que a los demás no les interesaban", recuerda Moksha sobre su propia experiencia, pero como si hablara también por los demás.





