Una historia pequeña, humana y emocionante
"El mar de Lucas" (Argentina/1999). Presentada por Primer Plano. Dirección: Víctor Laplace. Con Víctor Laplace, Pablo Rago, Virginia Innocenti, Ana María Picchio, Betiana Blum, Rodolfo Ranni y Ulises Dumont. Guión: Martín salinas, sobre una idea de Víctor Laplace. Fotografía: Fabián Giacometti. Música: Damián Laplace. Duración: 90 minutos. Para todo público. Nuestra opinión: Buena
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Luego de una larga y exitosa trayectoria como actor, Víctor Laplace decidió convertirse en realizador. Y para ello tuvo el buen tino de llevar a la pantalla grande una historia sencilla y humana que habla de las relaciones generacionales en un tiempo como el actual, en el que casi siempre los directores noveles apuntan a lo intelectual o a lo pretencioso.
"El mar de Lucas" habla acerca de los naturales afectos entre un padre y su hijo. Todo comienza cuando Juan Denevi, dueño de un modesto restaurante, celebra con sus amigos sus cincuenta años. En medio de esa fiesta aparece una joven mujer con un niño a cuestas. Cuando Manuela, esa muchacha desconocida para Juan, le dice que Lucas es su nieto, éste cree estar frente a una broma.
Sin embargo, Lucas es el primogénito de Facundo, a quien aquél lo había abandonado tras su separación con la madre. Facundo habita una vieja casona en un pueblito alejado del fragor de Buenos Aires, y allí construyó su hogar, tuvo un hijo e intenta llevar a cabo un sueño entre audaz y fantástico: construir un lago para que los hombres disfruten de la naturaleza.
Para llevar a cabo su plan, Facundo necesita dinero, y Manuela decide hablar con ese Juan que, luego de recorrer el mundo como cocinero de lujo en hoteles internacionales, vuelve a anclar con su pesada soledad en un Buenos Aires que, lentamente, va borrando la imagen de aquel hijo que dejó desprotegido y sediento de cariño. Y decide, entonces, retomar su deber paterno. Para ello, viaja hasta el pueblito y allí se enfrenta con un Facundo rencoroso y poco dispuesto al perdón.
Orgullos heridos
Al padre, al hijo y al nieto se le suman otros personajes que, lentamente, van hilvanando esta trama que habla fundamentalmente de los afectos, de los reencuentros y de las realizaciones personales y de orgullos heridos y mancillados.
También la trama recala en la justicia, en la necesidad de igualdad de oportunidades y de un crecimiento justo. Y lo hace con ternura, con humor y con una pátina agridulce que evita siempre el melodramatismo a ultranza.
En su debut como director, Víctor Laplace desarrolla, con acertadas pinceladas cotidianas y un clima que se detiene en la simplicidad y la ternura, una anécdota sin más pretensiones que las que se reflejan en la pantalla. Si el guión adolece por momentos de una simplicidad algo elemental y llega a un final repentino, Laplace sabe manejar estas deficiencias con el ardor de quien conoce ese micromundo hogareño pleno de sueños, de remordimientos y de perdones.
Lo que importa aquí es seguir atentamente esta anécdota que habla sin estridencias ni complicaciones mayores acerca de un hijo abandonado, de un padre dispuesto a enmendar sus fallas y de una fauna humana imbricada en una fantasía que llama al amor y a la concordia.
Como actor, Laplace cumple uno de sus más meritorios trabajos cinematográficos sobre la base de una sinceridad sin afectaciones. Pablo Rago, por su parte, aprueba con alto puntaje ese personaje de hijo para quien el perdón es una palabra que le cuesta mucho decir, en tanto que Virginia Inoccenti, Betiana Blum, Rodolfo Ranni, Ulises Dumont y el pequeño Lautaro Penella apuestan a la emotividad y ganan la partida.
Las entrañables figuras de Marcos Zucker y de Tincho Zabala aparecen fugazmente en esta historia que, con una excelente fotografía y una música de tenues sonidos, enmarcan un film que, con algunos desniveles de narración, permitirá, no obstante, acercarse a la sensibilidad de los espectadores.
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