
En el Estadio Luna Park
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Apto para todo público
Vicentico conjugó actitud y melodrama en un show que tuvo a Calamaro (quién otro) como aliado estratégico.
Cuando todavia existian los Fabulosos Cadillacs, Vicentico declaró que no veía mucha diferencia entre un solista de rock y un cantante melódico. Ahora, con dos discos editados como solista, afiches con su cara que empapelan toda la ciudad y un público “adulto” que llena el Luna para verlo a él, acaso esté comprobando cuánto de cierto había en sus dichos.
El ochentoso riff funky de la intro de “Las armas” abre paso a un estribillo cuasi kitsch, que apela a una complicidad con un público más cercano a la tele y a las radios de fórmula que a los nostálgicos seguidores de los Cadillacs. Entonces, son miles las gargantas que se suman al depurado melodramatismo del cantante: “¿Quién nos va a escuchar? ¿Quién nos va a parar?”, cantan sobre una melodía que recuerda a algún posible hit de, ponele, Cacho Castaña.
Conmovedor intérprete de boleros y baladas, como la irresistible “Cuando te vi” (a solas con su guitarra), la beatle “Roble” y la carta de amor “CJ” (a esta altura, clásicos cadillac), Vicentico parece sentirse muy cómodo allí, entre el micrófono y la penumbra. Y se confirma como un exquisito crooner latino. Hay algo, sin embargo, que desconcierta: el look. ¿Camisa brillante de colores? No. ¿Smoking tropical? Menos. ¿Remera rockera? Nada que ver. Vicentico luce una… ¡chomba! Convengámoslo, la chomba puede ser o bien la prenda más careta del mundo (especialmente si es de color rosa y ostenta un cocodrilo verde) o, al menos, un elemento textil carente de todo tipo de onda (un must del guardarropa de George Costanza, el recordado personaje que interpretaba Jason Alexander en Seinfeld ). Esta chomba negra que ¿eligió? Vicentico para cantar frente a siete mil personas luce gastada, y parece ideal para ir a buscar a su hijo Florián a la puerta de la escuela.
La dejadez estética, sin embargo, se transforma (acaso) en militancia chombística cuando sube el primer invitado de la noche: Andrés Calamaro. El cantante sube a cantar “El cantante”, de Rubén Blades, y también tiene puesta… ¡una chomba! ¡Groooossso! ¿Se viene el chomba power? Andrés la rompe, y cuando parece que el Luna Park se viene abajo, sube al escenario el maestro Lucho González para acompañar con la guitarra y, juntos, los tres hacen “El barco”. Ovación.
Más tarde, el dream team del bolero-canción se vuelve a acoplar para una encantadora versión de “Algo contigo”. Luego, Andrés recrea las partes de Celia Cruz en “Vasos vacíos”. Suenan otros standards de los Cadillacs, como el cover de Rubén Blades “Desapariciones” (junto con el tecladista Leonardo Bulacio, que introdujo un hermoso arreglo milonguero); “Gallo rojo”, “Demasiada presión” y “Carnaval toda la vida”. Un par de desubicados, arrancan un “ole olé, olé olé olá, sólo te pido que se vuelvan a juntar”. Las familias y las parejitas los miran como si nada.
¿Y la banda? Realmente impecable. Tan bien suena que, a veces, se extraña la mugre de los comienzos. En ese entonces, en ámbitos más íntimos, recreaban una pequeña orquesta tropical. Ahora se transformó en un grupo de estadios. El percusionista Pol Neiman (pelado, fibroso, flaquito), de musculosa negra, guitarra acústica y micrófono estilo Madonna, enciende a la gente en “Soy feliz”. La physique du rol encaja perfectamente con la de un miembro de una banda multiétnica de Peter Gabriel. La selecta trompeta de Ervin Stutz, ahora encabeza una poderosa y ajustadísima sección de vientos. Y las percusiones chilingas, dirigidas por Dani Buira, suenan tan brillosas y ajustadas como un Rolex de oro. Pero, eso sí: ninguno de los músicos usa chomba.






