
Elecciones en EE.UU.: ¿es este el principio del fin de la era Trump?
El presidente convirtió deliberadamente los comicios de mitad de mandato en un referéndum sobre su propia figura y terminó pagando el precio
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WASHINGTON.– Durante la campaña de mitad de mandato, el presidente Donald Trump instó a los votantes a “fingir que yo aparezco en la boleta electoral”. Lo dijo no una, ni dos, sino 47 veces este otoño boreal.
Y los votantes lo hicieron; aunque no de la manera que él esperaba.
La ola demócrata en las elecciones legislativas del martes supuso un duro revés para un presidente profundamente impopular, tras más de una década en la que ha dominado el escenario nacional. Más que cualquiera de sus predecesores, Trump convirtió deliberadamente los comicios de mitad de mandato en un referéndum sobre su propia figura, y terminó pagando el precio.
El rechazo electoral se extendió incluso a estados firmemente republicanos, lo que indica que Trump ha perdido su control sobre la coalición que lo llevó a la Casa Blanca en dos ocasiones. Frustrados por los elevados precios del combustible, un conflicto intratable con Irán y las acusaciones de un enriquecimiento flagrante por parte del señor Trump y su círculo cercano, los votantes que en su día apostaron por un outsider que prometía un cambio, optaron por rechazar a su partido o simplemente quedarse en casa.
A primera hora del miércoles, se estimaba que el margen de victoria demócrata en el voto nacional para la Cámara de Representantes rondaría los 13 puntos porcentuales; la mayor ventaja registrada por cualquier partido en unas elecciones legislativas desde, al menos, 1976, según cálculos de The New York Times. Esta cifra supera incluso los márgenes obtenidos por los republicanos en sus dos grandes victorias aplastantes de la era moderna: en 1994, cuando derrotaron a los demócratas durante el mandato de Bill Clinton, y en 2010, durante la presidencia de Barack Obama.
Debido a la redistribución de los distritos electorales, es posible que este margen no se traduzca en tantos escaños como los que obtuvieron los ganadores en aquellos años decisivos. La manipulación de los límites distritales (gerrymandering) hace que haya muchos menos escaños en juego que puedan cambiar de manos entre los partidos en comparación con el pasado. No obstante, el margen general de la victoria demócrata sugiere que, si bien al presidente aún le quedan dos años de mandato —durante los cuales puede seguir ejerciendo un poder considerable—, los estadounidenses están señalando el principio del fin de la era Trump.
“Es, básicamente, un repudio a Trump, a los republicanos y a lo que han hecho durante los últimos dos años”, señaló Douglas B. Sosnik, quien fue director político de la Casa Blanca bajo el mandato de Clinton y siguió de cerca las contiendas electorales de este año. “Creo que, a partir de mañana, entramos en una nueva etapa —una fase de transición— que durará dos años. Y será mucho más volátil que los dos años anteriores”.

Trump intentó rápidamente salvar las apariencias insistiendo en que la contundente derrota ante los demócratas no constituía, en realidad, un rechazo hacia su persona, dado que él no figuraba en la boleta electoral; poco importa que, en repetidas ocasiones, instara a los votantes a sufragar como si él mismo fuera el candidato.
“Yo no estaba en la boleta y, al no estarlo, no logramos movilizar a suficientes personas para que fueran a votar”, declaró al diario The New York Times en una entrevista el martes por la noche.
Incluso muchos republicanos pondrían los ojos en blanco ante tal afirmación, pues se trató de una campaña que giró, de manera evidente, en torno a Trump.
Fue Trump quien decidió iniciar una confrontación con Irán, lo cual sacudió los mercados energéticos y provocó un fuerte aumento en los precios del combustible. Fue él quien eligió a los candidatos, definió los temas, trazó la estrategia y estableció el mensaje.
Fue Trump quien exigió lealtad absoluta a un partido cuyos candidatos temían distanciarse de él. Y fue también Trump quien restó importancia a los cuestionamientos sobre la ética de sus negocios personales mientras ocupaba el cargo, lo que contribuyó a avivar la preocupación de los votantes respecto a la corrupción.
La derrota de dos candidatos republicanos al Senado —Ken Paxton en Texas y Darline Graham en Carolina del Sur—, a quienes él eligió personalmente por encima de otros aspirantes con mayores probabilidades de ganar en estados profundamente republicanos, puso de manifiesto las consecuencias de sus intervenciones. Su intento de alterar el proceso habitual y rediseñar los distritos electorales de la Cámara de Representantes a mitad de la década, con el fin de inclinar la balanza a favor de los republicanos, resultó contraproducente.
Muchos votantes expresaron a los encuestadores y entrevistadores sentirse engañados por Trump, pues creían que lograría reducir los precios y evitar el inicio de nuevos conflictos bélicos. Esperaban que cerrara la frontera, pero se indignaron ante lo que percibieron como detenciones excesivamente severas de personas que llevaban años residiendo en el país. Se rebelaron contra los aranceles que aumentaban los costos para los consumidores.
Desconexión
La forma en que Trump pasó su último día antes de las elecciones resultó ser una metáfora de lo desconectados que estaban sus instintos políticos respecto al momento actual. En lugar de hacer hincapié en planes para abordar las preocupaciones sobre el costo de vida que inquietan a muchos votantes, pronunció su último discurso preelectoral junto al estanque reflectante, hablando de algas y tuberías. Fue un claro recordatorio de su obsesión por sus proyectos de construcción predilectos en Washington, a pesar de las señales de advertencia de que esto irritaba a los votantes; es como si Richard Nixon hubiera dado su último discurso antes de las elecciones frente al complejo Watergate.
Aunque el trumpismo tal vez esté perdiendo fuerza, Trump conserva el poder de la presidencia durante dos años más y hará todo lo posible por seguir siendo una voz dominante el mayor tiempo que pueda. Sus aliados advirtieron que no se debe dar por sentado que es una fuerza ya agotada.

“Los críticos de Trump ya han redactado su obituario político en otras ocasiones, y siempre se han equivocado”, afirmó David McIntosh, presidente del Club for Growth, una organización que promueve políticas económicas conservadoras.
“La solución consiste en que los republicanos vuelvan a sus principios”, añadió. “Así es como ganaremos en 2028″.
Existe, naturalmente, una tendencia a extraer grandes lecciones de una oleada electoral importante en los comicios de mitad de mandato, asumiendo que esta representa un cambio fundamental en el electorado estadounidense. Puede que así sea, pero la historia ofrece numerosos ejemplos en los que tales tendencias no perduraron. Queda por ver si los resultados del martes señalan un cambio ideológico más amplio entre los votantes.

La oleada demócrata de 1974, tras el escándalo Watergate, parecía presagiar un largo periodo de ostracismo político para los republicanos; sin embargo, apenas seis años después, Ronald Reagan logró devolver a los republicanos a la Casa Blanca. De igual modo, las victorias republicanas de 1994 y 2010 se interpretaron como el preludio del fin de las presidencias de Clinton y Obama; no obstante, ambos consiguieron ser reelegidos con holgura dos años más tarde.
“El partido de Trump”
Lynn Vavrek, profesora de política estadounidense y políticas públicas en la Universidad de California, Los Ángeles, señaló que el factor determinante en estas elecciones fueron los precios desorbitados del combustible, por lo que no cabe concluir necesariamente que el carácter político del país haya experimentado una transformación profunda.
“Esto no significa que la coalición MAGA se esté desmoronando”, afirmó. “¿Ha perdido Donald Trump parte de su atractivo? Sí. ¿Sienten sus seguidores menos entusiasmo por él? Creo que la respuesta es afirmativa". No obstante, aclaró que esto no implica necesariamente que los republicanos vayan a abandonar las “políticas centradas en la identidad” —en ámbitos como la inmigración y la diversidad— que han impulsado al partido bajo el liderazgo de Trump.
Al fin y al cabo, se trata de un partido profundamente transformado, moldeado por Trump a su propia imagen: ha dado poder a quienes le muestran lealtad absoluta y ha apartado a quienes han demostrado independencia. “No sabemos cómo va a reaccionar el presidente, pero hasta ahora solo hemos visto a los miembros de su partido plegarse a sus deseos”, señaló Christina M. Greer, profesora de ciencias políticas en la Universidad de Fordham.
Joe Grogan, quien se desempeñó como asesor de política interna de Trump durante su primer mandato, afirmó que, independientemente de los resultados electorales, el presidente ha transformado el panorama político al impulsar cuestiones que antes no se habían abordado de manera adecuada, tales como la búsqueda de mejores acuerdos comerciales y la exigencia de un mayor gasto militar por parte de los aliados de la OTAN. El partido, añadió, no va a regresar a lo que fue en el pasado.
“Seguimos estando en el partido de Trump, pase lo que pase esta noche”, comentó Grogan —quien ahora trabaja en el bufete Covington & Burling— antes del cierre de las urnas. “Creo que quienes esperan que el trumpismo sea repudiado están equivocados. Se darán ciertos debates que, a mi parecer, resultarán saludables para el partido. Pero no percibo que exista un deseo profundo dentro de la formación por volver al partido que lideró George W. Bush durante dos elecciones exitosas”.
Al mismo tiempo, los demócratas debatirán cómo interpretar su victoria. Su principal seña de identidad este año fue, sencillamente, la oposición a Trump; algo que resultó más que suficiente. No obstante, el ala progresista argumentará que fue el ímpetu de la izquierda lo que impulsó el éxito, mientras que los moderados sostendrán que el factor decisivo fue la capacidad de atraer a republicanos desencantados en estados como Texas y Kansas.
James Blanchard, quien fue elegido por primera vez al Congreso durante la oleada demócrata posterior al escándalo de Watergate en 1974 y más tarde ejerció como gobernador de Michigan, señaló que la elección de este año guarda similitudes con aquel momento histórico. Sin embargo, advirtió que esto no implica que la política estadounidense vaya a retomar el rumbo que tenía antes de la llegada de Trump. “Lamentablemente, nunca podremos volver atrás”, dijo. “Tendremos que seguir adelante”.
“Es el fin de Trump”, añadió, “aunque él seguirá estando ahí”.
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