Gould, por Stephen Dixon
Casi ninguna vida parece justificar, no digamos ya una novela, sino apenas más que un puñado de relatos. Pero la literatura demuestra a cada momento que esa premisa es falsa o perezosa: solo se trata de escarbar, de romper la cáscara y posar la lupa para que las historias tomen cuerpo –abandonando la vaguedad y la anonimia– y le den una oportunidad a la narración.
Pocos escritores contemporáneos –con excepción de la brasileña Clarice Lispector– han sido tan conscientes de ese precepto como Stephen Dixon (Nueva York, 1936-Maryland, 2019). Su manejo desquiciado de las formas hace caer al lector una vez más en la trampa de creer que ya no existe nada a su alrededor. Leer a Dixon es una experiencia agotadora, pero esa desmesura se parece demasiado a la plenitud, a la sensación –otra vez engañosa, como lo prueban sus distintos y variados libros– de que alguien nos ha entregado todo lo que poseía.
Gould, publicada en su idioma original en 1997, es la novela que siguió a la demoledora Interestatal –las dos fueron traducidas por Ariel Dilon–, esta última una experiencia de lectura extrema, capaz de poner a prueba cualquier tipo de resistencia emocional. El acápite de Gould, “una novela en dos novelas”, es mucho menos ingenuo de lo que aparenta, y se enlaza con su predecesora. También aquí, como en Interestatal, se transitará por dos versiones de una misma historia: esa historia es una vida entera, y como ya hemos precisado una vida contiene múltiples novelas, si se logra vencer el prejuicio de leerla solo en la superficie.
Podrían ser decenas, pero son dos. Podría asimismo haber hecho pie, ese recorte, en las mujeres de la vida de Gould Bookbinder –el protagonista–, pero Dixon aborrece la tibieza. La primera parte, entonces, la más extensa, se titula “Abortos”. A través de ese eje, que no tiene nada de metafórico, los vínculos sentimentales más importantes del personaje permiten conocerlo en un grado de brutal profundidad, desnudándolo, dejándolo casi vacío. El núcleo de la segunda parte –la segunda novela–, “Evangeline”, pertenece a la única mujer que le ha dado sosiego. Sin embargo, tampoco ha conseguido anclarlo, al margen de ese hijo al que adora, pero que ni siquiera es suyo.
Suele decirse que el estilo de Dixon se basa en lo que un hombre y una mujer se dicen uno al otro enfermizamente. Esa aseveración olvida, y sin ello nada sería igual, los pensamientos, elucubraciones, obsesiones de sus criaturas, y sobre todo la tensión entre ambos territorios. En esa tierra de nadie, en todo lo que falta decir aunque se digan todo, es acaso donde el escritor estadounidense encuentra su espacio privilegiado, su mayor oscuridad y misterio, sus maneras únicas de narrar la angustia.
Gould
Por Stephen Dixon
Eterna Cadencia. Trad.: A. Dilon
293 páginas, $ 3300









