La mirada filial de Stanislaus, el menos conocido de los Joyce
Mi hermano James Joyce, que acaba de reeditarse, es una de las aproximaciones más sensibles al creador del ahora centenario Ulises
5 minutos de lectura'
No son pocas las incursiones familiares en torno a la voluble república de las letras y nada menesterosas, es preciso añadir, en su propensión al escarnio. Se sabe que a la familia no es posible elegirla; lo que sí puede hacerse, sin embargo, es buscar una forma de saldar cuentas con ella.
Si se abordan los testimonios de escritores que decidieron ofrecer una instantánea de su posición filial, pueden encontrarse causas comunes al descontento. La diatriba puede provenir de un hijo a su progenitor (de La carta al padre de Kafka al Mi padre y yo de J. R. Ackerley) o, más infrecuentemente, de un sobrino a su tío (Escape de las sombras, de Robin Maugham); a su vez, pueden darse meditadas y ponzoñosas observaciones que ofendan a disímiles integrantes de la familia (así sucede en el lacerante Diario de John Cheever) o, incluso y a pesar del desencanto, puede llegar a encontrarse un motivo que insufle esperanza sobre el final de un ríspido recorrido (como en Mi hermano de Jamaica Kincaid). No obstante en todos los casos se percibe el malestar por sentir que algo de la potencia social, creativa, moral o sexual se ve reducida a su mínima expresión y que su testimonio es la factura del angustiante roce albergado en el seno de un clan. Dentro de esta constelación bien podría ubicarse el libro Mi hermano James Joyce, ejercicio al mismo tiempo de evocación y revelación de un hermano menor, Stanislaus, que siempre vio solapada su figura tanto en la vida como en la obra del autor de Dublineses.
Stanislaus logra contarnos, con un tono que no escapa al humor y a la malicia, las vicisitudes que va sorteando su hermano a lo largo de su derrotero artístico”
Publicada póstumamente en 1957 como My Brother’s Keeper, se ha despojado a esta obra de su sentido bíblico original (“¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”, le responde Caín a Dios después del fratricidio perpetrado sobre Abel) tanto en su primer edición en castellano de Fabril de 1961, como en las subsiguientes de Adriana Hidalgo de los 2000 y en este 2022, justo cuando se cumple un siglo de la publicación de Ulises (la versión es siempre la de Berta Sofovich). Aquí asistimos a una posición un tanto diferenciada de las que se mencionaron aguas arriba ya que quien alza la voz es la figura subsumida, aquel que ha sido eliminado de la obra del laureado artista, apareciendo solo en ciertas caracterizaciones burlescas o fulguraciones menores (baste recordar a Shem, el hombre de letras del Finnegans Wake y su hermano Shaum, el cartero). No se trata de un registro del gran escritor capaz de hazañas lingüísticas de imposible clasificación, sino el de su sucesor en la escala familiar, un hombre a todas luces sereno, afable y dispuesto a contar su narración de la historia sin ambages.

En Mi hermano James Joyce se nos presenta un recorrido que se asemeja al desarrollo fisiológico de una planta; los capítulos (“La tierra”, “El retoño”, “Cruda primavera”, “Maduración” y “Primera floración”) rinden cuenta de un arte que no escapa al encanto en la manera del retrato que poseían los viejos naturalistas. La vida de los hermanos estuvo plagada de sinsabores desde una edad temprana, con un padre violento y bebedor y un porvenir incierto en una Irlanda que en nada se parece a la de hoy. Aun así Stanislaus logra contarnos, con un tono que no escapa al humor y a la malicia, las vicisitudes que va sorteando su hermano a lo largo de su derrotero artístico y de qué manera su vida fue alimentando la materia de su escritura: “Ha escrito, en verdad, mucho sobre su propia vida y su propia experiencia, y la intensidad de su primeras impresiones se debe, en gran parte, al hecho de que en la escuela se encontró con muchachos mayores y más fuertes que él, pero menos inteligentes. Claro está que Retrato de un artista adolescente no es una autobiografía, sino una creación artística”.
Hay, claro está, una diferencia sustancial entre retratista y retratado y es justamente la capacidad de pergeñar un orquestado sistema que ayude a sostener el andamiaje artístico: “La vehemente creencia en lo absoluto es un don del poeta”. Su condición de desplazado, incluso puertas adentro de su familia (“Mi padre me llamaba ‘el chacal de mi hermano’, y cuando se cansaba de repetir esto me explicaba científicamente que yo no tenía luz propia, sino que brillaba con la ajena, como la luna”) le permitió ubicarse en una posición que por menor no deja de ser privilegiada: ser el testigo de la gestación del monstruo, tanto en su acepción positiva como negativa en cuanto a la anormalidad impropia que permite a este trastocar el orden de lo dado.
Siendo un libro bastante nutrido en cuanto a la elaboración de la génesis que condujo a la gloria de James, se lamenta mucho que se trate de un ejercicio trunco ya que el menor de los Joyce falleció, valgan las casualidades, en el Bloomsday de 1955, un 16 de junio, dejando inconclusa la parte que se centra en Ulises. De todas formas se concluye al final del escrito que la intención de Stanislaus Joyce se cumple con creces, dejando menos un retrato que un elaborado protocolo para llevarlo a cabo, menos una historia de James Joyce que la historia de una mirada.



