
La virtud de la persistencia en la vida de los barrios
4 minutos de lectura'
“Sueño con volver a comer milanesas más seguido”, me dijo una de las primeras personas a quienes entrevisté allá por julio de 2019.
En ese entonces, la mayoría de la gente depositaba, en las próximas elecciones, sus esperanzas de volver a comer carne. Ese anhelo se replicó tanto durante nuestro trabajo de campo que pensamos en llamar al libro “soñar con milanesas”.
Hacer trabajo de campo en el lugar en el que nací implicó un proceso arduo que me llevó a cuestionar todo aquello que había naturalizado desde muy temprana edad: la violencia en los vínculos familiares, la violencia cotidiana en las calles, las adicciones, la falta de oportunidades, la explotación, las falencias de la educación. Si bien quien esté leyendo esto probablemente crea que estos problemas atraviesan a todos los sectores sociales de la Argentina, lo cierto es que quienes más sufren la violencia, la falta de oportunidades y las adicciones son los sectores más bajos del estrato social.
Son ellos y ellas quienes más desprotegidos están y quienes dedican más tiempo de su vida a pensar en cómo llegar a fin de semana. “A fin de mes no se llega, no llegamos. Quiero volver a como estaba antes y dejar de pensar todo el tiempo en la plata”, me dijo Blanca, una vecina del lugar que hace poco tiempo había quedado desempleada.
Así viven los sectores más pobres. Lo sé, porque así había vivido yo toda mi infancia. Pero esta era la primera vez que lo escuchaba en la boca de otros y en un contexto en el que yo ya no era solo una vecina más, sino una vecina que, además, estaba haciendo antropología dentro del barrio. Por lo general, estamos acostumbrados a leer trabajos académicos o libros que escriben personas ajenas al lugar o la vida que buscan retratar. En mi caso tuve que aprender a tener una mirada más crítica para poder tomar distancia de problemas con los que siempre tuve que lidiar y a los que estaba habituada.
Quienes vivimos en esta parte del conurbano, alejados del centro y de las comodidades que este ofrece, vivimos contando cada peso y haciendo malabares para poder cubrir las necesidades básicas; nos inundamos, nos atraviesan las tragedias, desde las más sutiles hasta aquellas que cambian el rumbo de una vida como, por ejemplo, dejar de estudiar por no tener dinero para comprar las fotocopias o por miedo a volver tarde de la facultad, arriesgándose a ser un blanco fácil para los delincuentes.

Esto no es una opinión personal, es lo que encontramos en el trabajo de campo realizado en un barrio de la zona sur del conurbano. Y aquí radica el mérito de este trabajo. Mucho se dice sobre el conurbano y la pobreza. Pero, nosotros, en lugar de repetir opiniones sobre los pobres, fuimos a preguntarles directamente a ellos, a los protagonistas, cómo piensan y sienten las condiciones materiales y simbólicas en las que viven.
En nuestros acercamientos al barrio, en las entrevistas y en la escritura de este trabajo hicimos un gran esfuerzo por describir la realidad de la gente sin caer en estigmas y prejuicios clásicos. No es nuestro trabajo juzgar moralmente a quienes menos tienen, pero tampoco victimizarlos o retratarlos como héroes. Intentamos explicar cómo ocurren ciertos procesos sociales, cómo lidian con la violencia, cómo cubren las cuatro comidas, cómo pagan sus cuentas, es decir, cómo sobreviven.
Lo más sorprendente del trabajo de campo fue que pude, a través de sus experiencias, resignificar mi propia vida en el barrio. Antes de hacer trabajo de campo, miraba con cierta hostilidad el barrio en el que nací. Le tenía miedo y, a la vez, me recordaba todos los días las condiciones en las que vivía: calles rotas, cortes de luz permanentes, mugre de los arroyos, olores feos, etc. El barrio es, para muchos de nosotros, un lugar del que queremos salir. Pero este libro me permitió darme cuenta de una virtud que tenemos los sectores más bajos, algo que no todos tienen. La persistencia. Pese a todo, seguimos haciendo todo lo posible por apoyarnos y mantenernos a flote.
Antropóloga; autora, junto a Javier Auyero, de Cómo hacen los pobres para sobrevivir






