Lecturas: Historias de espías, el riesgoso encanto de un género siempre alerta
Las dos caras del mundo de la inteligencia, en un clásico sobre La Orquesta Roja y en las nuevas tramas posteriores al 11-S
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“Un espía […] es incoloro, inodoro e insípido. Forzosamente es un experto en su arte […]: es, pues, el Hombre Invisible”, dice el escritor y periodista francés Gilles Perrault (París, 1931) en La Orquesta Roja, una crónica apenas ficcionalizada que se ocupa de la red de espionaje soviética desplegada en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
La novela de espionaje es, desde hace mucho tiempo, un género popular con autores que han creado una variedad pasmosa de agentes secretos. En las antípodas de James Bond, la criatura de Ian Fleming, que comenzó sus glamorosas aventuras en Casino Royale (1953), se encuentra el oscuro George Smiley de John le Carré, que ofrece un panorama mucho más realista de su profesión en la época de la Guerra Fría. En ocasiones es el villano el que alcanza el mayor protagonismo: así pasa con el asesino contratado por un grupo terrorista para matar a Charles de Gaulle, en El día del Chacal (1971), el clásico de Frederick Forsyth.
Desde el principio de su libro, publicado originalmente en 1967 y un best seller mundial traducido a diecinueve idiomas, Perrault advierte al lector su propósito de contar su historia “sin utilizar la técnica novelesca”. No va a adornar los hechos, sino a registrarlos con un estilo apasionado que refleja su admiración “por el enorme coraje de los hombres y de las mujeres de la Orquesta Roja”. El nombre musical con el que se bautizó a la red soviética se lo dio la Abwehr, una práctica usual de esa organización de inteligencia militar alemana, que denominaba “pianistas” a los radiotelegrafistas.
El director de la orquesta o el “Gran Jefe” fue Leopold Trepper (1904-1982), un judío polaco nacido en la región de Galitzia. Si bien Perrault señala que ese era su verdadero nombre y que usaba como seudónimo Lejb Domb, otras fuentes dan el de Domb como el verdadero.
Trepper viajó a Palestina en 1924 y allí se unió al Partido Comunista. Continuó su labor política en Francia y ya en Moscú comenzó su carrera de espía. En los años previos a la guerra, creó una red que llegó a tener –según cuenta el periodista Ricardo Ragendorfer en el prólogo– quinientas emisoras distribuidas en unas veinte ciudades europeas como Bruselas, París, Ámsterdam y Berlín. Todas ellas transmitieron información valiosísima –por ejemplo, la fecha exacta de la invasión nazi a la URSS– que influyó decisivamente en el resultado de la contienda. El almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Abwehr, reconoció –una vez concluida la batalla de Stalingrado– que Trepper le había costado más de doscientos mil muertos a Alemania.
La organización se valió de diferentes tapaderas para cubrir sus actividades –una empresa exportadora de impermeables, otra que vendía todo tipo de pertrechos al ejército germano– y contaba con casi trescientos agentes. Estos no eran espías profesionales. Algunos podrían parecerse más a Tommy y Tuppence Beresford, el simpático matrimonio creado por Agatha Christie que, en El misterio de Sans-Souci (1941), deben desenmascarar a una peligrosa “quinta columna” del Tercer Reich.
El texto de La Orquesta Roja –por momentos caótico y abrumador, que Perrault revisó para la edición de 1989– es fruto de una investigación obsesiva que contiene innumerables entrevistas a los sobrevivientes de la red, a quienes estuvieron vinculados con sus miembros o a los responsables del contraespionaje alemán. Entre estos últimos, Perrault le asigna un papel fundamental al oficial encargado de dar caza a Trepper.
A medida que la Abwehr y la Gestapo consiguen desmantelar una parte de la red soviética, se suceden algunos episodios dignos de El topo (1974), la novela de Le Carré, u otros en los que el azar irrumpe y trastoca el más minucioso planeamiento, como ocurre en El ministerio del miedo (1943), el thriller de Graham Greene. Se calcula que en Bruselas, París y Berlín se arrestaron a más de seiscientas personas. Hubo torturas, internaciones en campos de trabajo forzado y condenas a muerte. Aunque a Trepper lo apresaron en 1942, el Gran Jefe logró escapar en 1943 y al final de la guerra fue repatriado a la URSS. Perrault lo localizó en 1965 en Varsovia, al frente de la Unión Cultural Judía de Polonia. Cuando le dijo que quería escribir un libro sobre él, Trepper le contestó: “Si no tiene otra cosa que hacer, ¿por qué no?”.
¿Por qué la novela de espionaje mantiene su vigencia, al punto de permitir editar, tantos años después, una obra como La Orquesta Roja? Sin duda comparte con el policial una trama sólida y elementos de suspenso e intriga que atraen a cualquier lector. En las últimas décadas surgió una nueva generación de escritores que revitalizaron con éxito el género como el estadounidense Daniel Silva (Juego de espejos, 1997), los ingleses Mick Herron (Caballos lentos, 2010) y Ben Macintyre (La historia secreta del Día D, 2013), o el escocés Charles Cumming (Complot en Estambul, 2014). “Después del final de la Guerra Fría –explica Cumming, que tiene como protagonista en sus novelas al agente del MI6 Thomas Kell– los espías no tenían a quién espiar y los escritores de novelas de espionaje no tenían sobre qué escribir. Ya no había un enemigo, un mundo antagónico. El 11-S lo cambia todo y la amenaza existencial se hace más próxima. La combinación de Al Qaeda, el ISIS y Putin ha puesto de nuevo al género en el mapa y le ha dado un espectro mucho más amplio que en la Guerra Fría.” En Complot en Estambul, la trama es contemporánea y el agente Kell sale a la busca –comenzando por Turquía, pero transitando por varios territorios– de un topo ruso.
Más allá de estas reflexiones, la enigmática figura del espía continúa acechando, envuelto en su ambigua moralidad, fascinante o repulsivo en su vocación por las falsas identidades, el robo de secretos y el perpetuo engaño. Capaz de la cínica jactancia de un agente entrevistado por Perrault, que afirmó: “He trabajado para todo el mundo, he traicionado a todo el mundo, pero nunca he entregado a un amigo”. O capaz del austero idealismo de Leopold Trepper que, en El gran juego (1975), al rememorar aquellos años como director de la Orquesta Roja, concluyó: “La tragedia me esperaba en cada esquina, el peligro era mi compañero más fiel, pero si tuviese que volverlo a hacer, lo haría con gusto”.

La Orquesta Roja
Por Gilles Perrault
Punto de encuentro. Trad.: Javier Alfaya
635 páginas/ $ 2300

Complot en Estambul
Por Charles Cummin
Salamandra
Trad.: Javier Guerrero Gimeno
416 páginas/ $ 2569






