Reseña. Marcel Proust, de Edmund White
Retrato de uno de los grandes prosistas del siglo XX
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El retrato, escribió Pierre Michon, es la forma más acabada, más frágil, más conmovedora del gran arte de Occidente. Acaso la fotografía más seductora de Marcel Proust, atribuida a Otto Wegener en 1895, permite asentir tal idea, sobre todo al detenerse en la gestualidad de Proust, un jovencito de veinte años, que preanuncia un sutil desenfreno posterior, que piensa en la escritura y el devenir vital en carriles yuxtapuestos.
No hay nada malo en ser contradictorio, parece sugerir el narrador y ensayista Edmund White (Cincinnati, 1940-Nueva York, 2025), mucho menos si se trata de uno de los grandes prosistas del siglo XX. Una imagen lo refrenda: aun a pesar de los tormentosos ataques de asma, Proust detiene el ritmo de su caminata para oler rosas. El retrato biográfico que propone White lo muestra como un héroe con cierta fragilidad, por sus caracteres endebles –no solo de salud- o inseguros, tentativas de convertirse en una voz peculiar. «La pasión era una necesidad corrosiva que se volvía tanto más apremiante cuanto más se le negaba», escribe, en una caracterización que tuvo lugar no solo en relación con otros hombres, sino también frente a la literatura, con la vindicación hacia la narrativa clásica —encarnada en Balzac—, dos cuestiones que le valieron menosprecios de sus contemporáneos. Aun con la autopromoción que le dio su riqueza, los primeros esfuerzos por visibilizar En busca del tiempo perdido fueron arduos.
White transita esas nebulosas intimidades en Proust, que aporta, sin condescendencias, una mirada queer y atractiva.
Marcel Proust
Edmund White
UDP
Trad: Jaime Zulaika
200 páginas
$28000





