Una vuelta de tuerca a la última novela de Orhan Pamuk
El nuevo libro del escritor turco, la minuciosa historia de una epidemia imaginaria
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Unos meses antes de que en 2006 le dieran a Orhan Pamuk el Premio Nobel de Literatura –era el candidato cantado de ese año– , alguien le preguntó a un crítico literario turco de paso por Buenos Aires qué le parecían novelas como Me llamo Rojo (1998) o Nieve (2002). La respuesta puede considerarse malévola, pero tiene su punto. No entendía bien –dijo el consultado– el interés que despertaba Pamuk por todos lados; en el original turco, y más allá de la aparente ambición de sus extensas novelas, agregó, su lengua sonaba chata, sin mayor talento. Pamuk, estaba diciendo sin decirlo, era de esos autores a los que las traducciones les ocultan las carencias, sinónimo de carrera internacional asegurada.
Las noches de la peste es una gran novela que se opone a las brevedades estimuladas por la época”
Si esa paradoja se cumple en un promedio altísimo –incluso autores prestigiosos buscan no complicar con frases complejas el paso de un idioma a otro–, los lectores que no conocen el original pueden otorgarle a Pamuk (Estambul, 1952) el beneficio de la duda y anotar en su favor su impulso decimonónico (stendhaliano, diría él) para construir grandes artefactos narrativos. Las noches de la peste, su último opus, sería ya una de las lecturas del año si no fuera por sus más de 700 páginas, una longitud que se opone a las brevedades estimuladas por la época. ¿La lengua? Pamuk es un minucioso descriptor y ensamblador –también lo era Tólstoi, al que pocos habrán leído en ruso– y la traducción es de una fluidez impecable (¿le dará eso la razón al crítico estambulita?), casi por completa desprovista de asperezas peninsulares.
En una reseña en Ideas (“Variaciones sobre las pestes de ayer y de hoy”) sobre el novelón me centré en su cualidad anticipatoria. Pamuk, claro está, publicó la novela ya en tiempos de Covid, pero le dedicó seis laboriosos años de escritura. Y, porque el tiempo es tirano, pero también el espacio, en aquella nota se le dedicó el análisis solo a los sucesos ocurridos en 1901 en la imaginaria isla de Minguer, “la joya otomana del Mediterráneo”, que, asolada por una peste traída por las ratas o tal vez por algún extranjero, sufre un doble aislamiento. Los barcos occidentales bloquean la salida de ese modesto paraíso marítimo para evitar que la peste ingrese a Europa mientras Estambul tiene una posición ambigua y morosamente burocrática. La novela, que busca contar por otras vías la próxima desaparición del Imperio Otomano, no solo narra la epidemia, sino también los rápidos sucesos en que el mayor Kâmil se convierte en comandante y luego en primer, efímero presidente de la isla. La próxima nación encuentra rápido su leyenda fundacional. El jefe de Inteligencia será el que finalmente se haga con el poder, no sin que antes lo hubiera detentado un jeque religioso (con aires fundamentalistas) y reinara pasajeramente Pazike, hija del exemperador Murat V (que vive cautivo por orden de su hermano reinante Abdülhamit). De paso por la isla ella y su marido, el doctor Nuri, se vieron obligados a permanecer en el lugar tras el asesinato del especialista en epidemias enviado a Minguer.

Hay, contra todo, un último apartado (“Años después”) que le da a esa crónica minuciosa de una peste ficticia una vuelta de tuerca que revela a Pamuk como algo más que un narrador de la vieja escuela. Ese apartado, relegado en la crítica previa, funciona a su manera como nouvelle conexa. Aunque se las parafrasea sin citarlas, hay indicios de que las cartas que Pakize le envía a una de sus hermanas en Estambul nutren esa “historia en forma de novela” ( y no “novela histórica”) que está siendo narrada por una especialista innominada. Ese procedimiento con la narradora femenina encuentra un giro en ese final. La historiadora es la nieta de una de las hijas de Pakize, que se prepara para editar aquel epistolario y que mantiene una relación apasionada y distante (estuvo veinte años desterrada) con Minguer. La isla no es ya entonces la de principios de siglo XX, sino un país en el que se condensan tensiones de hoy, como su candidatura en 2008 a la Unión Europea y un controvertido partido de fútbol en que Minguer derrota a Turquía. A tal punto la invención encarna en la realidad que el propio novelista aparece nombrado por su narradora cerca del final como un informante más, como si Pamuk quisiera independizarse de su propia invención, esa que, lengua o no lengua, ya debe estar siendo agregada a alguna guía de lugares imaginarios.









