El significado perdido de la salud y de la vida
En el origen de la palabra salud está el adjetivo latín salvus, que significa intacto o a salvo. De allí derivó a salutis (salvación), que también comenzó a incluirse como deseo cuando las personas se encontraban. Se convirtió en saludo. Saludar es desear salud. Como nunca, en los tiempos actuales los vocablos salud y vida se hermanaron. Estar sano, conservar la vida. Los ministros y secretarios de salud adquirieron una visibilidad y una relevancia inéditas, aunque los pilares de la salud pública (responsabilidad siempre postergada u olvidada por los gobiernos) hayan seguido endebles y corroídos. Conservación de la salud y conservación de la vida vinieron a converger y a ser prácticamente sinónimos. Un estornudo, una carraspera, una línea de fiebre se convirtieron en señales terroríficas, y quienes los experimentaran se transformarían instantáneamente en sospechosos, dignos muchas veces de un tratamiento médico o social que los emparentara con los leprosos de la Edad Media.
Sin embargo, hay otras miradas posibles. “La salud es un recurso para vivir, no un fin en la vida. Vivir solo para tener salud es una enfermedad”. Así piensan los médicos españoles Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández, marido y mujer, que tienen más de cuatro décadas de experiencia en medicina general en hospitales, como médicos rurales, y en barrios carenciados. Autores de La expropiación de la salud, han sido catedráticos en España, Estados Unidos y Suecia, investigadores en medicina del trabajo y dueños de una mirada humanista sobre la medicina, desde la cual encararon y continúan encarando, su práctica. Antes de precisar qué es la salud Gérvas y Pérez Fernández definen la enfermedad. “Es la dificultad para afrontar los inconvenientes, los problemas, las adversidades y los sinsabores de la vida. Puede serlo en el sentido físico, psíquico o social”. Se puede estar vivo, con las funciones orgánicas en marcha y, sin embargo, padecer la dificultad que describen estos médicos. Por lo tanto, cabe preguntarse si basta con estar “a salvo”, es decir sano. O si se trata de estarlo para algo. Si, en el caso de los seres humanos, la vida se limita a respirar, comer, dormir, beber, reproducirse y dedicar cada día a repetir estas funciones vegetativas, o si vivir, en el sentido pleno y trascendente del término, es algo más. Como decía Víktor Frankl (médico, pensador, padre de la logoterapia, autor de El hombre en busca de sentido, El hombre doliente y La presencia ignorada de Dios, entre otras obras), vivir para algo y vivir para alguien. O como refrendaba aun antes, en el siglo diecinueve, el pastor escocés Thomas Chalmers al señalar que el sentido de nuestra vida, la propia de cada uno, emerge cuando tenemos algo que hacer, algo que esperar y alguien a quien amar.
Esta visión integral y trascendente de la existencia parece haberse perdido durante más de un año en el que se machacó con el estribillo de preservar la vida por sobre todo lo demás, como si “todo lo demás” (proyectos, esperanzas, vínculos, afectos, despedidas de seres queridos, fuentes de trabajo, posibilidades de expresar habilidades, derecho a estudiar, vocaciones, aportes a la comunidad, manifestaciones artísticas, libertades básicas para la convivencia) no fuera parte de la vida en toda su extensión. Salud y vida perdieron la profundidad de su sentido, el aura de su significado, en la mirada miope y sesgada de expertos y políticos que olvidaron, o quizás nunca conocieron, que lo anímico, lo emocional y lo espiritual (en su sentido amplio, que excede lo religioso) son condiciones esenciales de la vida y que no es posible atraparlos en estadísticas. A medida que estos tiempos oscuros comiencen a tener algo de luz se verá cuánto daño se le hizo a la salud y a la vida mientras se decía cuidarlas. Y habrá comenzar a honrarlas en toda su dimensión.





