La vida buena. Somos más que genes y cerebro
En su tiempo, Francis Bacon (1561-1626), primer barón de Verulamium, primer vizconde de Saint Albans y canciller de Inglaterra, dijo que era necesario torturar a la naturaleza hasta que ella confesara todas sus leyes para poder imitarlas o mejorarlas. Se considera a Bacon el padre del empirismo científico, la ciencia pura y dura, esa que hoy, aliada a la tecnología, ya no se propone remedar a la naturaleza, sino simplemente superarla. El viejo sueño humano de remplazar a los dioses, sean uno o varios. ¿Quién necesita de un dios cuando una alianza científico-tecnológica le promete superar todos los límites, desterrar toda enfermedad y dolor, llegar a los confines del universo, alcanzar la inmortalidad y reírse de la muerte en la propia cara de esta? Es la versión moderna de una antigua conducta de la cual la especie parece no sacar ninguna enseñanza. La hubris, descrita por los antiguos griegos en su inagotable mitología, esa expresión de soberbia y desmesura que suele terminar con la aparición de Némesis, diosa de la justicia y el equilibrio, es quien toma diferentes formas para castigar a los arrogantes y devolver las cosas a su lugar.
Dos de los más desarrollados y difundidos intentos contemporáneos de traspasar límites son la ingeniería genética y las neurociencias. La primera amenaza con la creación de humanos a la carta, prediseñados y con garantía de salud total y vida eterna (hay un movimiento que se llama a sí mismo posthumanista, alentando tal anhelo), y las segundas no cejan en su quimera de desentrañar todos los misterios del cerebro, escudriñándolo como si se tratara de una aplicación, que se puede bajar, instalar, actualizar y descular. Curioso regreso a un determinismo, según el cual la vida humana sería apenas la de unas marionetas manejadas por leyes físicas y químicas. Electrodos, escaneos, mapeos y otras herramientas permitirían entonces reducir de una buena vez al más misterioso y complejo de los órganos y dejar de preocuparnos por temas como la libertad, la responsabilidad, la conciencia. Como apunta el psicoanalista y filósofo Miguel Benasayag en su estimulante ensayo El cerebro aumentado, el hombre disminuido, “el centro de los centros, el refugio del alma y el espíritu, el fundamento del libre arbitrio humano habría caído”. El amor tan mentado y elogiado, dice Benasayag, sería una simple cuestión de oxitocina o vasopresina. Nos moveríamos impulsados por mecanismos predeterminados, no actuaríamos por voluntad o aspiración de sentido.
La vida (no solo la humana, sino toda ella) es una suerte de inmenso holograma que en cada una de sus partes reproduce el todo. Así, el fenómeno de la desmesura puede manifestarse en la política, en la ciencia, en las interrelaciones de todo tipo. Un Putin, un Elon Musk, un Mark Zuckerberg, lejos de ser expresiones meramente individuales, aisladas (y aislables) de la hubris, del desprecio psicopático por los límites y por el otro, resultan emergentes disfuncionales de un arquetipo, es decir, de una energía que (como explicó el gran psicólogo y pensador suizo Carl Jung) anida en el inconsciente colectivo. Los arquetipos son numerosos: guerrero, mago, amante, rey, madre, padre, dios, diosa, inocente, sabio, bufón, héroe, rebelde, protector, etcétera, etcétera. Nacen de la experiencia acumulada por la especie durante su existencia, exceden a cada individuo y a su tiempo de vida, en algunas personas se activan unos con más fuerza que otros y algunos permanecen siempre dormidos, y su modo de aparición en la vida real se puede dar de un modo tóxico o de una manera fecunda. Ningún artilugio científico o tecnológico puede capturarlos, su morada no está ni en los genes ni en el cerebro. Pero como gobernantes, como genocidas, como sanadores, como líderes, como maestros, determinan cada día nuestras vidas intelectuales y colectivas.








