107, el número de la emergencia

Fuente: Brando - Crédito: Javier Heinzmann
Por día, El SAME recibe 2.400 llamados y despacha 1.100 ambulancias. Al frente de esa operación está alberto cresecenti, un hombre que vive a base de adrenalina.
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12 de septiembre de 2014  • 17:28

Fuente: Brando - Crédito: Javier Heinzmann

Una mujer alta, grande, de traje, abre la puerta de la oficina de Alberto Crescenti y lo señala: está hablando por teléfono sobre la ventana que da a la calle Monasterio, en el barrio de Parque Patricios. La habitación es amplia, como un departamento monoambiente, y tiene un escritorio lleno de papeles, una cómoda con fotos, trofeos, estatuillas de bomberos, una mesa redonda con seis sillas y el ventanal con las pestañas de las cortinas que no dejan ver casi nada del otro lado.

Crescenti corta el teléfono sin decir chau, hace un chiste de bienvenida y estira la mano para saludar. Son las seis de la tarde de un miércoles y la cara de la emergencia está con la ropa del SAME: pantalón cargo rojo, chomba verde y el chaleco con la línea reflectiva blanca en el medio que los separa. Ese chaleco es el que va a sacudir para hablar de la mística: "Cuando hicimos el uniforme todo cambió, el equipo empezó a ser reconocido, se creó el orgullo de pertenecer".

El director del Sistema de Atención Médica de Emergencia (SAME) se sienta en la mesa redonda y mueve una pierna sin parar. Contesta antes de que la pregunta termine, se adelanta, dispara números: 1.100 salidas de ambulancias por día; 100 vuelos en helicópteros al año; 160 ambulancias, pronto se sumarán 19 más y dos camionetas de triajes, que le costaron al Gobierno de la Ciudad $14 millones; 18 bases distribuidas en la ciudad; 981 agentes a cargo, de los cuales 25 son médicos; $7 millones anuales de presupuesto.

Se abre la puerta, un hombre con el mismo uniforme dice:

– Jean Jaures y Valentín Gómez. Colisión vehículo motor, vuelco, persona atrapada, están pidiendo tres móviles, entre ellos el DES. También hay un incendio. ¿Querés que vaya?

– No, quedate. Estamos bien. Eso es cerca, el DES va a llegar antes.

Cierra la puerta.

El DES es el Dispositivo de Eventos Especiales. Es el gran orgullo de Crescenti. Es el equipo que permite a los médicos hacer el triaje, es decir, es una ambulancia que asiste a las ambulancias tradicionales mientras los médicos clasifican las víctimas entre rojo, amarillo o verde. Este sistema permite una voz de mando en la toma de decisiones y una clasificación en relación con un diagnóstico, hecha por médicos, no por enfermeros. Rojo significa primera prioridad en traslado; amarillo, segunda prioridad, y verde, que puede arreglársela por sus propios medios porque no corre peligro. Es el modelo que le dio reconocimiento luego de la tragedia de Once, es la idea que exporta a otras provincias y países.

"Este es un sistema medicalizado, porque siempre la ambulancia va con médico. El médico hace el triaje, selecciona las víctimas, diagnostica y no carga la guardia de los hospitales con cualquier cosa. Esto es costo-beneficio. Menor giro de camas. Un paciente bien atendido en la prehospitalaria tiene menos convalecencia. Por eso, de las 250.000 prestaciones del año pasado no tenemos ni una cuadriplejia. Esto no es cargar y correr con la sirena como loco", dice.

Crescenti tiene 61 años. Está cerca de la jubilación, pero dice que no piensa en eso, que no quiere seguir trabajando a los 70 y dar lástima, aunque tiene algunos planes: seguir dando clases de emergentología en la UBA y en la Fundación Barceló, reproducir el sistema en otras provincias. Nació a siete cuadras del "Gasómetro querido", como se refiere a la cancha de San Lorenzo, a la cual ya no va porque no le gusta la violencia. Su mujer es psicóloga y tienen dos hijos grandes que se dedican a actividades que nada tienen que ver "con esto", como él llama a estar arriba de una ambulancia.

BRANDO: ¿Y qué te gusta de esto?

CRESCENTI: Nunca sabés lo que te vas a encontrar.

BRANDO ¿Es la adrenalina, entonces?

CRESCENTI: La adrenalina a nosotros no nos sube la presión, nos estabiliza.

Una semana después, Crescenti está arriba de una camioneta 4x4 de triaje estacionada en Pellegrini y Diagonal Norte, sigue moviendo la pierna a la espera de que algo pase. "Es la calma que precede a la tormenta", dice. La acción lo atrae, todos los días sale a trabajar en la ambulancia después de firmar rápido los papeles que le deja su secretaria en la oficina, está en su escritorio lo menos posible.

Las mañanas suelen ser complicadas, pero esta viene tranquila. Crescenti habla de fútbol con José, el chofer que lo acompaña al volante de la ambulancia hace 35 años. En la radio se escucha a una agente del SAME tratando de comunicarse con la operadora de un hospital. Lo intenta tres veces, tiene que informarle que pronto llegará la ambulancia con un nene con aparente fractura en la pierna por una caída en el patio de la escuela. Insiste una cuarta vez y no obtiene respuesta. Crescenti, que parecía no estar escuchando, agarra su teléfono y llama a un tal Mario: "Comunicate con el jefe de Guardia y solucioname el tema del equipo. No le podemos pasar los auxilios de la ambulancia porque la operadora no atiende. Que atienda", y corta uno de sus tres teléfonos celulares. Todos parecen de la prehistoria telefónica.

"Tenés que tener carácter para conducir esto, no es para flojos. Hay que bancarse lo que te tiren. De cualquier lado te puede venir el bastonazo", dice. Termina de decir eso y suena otro de sus teléfonos, el ringtone es el ruido de la hélice de uno de los helicópteros del SAME.

Las oficinas del SAME están en Monasterio y Amancio Alcorta, en Parque Patricios, en el mismo predio del Hospital Muñiz. En la planta baja está la oficina de Crescenti, algunas más chicas con paredes vidriadas y, al final del pasillo, la sala de operaciones. Tiene doble entrada y las puertas son vaivén. Parece un galpón con tres pantallas gigantes. En una se ve el mapa de la ciudad y 160 puntos que se mueven. En otra, un canal de noticias en vivo. La tercera tiene la imagen dividida en cuatro cámaras de seguridad de la ciudad. Hay seis escritorios largos a lo ancho del edificio: los cuatro primeros son para las operadoras, otro es para los despachantes y el último para los supervisores.

Fuente: Brando - Crédito: Javier Heinzmann

Los operadores atienden los llamados que ingresan al 107, toman el auxilio, lo ingresan al sistema en una máquina y con la otra buscan la dirección exacta. Hacen las preguntas para determinar la gravedad del incidente y se lo pasan, mediante un papelito, a los despachantes que están detrás.

La mesa de los despachantes está dividida en seis boxes, cada uno corresponde a dos o tres hospitales. El operador le entrega el auxilio al despachante que tenga el hospital más cercano al incidente. Este usa la radio para dictarle a la ambulancia la dirección y el código rojo, amarillo o verde. Cuando llega, el médico a bordo le pasa un reporte de la situación. Este se lo comunica a la guardia del hospital para que se prepare para recibirlo. Una vez que el paciente ingresó a la guardia, se cierra el auxilio en el sistema.

Las cuarenta personas que trabajan en turnos de seis horas en la sala están exaltadas. Hay bullicio de todos hablando al mismo tiempo, gritándole al sistema de radio para que funcione. La mayoría son mujeres; según Crescenti, soportan mejor la presión.

Las llamadas no paran de ingresar. Es permanente a lo largo del día. El 107 recibe 2.400 llamados por día y 1.100 son para enviar ambulancias. Por año se hacen 250.000 prestaciones. El servicio es gratuito para el ciudadano, pero se le cobra a la prepaga: $300 por auxilio. Recaudan $1.200.000 al mes.

Una supervisora grita: "Ahí no hay nada, volvela a llamar". Crescenti dice: "Entró una llamada por el 911 (de la Policía Federal) de un choque en Once, pero la ambulancia dice que no hay nada ahí. Ponchame la esquina en la pantalla del medio", ordena. Hay dos imágenes, una desde cada esquina. La cámara más cercana a la dirección gira hacia el supuesto lugar del choque: no se ve nada, ni siquiera autos estacionados. No hay nadie a quién reclamarle el viaje de la ambulancia, el 911 no toma los datos de quien llama. La supervisora ordena a la ambulancia volver a su base.

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"Nos pasa seguido. Creo, honestamente, que la gente puede llamar a cualquiera de los dos, pero si lo que necesita es un auxilio médico nos tiene que llamar a nosotros, darnos bien los datos y no moverse del lugar. Esto no es un call center, acá hay una voz preparada para analizar la situación", dice. Además de las interferencias entre los dos números de emergencia, Crescenti cuenta que hay un 6% de llamadas anuales que son bromas. Cuando está arriba de la ambulancia, se queja de los llamados por torceduras de tobillo o los cuadros de presión alta en adultos. "En vez de tomarse un taxi…", no termina la oración.

El SAME no puede negarse a acudir a un llamado, ni por simple ni por peligroso. Hace pocos meses fueron condenadas e inhabilitadas para ejercer la profesión dos médicas del SAME por abandono de persona en la Villa 31. Hace ya varios años que las ambulancias entran a las villas de la ciudad acompañadas de un patrullero de la Policía Federal o de la Metropolitana. "Preferiríamos entrar solos, pero ahora es complicado", dice.

Es la primera vez que Crescenti desacelera su ansiedad antes de contestar. Piensa. "Hay que entender que para llegar tenemos que tener protección, porque si la ambulancia recibe piedrazos, palazos, la empiezan a zarandear, es muy complicado trabajar. Es cotidiano. Es muy difícil ver la perspectiva de esto desde un escritorio, hay que estar en el lugar. Yo no voy a hablar de por qué pasa esto. Mi función es que llegue la ambulancia".

Crescenti se recibió en 1979 y trabajó doce años como pediatra en un consultorio y seis años como médico generalista, hasta que aunó su camino en la emergentología. Siempre trabajó en el sistema público de salud. Fue director del SAME desde 1991 hasta 1997 y desde 2006 hasta hoy. Vivió tragedias como la Embajada de Israel, la AMIA, el choque de trenes en Once y, tal vez, el que más le duele, el incendio de Barracas en febrero pasado, donde una bombera se le murió en sus brazos.

Ese día escuchó por radio la noticia del incendio de un depósito de documentación y decidió ir con el director de emergencia. A los pocos minutos que llegaron, una pared explotó y mató a nueve bomberos y a un trabajador de Defensa Civil. Muchos de quienes vieron morir a sus compañeros estuvieron ausentes del SAME por un tiempo; él demoró una semana en volver a trabajar.

La cercanía con su propia muerte dice no alterarlo porque no la siente. A pesar de que estuvo en cada una de las tragedias todos los días arriba de la ambulancia. "No lo pensás, yo no lo pensé. Me dijeron que en Barracas la pared se cayó a cuatro centímetros de mí, pero yo ahí pensé que estaba lejos y no me iba a tocar. También vi la muerte cuando llegué a la Embajada de Israel y la explosión me podría haber matado. Un segundo que dudaste y no podés dar marcha atrás, estás muerto. No se puede pensar en eso". Pero sí lo piensa. En ese incendio se murió en sus brazos una bombera. "En la calle nos conocemos todos. Fue imprevisible lo que pasó. Había 4.500 grados de temperatura ahí adentro, cada uno recibió ochocientos kilos de impacto. No puedo decir lo que vimos ahí. Pero no, no me olvido, como no puedo olvidarme de la AMIA, la imagen me persigue. ¿Y cómo hacés?, la función tiene que seguir, con vocación".

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Crescenti no estuvo al frente del SAME cuando cayó el avión de LAPA o cuando se incendió República Cromañón.

Martes, 12.15 del mediodía. Por radio frecuencia, un médico arriba de una ambulancia le habla a la operadora: "Estoy en Moreno al 2.600. Estoy yendo al Ramos Mejía con un paciente, pero tenemos un problema, hay una señora cortando el tránsito en un código 18, ¿me mandás un móvil policial? No la podemos tratar porque… [se interrumpe unos segundos] está mal la señora".

12.19. "¿Móvil me copia? Tenemos un código amarillo en Córdoba al 1.550, herida punzante, señora mayor". La ambulancia enciende las sirenas y la camioneta de Crescenti va detrás. José, el chofer, se mueve en zigzag entre los autos, que se van apartando ante su paso. Va con precaución, va rápido, van en silencio. Una señora de 65 años, de tacos altos, se cayó en la vereda de camino a lo de su centenaria madre. Se cortó la frente, la sangre le llegó hasta los tobillos. Se lastimó las costillas y las piernas.

12.25. El médico de la otra ambulancia le avisa a la operadora que la señora necesita atención de una ambulancia. Ya está la policía en el lugar, pero no la pueden tranquilizar. El código 18 significa que está borracha y violenta. Otra ambulancia la va a buscar.

12.45. Incendio en la planta baja de un banco en Mitre y Pellegrini. "Mandá tres, ahí vamos nosotros", dice Crescenti. El humo negro y el olor a quemado se sienten a dos cuadras, la ambulancia se mueve como un tetris en el tráfico atorado del microcentro. La llegada es triunfal: la multitud que se agolpó para ver qué pasaba en la calle cortada por los bomberos le abre paso para que se acerque. Al fuego lo apagaron los mismos empleados del banco. Durante la evacuación una chica se cayó, se rajó el pantalón en la rodilla, fue atendida en la ambulancia con las puertas abiertas, ante la mirada de todos los curiosos.

"A mí no me vengas con estar ocho horas sentado en un escritorio", dice Crescenti. "Después de la emergentología no hay mucho para mí. Esto requiere vocación y pasión; si no, no se puede hacer. Este equipo lo tiene. En Once se autoconvocaron todos, hasta los que estaban de franco, y eso lo reconoce la gente. Ya muchos me lo dijeron: cuando van con el uniforme, los colectiveros no les cobran el pasaje. Esa es la mística de este trabajo".

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BRANDO: ¿Cómo detectan que algo que parece simple puede llegar a cobrar una magnitud importante, como pasó en Barracas?

CRESCENTI: Es la experiencia, el olfato de emergentólogo. Llevo 35 años haciendo emergencias, lo intuí. Cuando llegó la llamada mandamos tres ambulancias y un equipo de triaje, y con el director de ambulancias nos fuimos para allá. Llegamos y había un incendio de magnitud. A los diez minutos había doce ambulancias, después de la caída de la pared movilizamos más, llegamos a las 45. Eso nos dio el tiempo necesario para evaluar y dar la última orden de sacar al último herido porque la pared se venía abajo. Sacamos al último herido y se cayó.

BRANDO: ¿Quién decide cuántas mandar?

CRESCENTI: Yo.

BRANDO: ¿No es una carga para un solo hombre?

CRESCENTI: Es una responsabilidad. Es lo que sé hacer. Hay que observar todas las variables en muy poco tiempo. Son segundos los que tenés para darle una solución al problema. No es lo mismo un médico detrás de un escritorio que estar en el terreno.

BRANDO: Pero cada error es un muerto…

CRESCENTI: Sí, es lo que pasa, tratamos con seres humanos.

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