
Abelardo y Eloísa
El era un notable erudito medieval. Ella poseía dotes intelectuales raras para esa época. Tuvieron uno de los romances más célebres de todos los tiempos. La autora de Para ser una mujer la evoca con elegancia
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Existen muchos documentos sobre la vida de Pedro Abelardo, el humanista más brillante de su época (1079-1142), siempre dispuesto a entablar batalla contra sus maestros. Buen mozo, arrogante y altivo, enseñaba en París o recorría el noroeste de Francia fundando escuelas, siempre rodeado de alumnos que lo admiraban y de profesores que lo perseguían por sus atrevimientos como filósofo, dialéctico y teólogo. Además, era lo que ahora llamaríamos un cantautor: componía poesías y canciones eróticas dedicadas a Eloísa que echaron a correr por los caminos de Bretaña.
Su voluntad de aplicar las reglas de la lógica a todos los campos del pensamiento dominó su vida. Afirmaba que no se puede creer sino lo que se entiende. Llegó a rozar la herejía: proclamó que incluso la verdad revelada no es verdad para el hombre, si no apela a su racionalidad. Todo era claro para él, incluso el misterio. ¿Todo era claro? Llegó un momento en que la lógica no le sirvió de nada, porque las trampas del sexo lo vencieron. Se jactaba de su continencia sexual por haberse mantenido lejos de “la inmundicia de las prostitutas” y del trato de las mujeres nobles. Hasta que, a los 39 años, sedujo y fue seducido por una alumna de 17.
Sobre Eloísa hay menos datos; casi todos los testimonios medievales disponibles fueron escritos por eclesiásticos solteros (o que simulaban serlo), convencidos de que las mujeres son seres perversos necesarios para la propagación de la especie, pero portadores de gérmenes destructivos de la familia si no se las sujeta. Eloísa, huérfana sin recursos, vivía en casa de su tío, el canónigo Fulberto, que le había proporcionado educación superior, una extravagancia en una época que se inquietaba si una mujer aprendía a leer. Su conocimiento del latín, el griego y el hebreo, y su capacidad para razonar la hicieron famosa entre los intelectuales de París.
Tres larguísimas cartas firmadas por ella y cinco por Abelardo, una de ellas llamada La historia de mis calamidades, relatan, junto con reflexiones religiosas, el violento idilio de los amantes más famosos (¿más fogosos?) del Medievo. Eloísa, además de inteligente, sincera y audaz para cuestionar, era linda, aunque Abelardo, al referirse a su aspecto, mezquina el elogio (no fuera que lo motejaran de poco viril), señalando apenas que “por su cara y su belleza no era la última”. Cuando maestro y alumna fueron tentados, cometieron una serie de pecados imperdonables: engaño, fornicación, lujuria, en las narices de Fulberto, el dueño de casa, hasta que ocurrió lo previsible: la niña quedó embarazada. Para subsanar la afrenta a las leyes de Dios y de la sociedad, se casaron, pero en secreto, en un intento de no dañar la fama de casto del novio, que se negó a asumir públicamente la relación con una mujer. El niño fue bautizado con el extraño nombre de Astrolabio, y entregado a una familia para que lo criara. Abelardo llevó a Eloísa a un convento en Argenteuil, cerca de París, obligándola a tomar los hábitos contra su voluntad. “No fue la vocación religiosa la que arrastró a esta jovencita a la austeridad de la vida monástica –confesará Eloísa a Abelardo en su segunda carta–, sino tu mandato.”
Para Fulberto, este abandono constituyó una afrenta imperdonable y se vengó de una manera ejemplar. “Cuando se enteraron su tío, sus familiares y amigos –escribe Abelardo–, juzgaron que mi engaño ahora era completo, pues hecha ella monja, yo quedaba libre... Así, cierta noche, cuando me encontraba durmiendo en una habitación secreta de mi posada, habiendo ellos comprado con dinero a un criado que me servía, me amputaron aquellas partes de mi cuerpo con las que había cometido el mal que lamentaba... Atormentado por el revuelo de toda la ciudad por la noticia, perturbado por los lamentos de clérigos y estudiantes, más herido por la compasión que por la herida misma, sintiendo más la vergüenza que el castigo, siendo más víctima del pudor que del dolor, aun admitiendo lo justo del juicio de Dios por haberme castigado en aquella parte del cuerpo con la que había delinquido, más por confusión y vergüenza que por la sinceridad de una conversión, busqué refugio en la abadía de San Dionisio de París.”
Leyendas de amor medievales como las de Tristán e Isolda fueron transmitidas por boca ajena; la de Romeo y Julieta necesitó a un Shakespeare; la de Abelardo y Eloísa fue inmortalizada por los mismos protagonistas que la contaron e interpretaron. Separados los amantes de por vida, ella como abadesa del Paracleto, un convento fundado por Abelardo, y él, en un monasterio, tomaron la pluma y produjeron unas páginas magistrales. Estas cartas, escritas entre 1133 y 1136, revelan que no vivieron su amor de la misma manera.
Eloísa nunca renunciará a amar a su hombre con un amor de amante y esposa, por lo que insistirá en rememorar a dúo el gozo compartido. “Tú eras el único dueño de mi cuerpo y de mi voluntad. Dios sabe que nunca busqué en ti nada más que a ti mismo. Te quería simplemente a ti, no a tus cosas. Finalmente, nunca busqué satisfacer mis caprichos y deseos, sino –como tú sabes– los tuyos.” “El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mí la palabra más dulce es de amiga y, si no te molesta, la de concubina o meretriz.” “Acuérdate que prefería el amor al matrimonio y la libertad al vínculo conyugal.”
En un principio la pasión de Abelardo también fue entusiastamente carnal: “Abríamos los libros, pero pasaban ante nosotros más palabras de amor que de la lección... Había más besos que palabras. Mis manos se dirigían más fácilmente a tus pechos que a los libros...”
“Sabes que después de haber concertado nuestro matrimonio y encontrándote con las monjas en el claustro de Argenteuil, fui a visitarte en secreto cierto día.
Y sabes lo que allí mi incontrolada incontinencia hizo contigo en el lugar mismo del refectorio, no teniendo otro lugar donde retirarnos. Sabes, repito, lo desvengonzado de esta acción, tratándose de un lugar tan santo y dedicado a la Santísima Virgen... ¿Para qué quieres que recuerde las primeras fornicaciones y desvergonzadas impurezas que precedieron al matrimonio? ¿O debo recordarte mi suprema traición hacia ti cuando engañé tan torpemente a tu tío...?” “El (se refiere a Cristo) era quien te amaba verdaderamente, no yo. Amor mío, lo que nos llevó a ambos al pecado se ha de llamar lujuria, no amor.”
En la Edad Media, las relaciones públicas y privadas entre los sexos estaban sujetas a códigos y ritos muy estrictos, y tenían que ver con lo profano y lo religioso. Se creía, por ejemplo, que la copulatio entreabría la puerta que da a lo misterioso, lo inmanejable, lo terrorífico de la sexualidad y de la procreación, es decir, al campo de lo sagrado, creencia que reforzaba la demonización y el repudio de la mujer.
En Abelardo, el teólogo vence al hombre que busca la sublimación en el amor a Cristo. Por el contrario, Eloísa queda anclada en aquel erotismo que llegó a elevarla hasta alcanzar los límites de lo sagrado.
A pedido de Eloísa, Abelardo fue sepultado en el Paracleto en 1142, a los 63 años. Ella, de 41, tuvo que esperar veintiún años más para que se cumpliera su deseo de yacer junto a él. Frente al túmulo de mármol, en el cementerio de Père Lachaise que ahora guarda los restos de la pareja, uno bien puede preguntarse de qué hablaban cuando hablaban de amor.
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