Adictos a las cirugías: la obsesión del eterno retoque

En constante disconformidad con su imagen, asumen riesgos para imitar a famosos moldeados por el bisturí
Soledad Vallejos
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30 de noviembre de 2013  

"Son como un menú viviente del catálogo completo de cirugías estéticas y tratamientos posibles." Así describe un especialista a los que padecen de un trastorno que, en esta última década, expuso los serios daños y consecuencias que van detrás de la afición desmedida por la belleza.

Adictos a las cirugías. Personas obsesionadas con su imagen y con un único deseo frente al espejo: cambiar. Eliminar esos defectos (reales o imaginarios) que no coinciden con los altos estándares de belleza que se exhiben desde la pantalla chica. Es que el modelo a imitar (supermoldeado por el bisturí) está en la piel de los famosos y mediáticos que bullen por la tevé.

Casos como el de Michael Jackson o la muerte de Ricardo Fort, que con 45 años ya había pasado 27 veces por el quirófano sólo para transformar su apariencia, reavivaron la polémica. Y como admiten los expertos consultados por LA NACION, "cuando un paciente con dismorfofobia llega al consultorio, es muy fácil de reconocer".

"Ricardo Fort, como muchos otros, nunca se encontró cómodo en su cuerpo. Son pacientes que tienen una expectativa que supera la realidad y jamás van a quedar conformes –explica el doctor Marcelo Bernstein, cirujano plástico consultor y miembro de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica–. Fort vino al consultorio en algunas ocasiones y yo le sugerí que no debía seguir operándose. Pero, lamentablemente, existen profesionales sin criterio estético ni ético que acceden a estos pedidos imposibles de satisfacer."

En la mayoría de los casos sucede siempre lo mismo. "El resultado inmediato suele ser muy satisfactorio. El paciente está feliz con el cambio, pero al poco tiempo comienza a rechazar su nuevo esquema y vuelve a operarse. A veces busca corregir alguna cirugía anterior, en otras ocasiones se trata de un nuevo retoque. Pero lo que hay que saber es que cuando un paciente vuelve al consultorio a menos de un año de haberse operado estamos frente a un adicto. Y debe hacer una terapia", indica la doctora Mónica Milito, especialista en cirugía plástica.

Paradigmas locales

Luciana Salazar es uno de los paradigmas locales del cambio de imagen. En diez años, su transformación fue radical. Y casi nada en su cuerpo quedó fuera de la magia del bisturí. El año pasado llegó Charlotte Caniggia, que causó revuelo con su participación en Bailando por un sueño, y desde que su cirujano plástico reveló públicamente algunos secretos, Charlotte se convirtió en el máximo referente mediático de esta tendencia entre las adolescentes. Porque la adicción a las cirugías, como tantas otras patologías, reclutan víctimas cada vez más jóvenes. En los tres últimos años, las chicas de entre 15 y 19 años representan más del 15 por ciento de las pacientes que los especialistas reciben en sus consultorios. Y no sólo están disconformes con su nariz o quieren un implante mamario (dos de las operaciones más clásicas que hoy ya son casi un trámite en el camino de la transformación estética), sino que recurren a técnicas como el Bótox y los rellenos con ácido hialurónico. El lema de "lo más natural posible" también dejó de ser una prioridad, sobre todo en los pacientes "adictos". Según Berenstein, ahora quieren que se note. Lucir un poco "retocadas". Para graficar la situación, detalla que, en 1992, el tamaño promedio de una prótesis de silicona era de 200 cm3 y, actualmente, se usa entre 300 y 400 cm3. "Gustan los pechos hiperdesarrollados, los labios pronunciados, los pómulos y el mentón bien proyectados o la cintura extremadamente marcada. Como si fuera la imagen del blister de un medicamento, con curvas y zonas planas bien diferenciadas. Muchas pacientes me dicen Bueno doctor, es que ya que me opera quiero que se me note. Y ahí está la obligación del médico en explicarle que un resultado óptimo es aquel en el que prima el equilibrio y la armonía estética. No la exuberancia."

En términos más académicos, los doctores Raúl Banegas y Agustín Alí, miembros de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora, explican que la dismorfofobia es "una alteración severa de la imagen corporal, y las cirugías repetidas, en lugar de mejorar su estado, tienden a aumentar la insatisfacción. Son aquellos pacientes que teniendo rasgos y formas armónicas ven frente al espejo una imagen distorsionada de ellos mismos. Recurren al cirujano para mejorar narices que son bellas, aumentar mamas que son grandes e incrementar el volumen de los labios en forma hasta grotesca".

Banegas agrega: "Hay estudios de la Sociedad Americana de Cirugía Plástica que dicen que el 30 por ciento de las personas tienen algún grado de dismorfofobia. No existen datos locales, pero si trasladamos esos números a nuestro país, yo creo que estamos bastante cerca".

Otros datos estadísticos señalan que la Argentina es uno de los líderes en el mundo en cantidad de tratamientos estéticos. Según un informe del trigésimo Congreso Internacional de Medicina y Cirugía Cosmética, cuyos resultados se conocieron el año pasado, se realizan en el país unas 300.000 intervenciones anuales, cifra que supera a Francia, Canadá y Gran Bretaña. Se estima que, sólo en 2010, se colocaron 60.000 implantes mamarios, cifra que ubicaría al país en el cuarto país del ranking mundial. Y, según coinciden los expertos locales, las intervenciones en el país crecen a un ritmo del 25 por ciento anual.

Pedidos "mágicos"

Después de haberse realizado todas las operaciones "de base", los pacientes adictos a las cirugías llegan con los pedidos "mágicos", como dicen los especialistas. "Fort pudo crecer unos tres centímetros gracias a unas prótesis en los talones, una especie de plantilla interna. Una intervención muy dolorosa y con cierto riesgo", cuenta Mónica Milito, que confiesa otros de los clásicos ruegos de las mujeres. "No se pueden afinar los tobillos ni achicar las rodillas. Las partes blandas se pueden lipoaspirar, pero no la estructura ósea". Sin embargo, las pantorrillas muy finas tienen solución con una prótesis de silicona. "Cada vez son más casos, y funcionan muy bien", dice Milito.

Muchos de estos trastornos psicopatológicos se desencadenan luego de un suceso emocional fuerte, como la pérdida de un ser querido, el divorcio, el maltrato, el abandono o la frustración. "Esos pacientes no están en condiciones de operarse", afirma Milito. "Primero, hay que trabajar sobre el trauma, y la cirugía estética nunca es la solución. Por eso después aparecen las "arrepentidas", las que se extralimitaron en la cantidad de tratamientos y después quieren volver atrás. A veces, es imposible. La silicona está prohibida, y la siguen usando. Esas bocas hinchadas no tienen solución", agrega Berenstein.

"Hay un chiste de Maitena [la humorista gráfica argentina] que para mí resume muy bien esta trágica realidad –concluye–: hay una señora sentada en la camilla del consultorio del cirujano plástico, que dice Discúpeme doctor, pero ¿dónde se inyecta el colágeno para llenar el vacío existencial?"

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