
Aires parisinos
El decorador Juan Pablo Molyneux transformó un hotel, declarado monumento histórico, en su casa y atelier; investigó los estilos, y jugó con ellos, para decorar los 1300 metros cuadrados construídos en el siglo XVII en el barrio Le Marais
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PARIS.- Desde una banqueta que perteneció a María Antonieta se distinguen algunas acuarelas de Pablo Picasso colgadas y dos o tres figuras filiformes de Alberto Giacometti apoyadas sobre una mesa. Originales, claro. Al girar discretamente la cabeza, una escultura de Lucio Fontana descansa sobre una cómoda francesa del siglo XVIII. Todo rodeado de paredes y molduras en scagliola, la técnica italiana del 1500 que se logra mezclando polvo de mármol y seda. Al observar ese escenario, la afirmación "para quebrar las reglas hay que conocerlas", del decorador de interiores chileno Juan Pablo Molyneux, toma otras proporciones. Así como el comentario que, con admiración, agrega Pilar, su mujer desde hace 36 años: "Juan Pablo tiene una sensibilidad innata".
Esa sensación se extiende a los más de diez ambientes del hôtel particulier Claude Passart, una casa de tres pisos del siglo XVII en Le Marais -el elegante barrio parisino-, que fue declarada monumento histórico y que los Molyneux adquirieron en 2001, en el día de la caída de las Torres Gemelas. La casa había sido subdividida con los años y la pareja logró apropiarse de estos 1300 m2 sólo después de firmar seis escrituras distintas en el transcurso de un año (y otras dos en estos últimos meses).
Su restauración y decoración insumieron menos de dos años. Molyneux tenía bien en claro que este pied-à-terre parisiense, u "oficina satelital" como a él le gusta llamarla (ya que su estudio central está en Nueva York), tenía que ser un muestrario de lo que a él le gusta hacer. Un universo en el que el cuidado por el detalle transmita la rigurosa investigación de estilos que hay por detrás y hace olvidar rápidamente esa sobrecarga estética que uno puede sentir a primera vista: molduras en terciopelo, paredes de damasco de seda, diferentes técnicas de marquetería en los pisos (una de ellas, de inspiración rusa), cortinas bordadas en seda. Neoclasicismo contemporáneo: así es como lo califican en Estados Unidos.
En uno de los salones, con vista al jardín, un guéridon caoba del siglo XVIII y un escritorio del siglo XVI están apoyados sobre el piso de mármol. Pasando un faraón de bronce, y tras subir las escaleras, otro salón, totalmente ambientado con los grandes biombos de Coromandel (laca esculpida y pintada, aplicada sobre paneles colocados en sentido vertical), alberga un caballo terracota de la dinastía Han. En el living, los sillones Luis XV y los tapices del siglo XVII se mezclan con las mesas bajas de 1970 diseñadas por Diego Giacometti (hermano de Alberto). Al cuarto principal se accede por una puerta secreta que, cerrada, pasa inadvertida como parte de la inmensa biblioteca. Todo este proyecto es uno de los cuatro que Molyneux presentó hace unos días en el Museo Nacional de Arte Decorativo porteño, en una conferencia que organizó la Asociación de Amigos del Museo.
Estación porteña
Pero Buenos Aires no es nuevo para él. Después de estudiar Arquitectura en la Universidad Católica de Santiago (le faltó una materia para recibirse), después de la Escuela de Bellas Artes de París y de la del Museo del Louvre, y luego de una exposición individual en el Museo de Bellas Artes de Chile, se casó con Pilar y ambos se mudaron a Buenos Aires. "Pensamos que estaríamos uno o dos años. Nos quedamos once. Fue un trampolín para mí. Esa cosquilla que tuve para abandonar Chile, la tuve luego en Buenos Aires. Me fui a Estados Unidos (en 1983) y por la misma razón llegué a París", cuenta.
Hoy, unas 15 personas trabajan con él en la Ciudad Luz, además de las cuatro que se ocupan del mantenimiento de esos 1300 m2. Con los años, las posibilidades son mayores, pero el concepto, asegura, sigue siendo el mismo: "Trabajo con artesanos de todo el mundo. El proyecto siempre parte de planos y dibujos, y allí empiezan también los detalles. Luego voy a los proveedores, que hacen los dibujos técnicos. Mis colaboradores tienen una base cultural fuerte. Cuanto más preparación, más posibilidades. Ese rigor es necesario para demostrar el conocimiento dentro del diseño. Y luego hay variaciones y progreso, claro. A fin de cuentas, son cuartos para vivirlos". Según Molyneux, los errores en la decoración están generalmente ligados con las proporciones, el contraste y la combinación de elementos, que no siempre son afortunados. "Como un cocktail party: puede ser un desastre", bromea.
El teléfono suena. Lo llaman desde Sorrento, Italia, para ultimar detalles sobre la decoración de un yate. Mientras, en el cuarto de al lado, algunos de sus colaboradores observan los planos de una casa de 13.000 m2 que Molyneux decora en Rusia. Un magnate ruso, sin más detalles. Para este chileno radicado en Estados Unidos, el equilibrio entre lo que el cliente pide y lo que él propone es ahora más fácil: si no le gusta, no lo hace. Aunque asegura que la inspiración viene del cliente: "Cuando lo conozco, es un volumen nuevo que llega con pretensiones, con esperanzas y con sueños distintos de los míos. Uno es el que hace que esos sueños se concreten. Y meterse en esos sueños es entrar en una intimidad total. Ese es el desafío". Un objetivo que parece haber logrado, al ver la diversidad e inmensidad de sus proyectos. Aunque las dimensiones, por lo menos a estas alturas de su vida profesional, ya no son prioritarias. "Hay trabajos más chicos que me divierten enormemente", dice. Una buena noticia para aquellos con presupuestos algo más reducidos.






