Alan Pauls:“La literatura que a mí me gusta no tiene nada que ver con contar historias”

A los 57 años, dice que ahora tiene muchos más problemas al momento de sentarse a escribir. Mientras traduce a Capote, el autor de El pasado habla de los consumos culpables de la cultura, de las enseñanzas de Piglia y sorprende: “Seinfeld me produjo el mismo efecto que Proust”
Victoria Pérez Zabala
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19 de febrero de 2017  

Crédito: Mariana Roveda

De muy chico ya lo buscaba. Un territorio propio donde lo dejaran tranquilo. Los libros y dibujos sirvieron como escudo. Había algo en ese chico de ojos celestes aferrado a la enciclopedia Lo sé todo que generaba respeto en el mundo de los adultos. Las ilustraciones sensacionalistas, donde se mezclaban la mitología griega, el cómic y lo trash, lo fascinaban. “Tenía seis años y ya me había organizado un repertorio de actividades solitarias para no necesitar mucho nada ni a nadie”.

Ni una sonrisa de más. El gesto serio de Alan Pauls permanece casi inmutable durante toda la entrevista. Se mantiene mientras habla de su hijo Remo a punto de cumplir tres años y sigue ahí mientras recuerda su infancia y sus años de estudiante. La solemnidad no lo abandona. Aún cuando opina sobre la serie Seinfeld y cómo impactó en su vida. ¿Es un estado natural o una defensa ante la tribu de fotógrafos, periodistas y productores que ahora invade su hogar en Colegiales, desparramando equipos, flashes y husmeando en sus bibliotecas?

Por los pasillos de la casa, Pauls camina entre cientos de autores: los mejores. Por un lado ficción, por otro, no ficción. Debería tener un castillo para poder albergar todos los libros que quiere. Su casa de techos altos está divida en dos pisos conectados por una escalera escarpada. Este es el mundo privado de Pauls, quien ha escrito páginas definitivas sobre los más grandes escritores argentinos: Puig, Borges y Arlt. Pauls tiene lo que necesita un médico clínico del texto: un buen ojo.

En los últimos años se sumergió en la traducción, esa forma despiadada de esclavitud, al decir de Rímini, el atormentado protagonista de su novela El pasado. Su mente transitó por varios idiomas, decodificando las intenciones de Charles Baudelaire y Susan Sontag, entre otros. Recientemente, se dedicó a traducir los primeros textos de Truman Capote, escritos cuando el genial autor nacido en Nueva Orleans tenía sólo 18 años. Harper’s Bazaar, Story, Mademoiselle, The New Yorker, Atlantic Monthly, revistas norteamericanas que en aquellos tiempos publicaban los cuentos de mayor calidad, presentaron al mundo a quien para muchos llegaría a convertirse en el creador de un género literario propio, el periodismo de no ficción. Los primeros cuentos, adelanta Pauls, “es el libro de un niño prodigio”. Como al autor de A sangre fría, de chico a Pauls le interesaban sólo tres cosas: leer, ir al cine y dibujar. En el caso de Capote, según confiesa en el prefacio de Música para camaleones, hay que agregar una cuarta: zapatear.

¿Qué te impulsó a leer y, luego, a escribir?

La posibilidad de habitar un mundo muy personal, individual. Quería garantizarme un cierto blindaje dentro del contexto familiar. Ven a un chico entretenido leyendo y dibujando y hay algo que respetan de eso. Después, si seguís a los 8, 9 años, te empiezan a hinchar porque hay un punto en que cierta soledad autosuficiente empieza a molestar. El mundo adulto no soporta eso que antes los dejaba en paz y les dejaba tiempo para hacer sus cosas. El que se sienta a leer y se aísla, de algún modo, está insultando al mundo porque no lo necesita. Lo cual es falso, porque leyendo te relacionás con el mundo. Sólo que la lectura es un poco la mediación. El problema de la lectura es que parece que no estuvieras haciendo nada. Cuando pasás de leer a escribir volvés a ser productivo. Te vuelven a dejar tranquilo.

Crédito: Mariana Roveda

Cómo se formó el escritor de 57 años que en 2003 ganó el premio Herralde de novela por El pasado, esa comedia romántica macabra narrada en más de 500 páginas que lleva al lector a preguntarse: ¿esto es amor o terror? A los 20 años Pauls era una máquina de escribir. Era el artefacto que recibía los pinchazos de sus dedos histéricos: la vieja Continental alemana de su abuela, con las ü y las ö extranjeras a la espera de la cita pedante que lo obligara, por fin, a usarlas.

El autor de la trilogía que aborda de manera lateral los años 70 ( Historia del llanto, Historia del pelo, Historia del dinero) se crió en Colegiales hasta los seis años y, luego, se mudó a Barrio Norte. La educación formal la aportó un colegio francés. Un chico de clase media dentro de una familia de la que brotarían sólo artistas. Nunca se le cruzó por la mente dedicarse a algo más convencional como la economía o el derecho. En la casa del joven Pauls, a quien Roberto Bolaño señaló como “uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos”, se escuchaba a Roberto Carlos y Chet Baker.

“Me gustaba Chet Baker, pero había que hacer un esfuerzo para entenderlo. Creo que dedico un poco mi vida a eso: al esfuerzo de entender. La producción de sentido en la literatura, en la música y en el arte en general va siempre de la mano de un goce inescrupuloso de los materiales más berretas que circulan en la cultura. Eso es importante en mi formación. Ver cómo se friccionan, se relacionan, se contaminan, se pelean. Cómo quieren exterminarse. En lo que hago se ve esa fricción, ese duelo”, dice Pauls que, además de escritor y traductor, es crítico literario y de cine, guionista e incluso se animó a pararse frente a la cámara, aunque él se defina como no actor.

¿Te gustaba Roberto Carlos?

Tardé mucho en entender que había sido formado tanto por esos consumos culpables como por los consumos prestigiosos de la cultura. En aceptar y en pensar en eso. Durante mucho tiempo pensé que Roberto Carlos no había dejado ninguna marca en mí, que había sido superficial. Me interesa el fenómeno de hasta qué punto estamos formados por cosas que detestamos, no sólo por cosas que nos gustan. Cómo eso que despreciamos culturalmente o de lo que después nos alejamos circula en nuestra sangre. Como una especie de proteína bastarda, pero tan fértil como Joyce, Kafka o Stravinsky. Estamos hechos de eso.

¿Cuáles fueron los autores que admirabas de joven? ¿Cómo siguió tu formación de escritor?

Felisberto Hernández, Onetti y Cortázar. Terminé el colegio en el 76, año del golpe. La Facultad de Filosofía y Letras estaba diezmada. Me formé en grupos de estudio privados, que era un poco lo que se hacía en esa época. Los profesores eran todos aquellos que habían sido echados de la universidad. Se la llamaba la universidad de las catacumbas. Hacía cursos de todo lo que no se podía estudiar en la facultad. Durante esos años, estudié con Josefina Ludmer. Ahí fue que lo conocí.

Sobre el escritorio de Pauls hay ocho pares de anteojos, biromes, chicles, monedas sueltas. Se destaca un libro de tapa roja: Escritores norteamericanos, de Ricardo Piglia. “Fue el primer escritor que yo admiraba en leer algo mío. Piglia recibía en el bar Los Galgos y en La Ópera. Teníamos una especie de relación maestro y discípulo, pero en bares. Con Josefina, en cambio, estudiábamos en su casa. Así fue que hace poco quedé huérfano. Es tremendo.” Sus dos maestros fallecieron, recientemente, con un mes de diferencia. Primero Ludmer, el 9 de diciembre, y luego, Piglia, el 6 de enero.

Crédito: Mariana Roveda

¿Cómo eran esas reuniones con Piglia? ¿Había una rutina?

Básicamente le daba a leer lo que yo escribía y de ahí la charla derivaba en cualquier cosa o me daba listas de libros para leer. Me abrió mucho el campo de la literatura contemporánea norteamericana porque él era muy experto en eso. Me hacía listas. Era muy poco analítico del texto en sí. Subrayaba cosas o señalaba. Era muy zen en ese sentido. Hacía links. Jamás te criticaba. Pensaba en una especie de potencia de lo que leía. No bajaba línea; no imponía un modelo de escritura.

¿Era una manera común de enseñar?

No, era genial. Un maestro. Todos los demás son profesores: los que te dicen esto está bien, esto está mal. El maestro es alguien que pesca el deseo. Lee entrelíneas. Se da cuenta de lo que vos todavía no te diste cuenta que hiciste. Era muy delicado en ese sentido.

Si pudieras elegir una de las lecciones de Piglia, ¿cuál sería?

Me enseñó a leer el mundo, a los otros, a no dar nada por sentado, a no creer en la naturaleza de las cosas, en la naturaleza de la escritura.

¿Cómo se da ahora esa relación, esa transmisión de conocimiento entre alguien joven y un maestro?

No sé muy bien cómo funciona ahora con la gente joven. Me parece que hay como un cierto descrédito de la figura del maestro. Está muy ligada a la autoridad. Como si un maestro fuera a oprimirte. Igual, es una relación muy compleja. No es idílica. Leés Platón y te das cuenta. Ser maestro y ser discípulo es una relación de saber, pero también es una relación erótica, de poder. Hay mucho deseo que circula; está siempre cerca de la pedofilia. Hay que ser consciente de esa complejidad. El talento del maestro consiste en gestionar esa complejidad con pasión y con ética.

En una de sus tantas bibliotecas, junto a Raymond Carver y John Cage, comparte estante el lomo ancho y blanco de Un placer fugaz, libro que recopila la correspondencia epistolar de Truman Capote y permite reconstruir sus obsesiones, deseos y su curiosidad casi patológica por el chisme.

¿Cuál fue el primer libro de Capote en llegar a tus manos?

Música para camaleones, en una edición de Emecé. Creo que a partir de ahí me propuse leer todos. Es un libro deslumbrante. Con una perfección de escritura. Son cuentos, textos, ensayos de no ficción, crónica, pequeños ejercicios de periodismo lírico, como el reportaje a Marilyn Monroe. Trabaja con variedad de registros. Está Un día de trabajo, la crónica de esa tarde que pasa con la empleada de limpieza yendo de casa en casa. Ves cómo el tipo volvía radioactivas cualquiera de las cosas sobre las que decidía escribir. No sabés qué es lo que está inventando, qué es verdad. Pero te das cuenta de que el mundo brilla de otra manera después de que Capote pasó por ahí. Y a la vez es de una potencia increíble y de una delicadeza como japonesa. Me gusta todo de Capote.

Crédito: Mariana Roveda

¿Dentro de la tradición norteamericana de crónica y de no ficción hay otros autores que te interesen?

Soy más de ficción. Me gusta Scott Fitzgerald, buena parte de la obra de Hemingway, Philip Roth. Sé que es importante la literatura norteamericana. En algún momento me gustó Faulkner, después me alejé.

Con la lectura miope que exige la traducción, ¿descubriste algo inesperado en estos primeros cuentos de Capote?

Los primeros cuentos es el libro en el que agota la manera tradicional de escribir bien cuentos a la americana. Como si dijera: quieren cuentos norteamericanos, bueno acá los tienen. Ahora me puedo dedicar a hacer otra cosa. Es el libro de un monstruo: es impresionante cómo el tipo domina absolutamente la forma cuento a esa edad. Son cuentos perfectos. Agota todo lo que se espera del joven cuentista americano. Vos ya intuís que va a dedicarse a otra cosa, a romper el molde.

Desperdigados por cada rincón de la casa de paredes blancas aparecen rastros de la familia del escritor. Sobre la chimenea del living, el disco El amor es un francotirador, grabado por Lola Arias, su mujer dramaturga, directora teatral y performer. En el piso superior, varios camiones de plástico rojos, verdes y amarillos, ordenados uno al lado del otro. Y en una de las pocas paredes sin libros, un dibujo en crayón celeste de su hijo Remo.

¿Sos de consultar y apoyarte en la opinión de tu mujer, Lola Arias, que también es artista?

En mi caso, no mucho. Lola está más acostumbrada a discutir su trabajo con otros. Su trabajo es más social. El mío es un trabajo más solitario y ensimismado. Es una cosa más privada. No lo hago circular en mi casa. Soy más chapado a la antigua. Tiene que ver un espacio de no trabajo. Ella es de otra generación; le interesa más la mezcla de todo. A mí me interesa la frontera del ocio y el trabajo, el trabajo y la vida amorosa y familiar. No me gusta la invasión.

¿Los problemas a los que te enfrentás al momento de escribir fueron cambiando?

Ahora tengo muchos más problemas al momento de sentarme a escribir. Antes era más lanzado y, con el tiempo, me fui volviendo más alerta, más consciente. Me cuesta escribir mucho más ahora que a los veinte. Un problema es una buena palabra. Te hace pensar. Me parece bien tener problemas, en ese sentido. Después hay problemas específicos que tienen que ver con cada libro. El tipo de desafío que te propone cada proyecto.

¿Cuál fue el más árduo, el más difícil de concretar?

El que estoy escribiendo ahora, que es un ensayo biográfico sobre el cineasta chileno Raúl Ruiz. Me está llevando más tiempo del que pensé que me iba a llevar. Se me fue de las manos. Lo empecé hace cuatro años y lo quiero terminar para mediados de éste.

¿Qué es lo que te está costando?

Cayó en un momento particular de mi vida con un error de timing. Es un tipo de libro que debería haber escrito en otras condiciones, no cuando estaba a punto de tener un hijo. Me exige una concentración, dedicación y una efusividad que es difícil cuando uno está criando a un hijo. Hay que buscar mucha información verdadera. Es algo que nunca había hecho. Me lo propuse para limpiar un poco lo que había hecho con la trilogía y de repente se convirtió en un problema real. Quiero hacer como un largo retrato de artista. No quiero hacer una biografía.

¿Te gustó lo que hizo Emmanuel Carrère en Limónov?

Sí, me gustó. Lo de Carrère es más un retrato de profesión. Es muy poco ensayístico. Mi libro es más reposado. De repente cuenta, de repente se detiene en un plano de una película y hay diez páginas sobre eso.

¿Qué te atrajo de Ruiz para querer escribir sobre él?

Es un tipo muy particular. Hizo 120 películas. Vivió la mitad de su vida en Chile y la otra en Francia. Lo que hizo fue inventar una especie de órbita dentro de la cual podía hacer cualquier cosa: películas de dos minutos en Super 8 en su casa los domingos con amigos y, al mismo tiempo, hacer películas con Mastroianni, Catherine Deneuve o Malkovich con diez millones de euros. Lo hacía todo con la misma mirada singular. Era único. No tenía vida. Alguien que hace 120 películas es muy difícil que tenga tiempo para otras cosas. Una especie de estética muy extraña: erudita y a la vez popular, sofisticada y a la vez muy berreta. Un cineasta de culto que se propuso serlo. En general, lo son por accidente. Siempre quisieron ser otra cosa y fracasaron.

Te interesa escribir sobre la vida de artistas…

Me interesa, más que la vida biológica del artista, su vida de artista. Todo lo que viene antes, lo que hizo cuando tenía cuatro años, no me interesa. Me parece que todos se inventan una vida de artista.

¿Cómo fue inventarte una vida de artista para vos?

Soy muy poco consciente de eso. A veces el artista muchas veces no tiene la menor idea de cómo se fabrica a sí mismo. Algunos lo hacen de una manera muy explícita. Andy Warhol es un gran fabricante de imagen de artista. Aun así los que no son conscientes trabajan con una imagen de sí. Me interesa cómo los artistas construyen su propios personajes de artistas. Porque ahí trabajan con sus propias vidas y les dan a esas vidas un sentido y una forma que no necesariamente tienen.

Te referís a la traducción como un tipo de adicción. ¿Tenés una personalidad adictiva?

Sí, sí. Con la literatura, menos. Podría ser alcohólico, adicto.

En cuanto a series, ¿cómo y qué consumís?

Cuando empiezo a ver una temporada, la veo en dos días. Transparent es genial, muy radical. Soy muy fan de Breaking Bad. Tengo muchas ganas de ver Twin Peaks. Por fin se le va a rendir a Lynch el homenaje que merece porque él fue quien empezó. Todo se lo debemos a él. Me gusta The Affair, una serie de un escritor. Me gusta mucho Louis CK y la serie Better Things.

¿Qué aportó Seinfeld a tu vida?

Todo. Tiene un valor documental extraordinario. Creo que uno podría hacer una historia de los años 90, una radiografía genial, a través de la serie. Es el momento en que las grandes leyes desaparecen y queda una multitud de leyes particulares. Todo es particular, el mundo es particular. No podría elegir mi personaje favorito. Para mí es la lógica Seinfeld. Muchas veces me gusta George. Siempre me gusta Jerry. Kramer es el artista del grupo. Elaine es una cosa genial. Me gustan los personajes secundarios: los novios de Elaine, las de Jerry. Tienen la misma dedicación que los personajes principales. Está tan bien escrita... Seinfeld forma parte de mi vida, me devolvió como un fanatismo adolescente. Me produjo el mismo efecto que En busca del tiempo perdido (obra literaria de Marcel Proust). Empecé a ver el mundo desde una mirilla distinta. Te relacionás de otra forma con el mundo.

¿Hasta imaginás la situación Seinfeld del día?

Sí. Están las frases Seinfeld, actitudes Seinfeld. Tiene un efecto directo sobre la forma de ver las cosas, como una iluminación. Es una obra maestra del siglo XX al mismo nivel que cualquier obra de la literatura.

¿Te seguís llevando muy mal con el celular?

Es un aparato para comunicarte, no para ir chequeando si existís en el mundo. Es insoportable. Me parece una cultura repugnante. La calidad de vida de las personas se perjudicó mucho. La gente es cada vez más guaranga y descortés. Se preocupan por estar en contacto, conectados, por monitorear a los otros. Es un retroceso total de la humanidad y es catastrófico porque no tiene retorno.

En otra conversación dijiste que te irritaba la postura de los militantes de la espontaneidad para los que la escritura es sólo contar historias….

Sí, sí. Los que dicen: se me ocurrió una historia y me senté y la escribí. Los escritores que dicen que la literatura es contar historias.

¿Qué es la literatura para vos?

Muy buena parte de la literatura que a mí me gusta no tiene nada que ver con contar historias. La literatura puede ser composición; puede ser pura forma. Cuando uno dice que la literatura es contar historias hay tantos sobreentendidos en esa definición sobre lo que es un escritor, una historia, un lector. Son todas cosas que rechazo. Está la idea de contar una historia a la manera hollywoodense. La literatura tiene mucho más que ver con inventar un mundo, que con contar una historia. Un mundo con muchas capas, básicamente hecho de lenguaje. Esa es la cuestión.

Generoso en sus respuestas elaboradas, Pauls suele detenerse, como a la hora de narrar, en ciertos detalles. Si existe la responsabilidad del escritor de hablar como escribe, él la asume al pie de la letra.

Crédito: Mariana Roveda

1959

Nace el 22

de abril, segundo de cinco hermanos. Cristian, Alan, Gastón, Nicolás y Ana son hijos del productor de cine Axel Pauls, de tres matrimonios diferentes

1983

Desde ese año y hasta 1989 enseña Teoría literaria en

la Universidad de Buenos Aires

1984

Publica

su primera novela, El pudor del pornógrafo

2001

Junto con Fito Páez escribe el guión de la película Vidas privadas.

Más tarde, colaboró con Albertina Carri para el film Los rubios

2003

Publica

la novela El pasado, que es llevada al cine por Héctor Babenco, en un film protagonizado por Gael García Bernal

2013

Publica la última novela de la Trilogía de Argentina en los años 70, que integran Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero

El futuro

Está escribiendo un ensayo biográfico sobre el cineasta chileno Raúl Ruiz, tarea que arrancó hace cuatro años y que contempla finalizar para mediados de éste. En abril saldrá una traducción suya de Los primeros cuentos, de Capote, editado por Lumen

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