
Alejandra Boero, desde el Andamio
Una mujer que se animó a decirles que no a los puestos políticos. Luchadora incansable, maestra de maestros, sólo cree en el esfuerzo conjunto. Su pasado, su presente y su futuro se resumen en dos palabras: teatro independiente
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Liria. Se llamaba Liria, y también Ofelia, y también Alejandra. De los últimos vagones colgaba el apellido: Digiamo Viera. Hasta que un día mágico y tremendo, Liria Ofelia Alejandra Digiamo Viera le dijo a su padre: -Padre, voy a dedicarme al teatro independiente.
Hubo un silencio helado. Tan helado que todo empezó a retroceder y achicarse. Cuenta la leyenda que fue así como el nombre de Liria Ofelia Alejandra Digiamo Viera encogió. Y se deformó un poquito. Desde entonces, la mujer se llama Alejandra Boero.
-Mi padre no quería que me dedicara al teatro independiente, para él la gente de teatro era sospechosa. Comunista -susurra y se espanta con ojazos de avestruz-. Y no quiso que usara su apellido. Así que decidí simplificar nombres y adoptar el de mi madre.
Recuerda la mujer, sesenta años después de ese bautismo terco y profano. Durante todo este tiempo, Alejandra Boero se dedicó a cultivar sin pausa su perfil sospechoso. Dirigió más de cuarenta obras teatrales; creó en 1949 el Nuevo Teatro, uno de los pilares de la dramaturgia independiente en la Argentina; abrió varias salas que la censura y las crisis económicas se encargaron de cerrar; piensa estrenar El sitio de Leningrado a principios de 2001, con la dirección de Agustín Alezzo, la actuación de María Rosa Gallo y la posible producción de Palito Ortega; fue una de las impulsoras del Movimiento de Apoyo al Teatro (MATE) y es una de las más importantes maestras de actores del país.
Quizá sea por todo esto que en 1995 fue nombrada Ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, y que hace pocos meses la Cámara de Diputados les entregó el premio a los Mayores Ilustres. Ahora la señora Alejandra, sospechosamente, es de bronce. Y nunca se sabe si eso es bueno.
-Agradezco el premio, pero quisiera que eso se tradujera en cosas concretas. Estamos luchando para conseguir que el Estado proteja a los teatros independientes, aceptando que son el vivero de la cultura del futuro. Si uno cree en el futuro tiene que creer en los jóvenes, y los jóvenes deben tener lugares donde realizar sus experiencias. Todos los talentos que se lucirán en el teatro nacen en este tipo de espacios. Y todos los famosos que esta gente aplaude alguna vez comenzaron en alguna de estas salas. El Instituto del Teatro, que fue aprobado por aclamación en el Congreso, tiene una ley de presupuesto para financiar las salas independientes, pero Economía no pasa los fondos que corresponden por ley. Todas las buenas intenciones culturales terminan en la puerta del ministerio. Nunca hay presupuesto para estas cosas, porque siempre están demasiado ocupados en sus propagandas.
Se queja a dos manos y los dedos flacos se estiran como erizos. Los dedos declaman y un temblor finito los marea. No es la abuelita de sonrisa de plush y té con vainillas. No es la pobre vieja castigada por hambrunas, despojos y recuerdos ocres. No es la señora de plástico peleada con los años y la muerte. Alejandra es tranquila y a la vez febril. Tiene esa forma de la intransigencia que llega sólo con los años: poco sofocada, pero implacable. Cuando en 1995 le ofrecieron la dirección del Teatro Cervantes, por ejemplo, ella propuso aceptar sólo si se organizaba un equipo interdisciplinario, pero la idea no agradó a las autoridades. Cuando en los medios se habla del repunte del teatro comercial, ella sigue remando con Andamio 90, un espacio independiente donde se dan clases de actuación y se representan obras.
A dos cuadras de su sala, en Paraná al 600, las marquesinas brillan con un candor acrílico y goloso. Corrientes se huele y se oye. Y, sin embargo, Alejandra prefiere hacerse a un lado; habitar su Andamio con la fuerza monacal con que un monje se ensaña en su celda. Sólo en esta casona vieja y hermosa, donde las marquesinas titilan con menos furia, ella se siente completa.
-Hace cuatro años que no me tomo vacaciones, porque uno no puede aflojar. La situación está muy difícil. Si bien Andamio ya tiene su público, el problema es el país: no sabés qué va a pasar dentro de cinco minutos, y tenés que estar presente y atenta para improvisar y resolver cualquier problema. Yo estoy internada acá. Margarita Xirgu decía: "sólo con el certificado de defunción se puede faltar".
-¿No es demasiado?
-Lógicamente, ya no tengo la fuerza de los 30 años. Pero tampoco estoy hecha para quedarme en mi casa a tejer o mirar televisión. Además, cuando tenés clara tu vocación, y yo la tuve muy tempranamente, estas cosas te gratifican.
La vocación fue llegando en cuotas, solapada, mezclada entre arrullos, mamaderas y una nana silenciosa. Alejandra nació frente al Teatro Avenida, en un departamento de Avenida de Mayo, porque en esa época se paría en la propia cama, sin incubadoras ni maternidades ni ecografías ni nada.
-Mi madre era ama de casa, pero todos los días cruzaba la vereda y se iba a alguna función. La primera vez que fui al teatro tenía pocos meses. Mi mamá se sentaba en las primeras filas y a mí, con mi niñera, me mandaba a las filas de atrás para que no estuviera contaminada por las luces. Mi familia era amante de la cultura. Mi padre era profesor de literatura y psicología, de manera que el trato con la cultura se dio, prácticamente, desde que nací.
Desde la cuna, Alejandra se dejó arrullar por la Cultura, una suerte de tía solemne que, solemnemente, le borró la infancia de un plumazo. La Cultura siempre estaba en casa, enseñándole a volar con alas generosas. Pero sin cruzar la puerta de entrada. Alejandra recuerda que la niñez fue linda, pero no tanto.
- Mis padres me hacían estudiar de todo desde los 4 años, era una nena mimada. Hacía danzas (a los 6 bailaba en el Colón), literatura, idiomas, música. Me regalaban un piano de cola y tenía que estudiar seis horas de piano por día.
La adolescencia fue muy parecida a la soledad.
-Estaba atiborrada de obligaciones, aprendizajes... casi no salía a jugar al barrio. Era hija única, y mis padres no me dejaban comunicarme con cualquiera. Estaba aislada. Yo me perdí muchas cosas. Tuve una adolescencia demasiado seria, estudiaba demasiadas horas por día, pero si encontrás tu vocación... Por eso, cuando descubrí el teatro, y la palabra y los compañeros, me di cuenta de que era lo que siempre había buscado.
Se casó a los 17 para tener vida propia. Sostiene Alejandra que en esos tiempos (cercanos a 1940) las mujeres contraían matrimonio para sacarse a los padres de encima. "El mandato familiar era que las hijas se casaran y el marido se encargara de ellas. Y a mí eso me rebelaba. Mi madre no, pero mi padre era muy autoritario; en los años 40 y 50 a la gente se la acusaba de sospechosa por cualquier cosa, y había muchos puntos con los que yo no estaba de acuerdo, y no era una vida tranquila la mía. Entonces me casé para cumplir con el rito y después poder ser libre", dice la señora que parió antes de los 20 y, con el hijo apretadito en el zobaco, caminó hasta chocarse con lo que buscaba. Se llamaba La Máscara y era un grupo de teatro enfrascado en un depósito municipal. Alejandra los vio en una tarde de sol y paseos con el niño a cuestas, y todos los paseos posteriores, todos los días siguientes, consistieron en la repetición de esa primera visita.
-Empecé a ir todos los días y a conocer un mundo cultural fascinante. El público de esa época eran autodidactos, anarquistas, estudiantes. Sabía danza y di las primeras clases de movimiento en el teatro independiente, sabía canto y enseñé a vocalizar... Todas las cosas que tenía reservadas para mí las enseñé a los que estaban ahí. La Máscara me marcó: me acuerdo que nos preparábamos para estrenar Volpone, de Ben Johnson, pero el día del estreno se incendió la sala. Y sin embargo, después de llorar un rato, todos nos arremangamos y lo volvimos a construir.
En 1949, junto a su segundo marido, Pedro Asquini, fundó el Nuevo Teatro, uno de los pilares de la dramaturgia independiente. Por allí pasaron, entre otros, Carlos Gandolfo, Héctor Alterio, Agustín Alezzo, Onofre Lovero y Enrique Pinti. Por allí pasó también el dinero: este emprendimiento, que duró veinte años, dio éxito y plata. Sin embargo, nadie se acostó en colchones de abundancia: el Nuevo Teatro era una cooperativa de veintiuna personas convencidas de que el dinero, como los fanzines, no estaba hecho para apretarse en los bolsillos. Debía circular. Cada billete fue reinvertido en nuevos proyectos, y fue así como se construyeron las salas Planeta (actual cine Lorange) y Apolo.
-El dinero estancado que goza el dueño del dinero sólo para sus desvalidos hedonistas, no me interesa. Me interesa el dinero que produce un resultado, que sirve para hacer cosas.
-¿Nunca se dio un gusto superfluo?
-Nunca fui demasiado tentada por nada. Tuve una educación muy seria y severa, y aunque en mi casa no faltaba nada tampoco se caía en un despilfarro ni en el exhibicionismo. Si tenés dinero hacé algo con él, no lo guardes en el banco o el colchón. Hacelo correr. Pasamos por este mundo una sola vez, no volvemos nunca más, así que hay que justificar el proceso de vida. Vinimos para hacer algo para nosotros y para los demás.
-Es un concepto casi monacal.
-Puede ser medio místico, pero yo soy mística. Soy fiel a una sola cosa y la continúo. No me avergüenzo, creo que un poco de valores místicos hacen falta en un mundo tan pesado, realista y concreto como éste.
Idea que con pertinaz insistencia asalta la mente. Dicen los diccionarios que ésa es la obsesión: un rayo rajando el pensamiento, una y otra vez, cayendo como una gota de fuego impertinente y mecánica. Eso le pasa a Alejandra Boero: que se obsesiona.
-Ahora el mantenimiento de Andamio es muy difícil. Con el estudio mantenemos el teatro, pero en momentos como éste a veces uno no sabe si va a seguir existiendo o no. Si querés vivir en la legalidad tenés que pagar tus impuestos, luz, gas, sueldos en blanco... Si cumplís con la ley es muy caro, por eso tanta gente la transgrede. Si uno quiere vivir en la legalidad, para tener el derecho a protestar y a pedir, es muy difícil.
-La tentaron varias veces con dirigir instituciones más comerciales. ¿Por qué nunca aceptó?
-No tengo prejuicios: se puede hacer algo bien en cualquier lado. Si lo que me ofrecen coincide con lo que mi conciencia me indica, no tengo prejuicio. Lo que no puedo es traicionarme a mí misma. Ya no me sale. Soy demasiado vieja para eso. Soy demasiado vieja para mentir. Se miente cuando se es más joven. Cuando pasan los años, la gente se pone cada vez más veraz porque tiene menos que perder.
-Pero usted trabaja como si fuera a vivir quinientos años.
-No es mi expectativa -se ríe y nace una fila de dientes perfec-tos-. No tengo ganas de vivir tanto, pero si hay algo en lo que no pienso es en la muerte. Cuando venga, bienvenida sea: le habrá llegado la hora. Pero mientras las fuerzas me den. y la cabeza esté lúcida y pueda trabajar bien en las causas que yo elegí, ahí estaré.
Alguien entra en la habitación con un té con leche. Alejandra se levanta, va hacia su cartera, mete la mano y busca. Se la ve elegante y sutilmente coqueta, envuelta en un saquito bermellón que combina con todas las alfombras del Andamio, y también con sus labios. Tiene el pelo de un ceniza apenas rubio, mezcla de oro y tiza; una nariz diminuta y la cara cosida por algunas arrugas compasivas.
-Es la hora de mi remedio -dice, mofándose sólo con los ojos, con los párpados lamidos por hilitos de tinta oscura-. Con la edad que yo tengo, querida, alguna cosa tengo que tener. Me cuido y obedezco al médico tal cual me dijo. Tengo una cosa que se llama hipertensión pulmonar. Je. Me la encontraron a mí. Nadie sabe lo que es, pero me tocó. Respiro mal, y para mí la respiración es parte del trabajo.
-¿Y no le haría bien descansar más?
-Si te dedicás a tu vocación intensamente hay muchas cosas que no podés hacer. Descansar, por ejemplo. O la familia: atendí a mi familia lo mejor que pude, pero no pude tener más de un hijo. A mí me hubiera gustado poder tener muchos. También sabés que tenés que vivir con el cinturón muy apretado porque no te queda un peso para gastar en una diversión, una farrita, nada.
-¿No sale a comer de vez en cuando?
-El teatro se come todo.
Sentencia Alejandra y apura el té con tragos largos, sin respiro, empujada por la mano hirviente de su propia disciplina.





