Algunas reflexiones sobre la sologamia

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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20 de abril de 2019  • 00:28

Hasta las pavadas tienen un sentido y permiten vislumbrar algunas cosas serias. Tal es el caso de la sologamia, esa novedad que nos llega a través de los diarios y noticieros, la que, por lo que cuentan, indica la acción de "casarse con uno mismo", con anillo, fiesta, testigos y toda la parafernalia propia de cualquier boda. Sí, no hace falta que lo diga, hay temas más serios y ajenos a las excentricidades de quienes no parecen tener demasiado tiempo ocupado. Pero, como decíamos al inicio, nada es intrínsecamente banal si lo miramos con ánimo de entender, y esta llamada sologamia vale el intento.

Así como el llamado poliamor fue una idea generada de apuro para disfrazar con glamour insostenible el penar por los famosos "cuernos", algo parecido podríamos decir sobre esta noticia (no nos animamos de llamarla "tendencia"), ya que inferimos que podría perfectamente tratarse de una manera de encubrir una claudicación o, también (como cara de una misma moneda), una reivindicación narcisista del estilo "el buey solo bien se lame".

Más que soledad, hoy en día abunda la desolación. El desierto de los egos tabicados, blindados aunque se disfracen de apertura, habla de una idea de "yo" que en sí misma contiene el germen de su esterilidad. El yo se construye a partir de los otros, con los otros, y no a pesar o contra los otros. "Contengo multitudes", decía Withman, y así graficaba cómo la alteridad es inherente a eso que llamamos "yo", por lo que no hace falta refugiarse en el ego para ser.

De hecho, así como no podemos saber cómo es nuestro propio rostro sin ayuda externa, tampoco accedemos a nuestro interior sin otro que nos ayude de alguna manera. No somos dioses que dicen "soy el que soy" y allí se quedan, campantes, sino que somos seres de relación que, desde el amor por lo que somos, abrimos los brazos para generar redes vitales y fecundas.

"Para llegar a ser, he de ser otro/ Salir de mí, perderme entre los otros/ Los otros que no son si yo no existo/ Los otros que me dan plena existencia". La poesía de Octavio Paz viene al rescate, al menos, en términos de noción acerca de cómo se construye ese "yo" que, en la sologamia, así como en otras reivindicaciones narcisistas, aparece ensalzado y se percibe como un fin en sí mismo y no como un yo de relación. Como flores en el florero, pueden ser bellísimas, pero su destino es acotado y estéril por aquello de que se requiere un vínculo con la tierra para perdurar.

La soledad es un estado maravilloso cuando es vivida por quien sabe que es una opción real y no una maldición que lo condena. La desolación, en cambio, es el encontrar que los caminos hacia el otro, y hacia uno mismo, están cortados, o forman un laberinto indescifrable que lo hace imposible. Ser soltero está muy bueno (como todo, cuando se lo vive bien), por lo que, en todo caso, no hace falta ocultar dicha condición con una ceremonia rara, de esas que dan para ser noticia en los diarios.

Lo que sí es dable señalar es el afán "legalista" de aquellos que han apelado al "automatrimonio" para reivindicar el amor a sí mismos. No hacía falta, en ese sentido, ponerse en gastos. Con hacer una buena fiesta de cumpleaños era suficiente. De hecho, con la sologamia nacen otros problemas impensados. ¿Sería infidelidad tener relaciones con otras personas y no solamente apelar a las onanísticas? O será acaso, otra versión del poliamor.

Pero en fin. No nos dejemos llevar por disquisiciones que nos desvíen del interés que nos mueve, que es el de señalar que no hay como el amor a uno mismo, sobre todo, porque no hay amor a uno mismo sin amor al otro. y viceversa.

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