
Amor al humo
Un escritor cuenta la historia del tabaco como una tragedia de inicios felices y un final oscuro
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Por cierto, el mundo no conoce otro producto más dócil y aplicable que el tabaco. Desde que se cultivó por primera vez en los Andes entre los años 5000 y 3000 a.C., la Nicotiana tabacum ha sido empleada para comunicarse con los dioses y aliviar el hambre, y ha sido remedio para el mal aliento, la sífilis, el cáncer y la peste. Las culturas han encendido la pipa para descansar y para permanecer alerta, para declarar la guerra y para celebrar la paz.
Sus consumidores lo han fumado, aspirado, bebido, mascado, lamido. Han echado su humo sobre los campos para alejar las plagas, y sobre las novias para aumentar su fertilidad. Y aun a pesar de las evidencias médicas y de las campañas antitabaco, el consumo del tabaco se ha difundido entre más de 1000 millones de personas en todo el mundo.
En un libro reciente, Tobacco: The Story of How Tobacco Seduced the World (Grove Press, New York), Iain Gately, novelista y fumador, documenta la enorme variedad de recursos que los humanos de todas las clases sociales, religiones, razas y continentes han puesto en juego para conseguir la planta letal. Hasta las sociedades de cazadores y recolectores interrumpieron sus andanzas para cultivar tabaco. Reuniendo pruebas antes más bien dispersas, Gately afirma que el tabaco fue el motor que impulsó el tráfico de esclavos del Atlántico, la revolución norteamericana y la apertura del comercio internacional.
A diferencia de otros libros recientes acerca del tabaco, Gately se dedica, mayoritariamente, a la época anterior a Joe Camel. Rápidamente, la planta se extendió de los Andes a toda América. Los nativos de las Bahamas recibieron a Cristóbal Colón con un presente de hojas secas, que el descubridor desechó rápidamente. Otros exploradores y conquistadores europeos de los siglos XVI y XVII se interesaron más en la planta, y llevaron el tabaco de mascar y de fumar primero a Europa, luego a Asia, Africa, Medio Oriente y Australia.
La historia cobra velocidad y cuerpo cuando entra en ella el dinero. Los comerciantes holandeses usaban tabaco para comprar africanos, que vendían luego a las plantaciones tabacaleras de Virginia en 1619, y que fueron los primeros esclavos norteamericanos. En el siglo siguiente, los colonos se rebelaron contra la corona, según Gately, a causa de las deudas a las que los agricultores de tabaco estaban condenados por las leyes británicas de transporte marítimo. Los colonos, a su vez, financiaron la revolución con tabaco. La planta tenía sus desventajas, ¿pero qué potencia podía rechazar los ingresos que producía? “La prohibiría de inmediato –aseguró Luis Napoleón III en la década de 1840– si alguien puede nombrarme alguna virtud que produzca igual cantidad de dinero.” Pero fue la tecnología –y los enormes beneficios que produjo– la que transformó lo que era un entusiasmo incontrolable en un moderno asesino. Un tabacalero de Virginia llamado James Duke inició la producción masiva de cigarrillos a fines de la década de 1880, convirtiéndolos así en la forma del tabaco más barata, accesible y de fácil distribución. Como el humo del cigarrillo, a diferencia del humo de pipa, se inhala hasta los pulmones, Duke también estimuló la incidencia del cáncer de pulmón.
De todos modos, el autor consigue encantar al lector manipulando una historia con final infeliz y destacando los felices comienzos. Marx, Freud y Einstein hallaban claridad en el humo; Baudelaire, Wilde y Byron cantaron sus indecibles placeres. En la tragedia del tabaco hay, en realidad, una antiquísima historia de amor.
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