
Amor en su justa medida
Por Eduardo Tarnassi Para LA NACION
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Si bien en alguna oportunidad nos habremos de ocupar del perro en las Sagradas Escrituras digamos que la Biblia (Mateo, 15) cuenta que Jesús, mientras caminaba con sus discípulos, fue abordado por una cananea que le pedía por la sanación de su hija.
La mujer se postró ante el Redentor y exclamó: "¡Tú puedes curarla, Señor!", a lo que el Salvador le contestó: "No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros".
La mujer, asombrada, le respondió: "Es cierto, mi Señor, pero también los perros comen las migajas que caen de sus amos". Entonces Jesús, en premio a la fe de la cananea, curó a su hija.
Esta parábola es una de las contadas menciones no despectivas que del perro se hacen en la Santa Biblia. Pero no es el propósito de esta nota abordar el tema del perro en las religiones, sino hacer un análisis del contenido del texto transcripto a partir de la realidad que nos rodea.
Hay mucha gente que, al hacer un culto del perro, no lo valora en su debida dimensión.
Están los que olvidan su condición de animal y lo tratan como si fuese humano.
Hay otros que, por el contrario, exacerban sus dotes más primitivas, incentivan su agresividad y lo emplean como un complemento de su propia falta de carácter.
No son pocos los que lo cuidan más que a sí mismos, lo alimentan hasta el hartazgo con los mejores manjares, o le procuran atenciones que en sí mismas son un insulto para muchos seres humanos con graves padecimientos. Hasta existen los que lo ridiculizan inventándole indumentarias, calzados y muchas otras cosas innecesarias para su felicidad.
No se trata aquí de discernir qué factores psicológicos, sociológicos y culturales son aquellos que han convertido al perro, en muchos casos, en verdadero sucedáneo del hombre.
Es importante, en cambio, señalar cuál es su verdadero lugar junto a nosotros. Si la fidelidad, la lealtad y la nobleza son las virtudes que los humanos exaltamos del perro, debe saberse que ésas son el resultado del amor y el respeto que él siente por su amo.
Para que esta antigua y apacible asociación continúe dando sus frutos, el perro debe seguir siendo perro. De allí que "no está bien tomar el pan de los hijos para dárselo a los perros". Como no es menos certera la respuesta de la mujer: "Cierto, Señor, pero también los perros comen las migajas que caen de sus amos", con la que expresa lo que da sentido a ese vínculo afectivo.
En síntesis, cabe deducir que el mejor fruto de tal relación incomparable se obtiene a través del justo equilibrio tan difícil de alcanzar.
Si se cumpliera este principio, no habría más perros abandonados ni amos que perjudiquen a sus mascotas con zalamerías que nada tienen que ver con el carácter canino.
Por ese camino, además, se acabarían las vejaciones innecesarias, las negligencias y las ingratitudes humanas no sólo destinadas a los perros, sino también las que a veces afectan a los de nuestro mismo género.
En consecuencia, aprendamos a querer a nuestro amigo a partir del amor y el respeto a nuestros semejantes.






