Antes que Groenlandia. Cómo Estados Unidos extendió sus fronteras comprando tierras a franceses, españoles, rusos y mexicanos
Estados Unidos realizó grandes desembolsos para adquirir la Florida, Luisiana, Texas y Alaska, entre otros territorios
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El interés del presidente Donald Trump en comprar Groenlandia no es una novedad. Y aunque parece una idea descomunal, lo cierto es que Estados Unidos adquirió gran parte de su territorio actual, por lo menos el 40%, comprándolo a otros países. Una expansión casi imperial que implicó desembolsos y tratados bilaterales en, por lo menos, cinco ocasiones durante el siglo XIX y el XX.
Las primeras tierras que consiguieron a través de una operación comercial fue Luisiana, y aunque siguieron haciendo compras muy importantes, esta en particular implicó que la geografía del país creciera exponencialmente.

Un buen negocio
En 1803 Estados Unidos hizo el mejor negocio de su historia: mandó un emisario al reino de Francia para comprar una ciudad y, por unos dólares más, terminó adquiriendo un territorio que representa casi el 25 por ciento de su superficie actual.
La historia de la compra de Luisana es compleja. Francia había ocupado el territorio en 1682. Ellos fueron quienes le dieron su nombre, en honor al monarca Luis XIV. Pero casi un siglo después, en 1762, en el contexto de la Guerra de los Siete Años, los franceses cedieron Luisana a su mayor aliado, el Imperio Español.
Pero el control español duró poco. En 1799 Napoleón Bonaparte tomó el control de Francia con la intención de revivir el imperio y recuperar lo que su país había perdido en el “nuevo mundo”. Y lo consiguió rápido: en 1800, España devolvió la tierra sin chistar.

En el portal web de la Oficina de Historia de Estados Unidos cuentan que, en ese entonces, el presidente Thomas Jefferson expresó: “Hay un solo punto en el globo cuyo dueño es nuestro enemigo natural: Nueva Orleans”. Francia era una potencia más fuerte que España y podía alterar la economía estadounidense.

La figura central del gran negocio de los Estados Unidos fue James Monroe, amigo del presidente Jefferson, quien fue enviado a Francia para negociar la compra de Nueva Orleans. Era una misión compleja, pero dos factores jugaban a su favor. Por un lado, el ejército francés que se asentaba en Santo Domingo, actual Haití, otra de sus colonias, se estaba diezmando por la fiebre amarilla, lo que se sumaba a las rebeliones de esclavos en la isla. Pero también por aquél entonces crecía la tensión entre Francia e Inglaterra, y la guerra parecía inminente.

Monroe viajó con una propuesta concreta: comprar Nueva Orleans por 10 millones de dólares. Si eso fallaba, intentaría una alianza con Inglaterra. Pero el ministro de finanzas de Francia siempre había dudado del valor de Luisiana. Y sabía que el terreno iba a ser aun menos valioso si perdían Santo Domingo. Además, si entraban en guerra con Gran Bretaña, los ingleses seguramente intentarían tomar Luisana por la fuerza, entrando desde Canadá. ¿Por qué, entonces, no abandonar la idea de un imperio en América?
Napoleón lo escuchó. Aceptó la venta y Estados Unidos terminó consiguiendo todo Luisiana en 1803 por 15 millones de dólares (que, según el sitio web Official Data, hoy equivaldrían a casi 430 millones).
Si bien la acción excedía las facultades constitucionales de un presidente, el Senado ratificó la compra del territorio y, en 1804, Estados Unidos tomó posesión efectiva de Luisana.
El fin del dominio español
La incorporación de la Florida, que pertenecía a España, no fue una compra clásica, con desembolso y firma, pero sí un arreglo financiero y diplomático que terminó con más de 300 años de presencia española en América del Norte y consolidó la expansión estadounidense hacia el sur. El proceso se formalizó con el Tratado Adams-Onís, firmado en 1819 y ratificado dos años después.

A comienzos del siglo XIX, Florida era para España un territorio costoso, inestable y difícil de controlar. Se había convertido en refugio para esclavos fugitivos, pueblos indígenas como los seminolas y grupos rebeldes. El control de España se volvía cada vez más débil, y Estados Unidos lo aprovechaba.
Entre 1808 y 1814, gran parte de España estuvo ocupada por Francia, bajo el control de Napoleón. Y todo el esfuerzo español se concentró en su propia Guerra de la Independencia.
Ya desde 1812 las tropas estadounidenses empezaron a entrar en Florida con distintos pretextos. Mientras España intentaba liberarse de los franceses y trataba de sostener su imperio colonial en Latinoamérica.
En este contexto, Estados Unidos llevó “una oferta imposible de rechazar”. Y los españoles, que no podían sumar un nuevo frente de combate, eligieron el camino de la diplomacia.
En 1819, los dos países firmaron el Tratado de Adams-Onís por medio del cual España cedió el territorio a cambio de una compensación de cinco millones de pesos fuertes. Pero Estados Unidos jamás entregó el dinero en efectivo, si no que lo utilizó para cubrir reclamos de ciudadanos estadounidenses contra el gobierno español.
El acuerdo se ratificó en 1821, año en que se concretó la entrega formal de la Florida.
Texas y la cesión mexicana
Texas, como Florida, fue parte de España hasta 1821, cuando México logró su independencia. Era un territorio extensísimo, poco poblado, que exacerbaba el ansia expansionista de su vecino del norte, los Estados Unidos. Paradójicamente, para mejorar la defensa de la región, los mexicanos aceptaron la llegada de colonos estadounidenses, que recibían una parcela de tierra tras jurar lealtad a México, aprender español y convertirse al catolicismo. Pero muchas veces las autoridades hacían la vista gorda.

BBC explica en una nota: “Por cada mexicano que residía en ese territorio, había unos 10 colonos de origen estadounidense”.
La conquista norteamericana de Texas no empezó con una ocupación a la fuerza ni con un enfrentamiento, sino con las puertas abiertas. “Los colonos estadounidenses se habían establecido en esas tierras con la venia del gobierno de México que, además, los atrajo deliberadamente hasta ahí usando como incentivo una generosa política de entrega de tierras”, continúa el texto.

La mayoría llegaba con sus esclavos, querían replicar la economía de su país, próspera en la cosecha de algodón. Pero México era predominantemente antiesclavista, lo que generaba preocupación entre esas numerosas familias colonas, que para 1830 superaban con creces a los propios mexicanos. Las medidas mexicanas empezaron a generar protestas, levantamientos.
Las tensiones se profundizaron cuando el presidente Antonio López de Santa Anna avanzó hacia un modelo de gobierno más centralista, reduciendo la autonomía de las provincias. En Texas, muchos colonos interpretaron esas medidas como una amenaza directa a sus intereses.

En 1835 estalló la Revolución de Texas. Durante casi siete meses, hasta abril de 1836, se enfrentaron las tropas. Las texanas vencieron en la Batalla de San Jacinto y lograron la firma de su independencia.
A partir de entonces y hasta 1845 existió la República de Texas, un país independiente. Pero como era económicamente débil, algunos texanos consideraron convertirse en un anexo de los Estados Unidos, lo que se aprobó tras casi 10 años de independencia, durante el gobierno de James K. Polk.

Esto derivó en una guerra que duró dos años, entre 1846 y 1848. Según la revista londinense History Today, esa escalada se dio porque, además de la anexión, pretendían comprar California, pero México se había negado. Los estadounidenses salieron victoriosos, pero según la misma revista “la legislatura de Massachusetts la consideró ‘una guerra de conquista’ y ‘un crimen’”.
En 1848 firmaron el Tratado de Guadalupe Hidalgo mediante el cual México reconocía la anexión de Texas a Estados Unidos y, además, le cedía otra parte que incluía California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México y Colorado. Más de la mitad de lo que entonces era su territorio.
Parte del acuerdo incluyó el pago de 15 millones de dólares de esa época, cerca de 600 millones hoy.
Un negocio histórico
Cuando Estados Unidos compró Alaska, en 1867, muchos lo consideraron un disparate. Los críticos la llamaron “la locura de Seward”, por el Secretario de Estado William Seward, quien había promovido la transacción. No veían la ventaja estratégica de añadir un territorio congelado de más del doble del tamaño de Francia. Como cuenta BBC, era “una inmensidad desolada que no parecía tener mayor utilidad económica”.

El territorio pertenecía a Rusia desde el XVIII, cuando los exploradores llegaron a Norteamérica a través del estrecho de Bering. A fines de ese siglo comercializaban con pieles, pero no les era tan rentable y, además, había tensiones con otros comerciantes británicos y estadounidenses. Tampoco lograron establecer una gran población, por lo que no tenían una defensa geográfica sólida.

A esto se le sumaban otros factores: “Cuando Rusia empezó a luchar contra Gran Bretaña, Francia y el Imperio otomano en Crimea en 1853, a los funcionarios rusos les preocupaba que las fuerzas británicas pudieran invadir el Lejano Oriente ruso a través de Norteamérica”, remarca The New York Times.
“También se preguntaban si la ‘América rusa’ sobreviviría al expansionismo estadounidense. [...] Se hablaba del ‘destino manifiesto’, la idea de que Estados Unidos estaba destinado a expandirse por Norteamérica”, continúa

Tomando todo esto en cuenta, los funcionarios rusos instaron al imperio a deshacerse de Alaska. La venta fue impulsada por el propio zar Alejandro II y aprobada en el congreso norteamericano en 1867 por 37 votos a favor y dos en contra. Los Estados Unidos pagaron 7,2 millones de dólares por Alaska-
Al final, resultó que esas tierras estaban llenas de recursos naturales, como oro, madera y petróleo. Un negocio redondo para Estados Unidos que, después de años de mantenerlo como un territorio organizado lo declaró un estado más, el 3 de enero de 1959.
Otros terrenos
Aunque no son un estado, resulta clave destacar hoy que Estados Unidos ya le compró terrenos a Dinamarca en otra oportunidad: las Islas Vírgenes, un archipiélago en el mar Caribe, ubicadas al este de la isla de Puerto Rico.

Saint Thomas, Saint John y Saint Croix habían estado bajo dominio danés desde el siglo XVII. Se sostenía especialmente con las plantaciones azucareras que dependían del trabajo esclavo hasta mediados del siglo XIX, pero sufrió un declive con la caída de los precios y la abolición de la esclavitud. A Dinamarca le era cada vez más costoso mantenerlas, y Estados Unidos empezó a verlas más como un activo valioso con una ubicación estratégica frente a la futura ruta del canal de Panamá.

Washington le ofreció a Dinamarca comprarlas por 7,5 millones de dólares en oro. “Pero la naturaleza intervino: cuando estaban preparando un referéndum para lograr la aprobación de los habitantes, las islas sufrieron el azote de un huracán, un terremoto, un tsunami y un incendio. [...] aquel tratado murió en un cajón del Senado”, cuenta El Economista de España.
En 1898 lo volvieron a intentar. Estados Unidos ofreció 5 millones de dólares y la autorización expresa del Congreso. Pero Dinamarca no aceptó. Hasta que en 1916, ya construido el canal de Panamá, llegaron a un acuerdo por 25 millones de dólares en oro, que por al valor de hoy representarían alrededor de 5727 millones.
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