
Antonella Costa La nena
Hizo el papel protagónico en la multipremiada película Garaje Olimpo. Su aspecto frágil poco tiene que ver con su carácter decidido. A los 19 años, rechazó la conducción de un programa en el cable para dedicarse, una vez más, al cine
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" Me enteré del casting por un aviso de la Asociación de Actores. Pedían chicas de 18 años, actrices, italianas, y yo dije: ¿cuántas puede haber...? Bueno, había 400." Se ríe tímida y dulce, Antonella. Se ríe y si los labios jamás besados tuvieran una forma, sería ésta: de aspecto pálido y suave, levemente mullidos. Se ríe y la piel de loza apenas se pliega en las esquinas de los ojos. Poco tiene que ver ella con su personaje en Garaje Olimpo: una chica molida a choques eléctricos, blanca de muerte y de sed, con el cuerpo desgarrado y frágil como leña. Y sin embargo, Antonella supo calzarse el sayo del horror y protagonizar una película que, si bien no deja de ganar premios, pasó injustamente inadvertida para el público local.
"Salvo que se trate de películas taquilleras y pensadas para eso, no se da mucha bola al cine argentino. Hay películas extranjeras que con sólo tener un actor, un director o un guionista conocidos atraen a la gente, aunque la crítica diga que son malas. En cambio, con una argentina es al revés: la gente dice: Mmm... primero que me convenzan." Garaje Olimpo sedujo a muchos jurados, y a esta altura lleva coleccionadas medallas de varios festivales. Uno de los últimos galardones fue todito para Antonella: el de mejor actriz en el Festival de Cine de Pergamino. "En la terna estaba Soledad Villamil. Para mí fue como... Fue todo muy rápido: yo venía de viaje, me dijeron lo del festival y fui directamente, ni pregunté quiénes estaban. Tenía otra nominación, como revelación, con la que sentía que tenía más posibilidades. Lo otro ni se me cruzaba, y tal vez sea por eso que no presté demasiada atención a la terna. Y cuando llegué y pasaron en la pantalla la cara de Soledad me paralicé. No me acuerdo de nada más."
Rara mezcla de voz grave y fervor adolescente, el asombro no le entra en la cabeza y parece salírsele por los ojos. Antonella y sus cándidos 19 años corren a mil kilómetros por hora. Nació en Roma, en una islita llamada Teverina, con espacio apenas para un hospital, una pizzería y un par de bebes. A los cuatro, llegó a Buenos Aires y se mudó más veces que un vagón de circo. En el medio, quién sabe por qué, cómo, dónde o cuándo, le nació eso de ser actriz.
Tenía once cuando se presentó con una obra en el Teatro San Martín, y al año siguiente empezó a estudiar actuación. Desde entonces, jura que hizo de todo: cortometrajes, obras de teatro, siete meses en Grande Pa, propagandas de chicles, desodorantes y toallitas femeninas y bolos en la mitad de las comedias argentinas. "Mi única premisa era no faltar al colegio por trabajo. Estuve a punto de firmar un contrato para Canal 13 y cuando se enteraron de que tenía dieciséis años me dijeron que iba a tener que dejar el colegio, y dije que no." Estrella de lujo entre tanto varón, Antonella hizo el secundario en el Sarmiento: un colegio que hacía poco tiempo se había abierto al alumnado femenino, y que en algunos años la tuvo como única alumna de la clase. Egresó dispuesta a tragarse el universo. "Me dije: el año que viene consigo trabajo y al otro año me voy a Europa. Bueh: empecé a buscar y no conseguía nada. ¿Entendés lo que es nada? Bueno, eso: na-da. Buscaba publicidad, lo que fuera, nada. Busqué trabajo que no fuera como actriz, nada. Me anoté en agencias de promociones, me hice currículum falsos con da- tos de amigos de mi vieja que juraban que yo laburaba como nadie, nada... ¿Viste cuando tenés ocho meses de mala suerte? Llegó un punto en el que no tenía plata. No es que mis viejos no me dieran, son divinos, pero yo quería conseguir mis cosas. Entonces me pasaba que tenía que llevar un currículum, pero hacía las cuentas y si sacaba las fotocopias no me quedaba plata para el bondi." Hasta que un buen día todo el mundo se volvió maravilloso. El hechizo cayó y Antonella consiguió la venia de los dioses: extra en publicidad. "Es lo menos a lo que podés aspirar, pero yo sentía que empezaba una buena racha. Después pasé a secundario en publicidad, protagónico en publicidad, y finalmente Garaje Olimpo." -Cuesta pensar en un rodaje distendido.
-Y... no fue un rodaje feliz. Aunque sí muy interesante. Trabajamos con mucho esfuerzo, buscando testimonios y asesoramiento de gente que había estado detenida, madres de desaparecidos y chicos de la organización HIJOS. Ellos estaban durante la filmación. De todos modos, por momentos tuve algunos encuentros con Marco (Bechis, el director). Él me decía: "¿Cómo puede ser que hay veces en las que terminás de filmar y desaparecés, y no te encontramos por ningún lado? En los almuerzos no te podemos levantar ni con grúa, te quedás conversando..." Lo decía muy asombrado, porque pretendía que estuviera todo el día en mi celda pensando en lo que tenía que hacer.
Un rectángulo de dos por dos, con paredes pringosas de mugre y humedad. La celda era eso, y una cucheta flaca, y una luz oscura. La celda dolía de tan despojada, triste y repugnante. "En un momento pasó a ser mi camarín. Fue una decisión mía, porque yo estaba ahí todo el día: descansaba, dormía... Creo que esa reacción de distensión que me reprochaba Marco era porque me daba un poco de vergüenza sufrir. Me parece que los divismos del tipo me siento angustiada, no puedo hacer la próxima escena son una falta de respeto, porque había gente que la había pasado realmente mal. Yo, de última, había firmado un contrato y quería hacer mi película lo mejor posible." Y así salió. La crítica local se deshizo en elogios que, sin embargo, no fueron suficientes. Garaje Olimpo estuvo en los grandes cines sólo una semana. Y después, la lucha. No había agente de prensa, Bechis estaba en Italia y era necesario golpear puertas, hacer notas, contar al público que la película seguía viviendo, aunque en salas más chicas.
Entonces llegó ese jueves, 8 de la mañana, cuando Antonella se despertó inusualmente temprano. Eléctrica, encendió la radio y ahí se acordó: Guillermo Hernández, crítico de cine de la Rock & Pop, haría su columna semanal a partir de las 9. "Ya nos habían invitado a El Acomodador antes del estreno, y yo sabía que les había gustado -dice, y sorbe una cerveza con moditos de gorrión-. Entonces pensé: voy a ir. Agarré mi carpetita de Garaje... yo sola, me puse el walkman y salí, rogando que Guillermo no se fuera antes de que yo llegara. Estaba desesperada, pensando que en la Rock & Pop no me iban a de-jar entrar. Yo soy pura oyente, jamás fui a manguear nada, no sé cómo funciona, pensaba. Y mientras iba en el colectivo escuché que estaban repartiendo entradas para no sé qué película. La única condición para poder entrar en el estudio y retirarlas era ir vestida como chica a-go-gó. Ahí me miro y tenía pantalones acampanados, el pelo con las puntitas hacia afuera... Y me dije: si no entro por Garaje... entro como chica a-go-gó".
No hizo falta. Apenas se anunció le dieron un pase especial con plus de 20 minutos de entrevista. La productora, además, estaba escuchando el programa y mandó a la radio entradas gratis para repartir entre el público. En 3 días, Garaje pasó del puesto 17 al número 10. "Y después había que mantener, así que seguimos nota, nota, festivales, viajes y más festivales. En fin... en eso se me va la vida." Se ríe tierna, otra vez, pero ya no hay espacio para trampas: la fragilidad de Antonella es pura cáscara.
-Me fijé en la guía y hay un colectivo que me lleva. ¿No sabés para dónde está Córdoba?
En la placita de Serrano, las calles nacen como rayos.
-Ni idea.
-Bueh, no importa. Yo me mando y en todo caso pregunto.
Se aleja con cuerpo de duende y dirección de acero. Miles de estrellas sueltan brillantina en la boca del cielo y ella se detiene, compra cigarrillos, se adueña dulcemente de la noche entera.
Los premios
- Mención especial en Cannes .
- Alejandro de Plata a la película y mención especial de la Fipresci en Grecia.
- Mención especial de la Fipresci en Huelva, donde también ganaron el Colón de Oro y otros reconocimientos.
- Galardón principal en la Habana.
- Tres premios en el Festival de Pergamino (entre ellos, el de mejor actriz para Antonella).
La tía Niní
La familia de Antonella tuvo un integrante de lujo. Niní Marshall, su tía abuela, cumplió un rol muy importante en su vida. Su madre, cordobesa, cada vez que venía a Buenos Aires se alojaba en casa de Niní. Y cuando Antonella y familia volvieron de Italia, ése era el único familiar que tenían. "Yo estaba mucho con ella y tengo un par de tesoros suyos: me regaló su caja de maquillaje, ropa... Niní era una persona adorable, con muchísimo humor, muy pero muy culta, educada y formal. De chiquita yo disfrutaba mucho el tiempo que estaba con ella. Niní manejaba un lenguaje muy universal: podía estar en una mesa con un nene de seis años, una chica de 23, un adulto de 40 y un señor de 97 y siempre encontraba un tema en común. Fue la mejor anfitriona que conocí. Siempre estaba informada, presentable, nunca la vi con un rulo fuera de lugar. Hasta el último día iba el pedicuro a su casa a arreglarle los pies. Eso sí: el pelo se lo cortaba ella sola, porque era muy pudorosa y quería estar siempre perfecta".
-¿Qué cosas tomaste de ella?
-Y... son cosas que se aprenden muy de a poco. Ella era una mujer capaz de parar un rodaje si sentía que el director estaba maltratando a los extras. Y ése es sólo un ejemplo. Niní fue alguien que vivió una vida para un lado. Y eso no se aprende ni se logra de un día para el otro.
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