
Aplausos
El aplauso es un recurso para transmitir nuestra emoción a otro. Muchas veces resulta de la admiración que nos provoca algo que escuchamos, vemos, sentimos. Y tiene un carácter de premiación, de retribución, a algún tipo de talento ajeno. El aplauso también habla mucho de nosotros, de nuestros gustos a veces; de nuestra intención de premiar, otras. Podría decirse que es un acto generoso, de entrega al otro. Aunque en muchos casos es simplemente un acto de justicia, es hacer lo correcto, dar lo que corresponde.
Es muy importante no dejar de aplaudir cada vez que percibamos algo que es nuestro deber destacar algo. Y sin ponernos colorados, porque el aplauso justo -tenga certeza, lector- jamás es desubicado. Hace mucha falta alentar, premiar, destacar lo valioso en el campo que sea. Hace falta un aplauso más frecuente y ruidoso para dar un sí grande a lo que coincide con nuestros juicios más hondos, con nuestros valores o con nuestras emociones. Con el aplauso participamos, nos comprometemos. No sólo aplaudir un discurso, un gran concierto, una idea brillante, una obra grandiosa o los primeros pasos de un hijo. También ponerse de pie y aplaudir cuando un compañero valioso se va del trabajo, cuando un mozo despliega toda su amabilidad y discreta simpatía para complacernos, cuando una empleada pública hace más de lo esperado para solucionarnos un problema, cuando los hijos de unos amigos llegan a una reunión de grandes y saludan a todos sin distracción, piden por favor, dicen gracias y se portan increíblemente bien. ¿Hacen lo normal? Probablemente debería serlo, pero nuestro aplauso ayuda a fomentar a que lo sea con más frecuencia.
Y cada tanto, siempre que sea merecido, conviene un gran aplauso a uno mismo que sirva para traducir un orgulloso "¡bien hecho!".
Sin embargo, tan importante como aplaudir es también abstenerse de hacerlo. Muchas veces presenciamos espectáculos penosos y aplaudimos al son de un público por temor a que nuestro silencio llame la atención. Aplaudimos sin filtro desde la época de los actos del colegio. Deberían enseñarnos mejor el tema del aplauso y dejarnos la libertad y la responsabilidad de aplaudir sólo cuando lo creamos correcto. Están fuera de cuestión ciertos casos típicos de buenos modales. Pero el aplauso jamás debería ser obligatorio. O es sentido o es juicioso. El aplauso que surge para cuidar la apariencia o porque es políticamente correcto suena sólo lamentable. Y en algunos casos, cobarde, mediocre, masificado. Y hasta imbécil. Nos vuelve unos seres sumisos, temerosos, impersonales, extremadamente light.
Abstenerse del aplauso y hasta de la sonrisa que nos provoca el disgusto de una percepción altamente desagradable es un gesto personal, de autoafirmación, de conciencia y de convicción. Es un acto que nos hace más adultos y seguros, porque en ese acto decimos: "yo". Es un compromiso con lo que somos.
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