
ARTE REMEDIO INFALIBLE
Personas con discapacidades encuentran en la danza, el teatro, la pintura, el canto y la literatura la salida para desarrollar sus expresiones y mejorar su calidad de vida
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Tiene una mirada llena de vida. Cada uno de sus movimientos respira armonía. Es dueña de una vastísima carrera y su nombre es sinónimo de danza moderna en la Argentina. Pero también es la pionera no discutida en la enseñanza de la danza para personas con diferentes capacidades en la Argentina y en muchos países del mundo.
María Fux, bailarina y coreógrafa argentina, ha tenido siempre esa doble inquietud. Por un lado, su trabajo artístico, su creatividad personal. Por el otro, enseñar y también ayudar a los que están en situación más difícil. Hace más de 40 años, creó una metodología, la danzaterapia, que hoy es también utilizada en Brasil, Italia, España, entre otros países.
-¿Cómo es su trabajo?
-Trato de estimular las potencialidades que hay en cada uno. Danzaterapia es romper las trabas que tienen los cuerpos, que por diversas razones se convirtieron en piedras.
-¿En qué ayuda a los que tienen menor capacidad física?
-La transformación experimentada por la danzaterapia ayuda a liberar, desde adentro del cuerpo, toda la creatividad que tenemos. Se trata de decirle al cuerpo: sí, puedo, y reconocer nuestras posibilidades y límites. Y, en este proceso, yo soy un puente que le permite al otro expresarse. -¿A quiénes les sirve?
-Esta metodología es una gran ayuda para la discapacidad auditiva. Yo uso estímulos visuales y las imágenes promueven que los sordos dancen en integración con oyentes. Pero lo que hago no se limita a los sordos. Mi técnica también se adecua a todas las personas, con discapacidad o sin ella. Esto sirve para todos: no importa la edad ni la capacidad. Eso sí, en las clases están todos juntos, integrados. Porque es justamente así como se logran mejores resultados. Como alguien que se reconoce poseedor de un don muy preciado, María Fux dedica gran parte de su tiempo a la formación de futuros danzaterapeutas. Y tiene cuatro libros sobre el tema: Danza, experiencia de vida; Primer encuentro con la danzaterapia (ambos de Paidós); La formación del danzaterapeuta, de Guidesa, y Danzaterapia. Fragmentos de vida , de Lumen; todos traducidos al portugués e italiano.
Lo suyo es arte por el arte mismo, pero también arte como medio de rehabilitación, aceptación y valoración de sí mismo. Es un lenguaje inspirado en el cuerpo, dando la posibilidad de la conexión con el otro. Ya son muchos los que han mejorado su calidad de vida. No importan sus limitaciones. "Con un brazo o una pierna que no se mueve, con mi gordura, con mi vejez, con mis no puedo, lo que buscamos es luchar contra los límites del cuerpo y la pérdida del miedo de ser, y eso es terapia", dice.
María Laura tiene 15 años y hace más de uno que es alumna de María. Tiene problemas de autismo y asegura que le encanta bailar. "Trabajo muy bien", dice. María Laura se desplaza y mueve su cuerpo entre sus compañeras. Nada la detiene. Ella se siente cómoda. Para su mamá, la experiencia de su hija demuestra "cómo permite crecer la danza no sólo en la motricidad, sino también en lo psíquico". Horacio se levanta frente a sus compañeros. Y con la soltura de un profesional, comienza a recitar el poema que escribió en homenaje a Frank Sinatra. Al terminar, hay aplausos y mucha emoción.
Se respira un clima de alegría en este taller de literatura de la Fundación de Artistas Discapacitados. Una vez más los alumnos demostraron que con su discapacidad mental leve son capaces de una creatividad enorme. El profesor, Enrique Rodríguez Molina, dice: "Gracias a la escritura, nuestros alumnos consiguen expresar sus sentimientos y soltarse". Esta institución sin fines de lucro, que ya tiene cinco años de historia, es un cálido lugar en pleno corazón de Mataderos. Trabajan con la misma idea que María Fux: no crear nichos de discriminación. "Nuestros talleres de arte -aclara el presidente de la fundación, Oscar Pinacchio- son integrados; agrupamos a personas con discapacidad y sin ella, dándoles las herramientas para un mejor desarrollo personal, creativo y artístico".
"Muchos se asombran y se preguntan cómo un discapacitado puede manejarse tan bien con la escritura. Nosotros podemos rendir mucho más de lo que dice nuestro número de coeficiente intelectual. Nos molesta cuando nos tratan como pobrecitos, con desprecio. Nosotros buscamos un lugar en el mundo. Igual que la película. Queremos un lugar", dice Horacio.
El salón de música del Colegio Patrocinio San José en Belgrano está de fiesta. Todos los integrantes están presentes. La función está por comenzar. El Coro de Sordos Vientos de Cambio, de camisas blancas, y el Coro Kennedy, de chaleco azul. Así se presentaron, por ejemplo, en el Teatro Colón. Y logran lo increíble. Una fusión de dos modos de comunicación: la lengua de señas y el lenguaje oral, unidos en un solo mundo.
El director del Coro Kennedy, Raúl Frisztche, dice que cada vez que tienen la posibilidad de cantar juntos, todos salen enriquecidos: "Nosotros usamos este sistema de los dos lenguajes porque a los dos coros por separado les falta un pedazo".
Pablo Baldrich es el director del Coro Vientos de Cambio. Es un joven de 30 años, sin problemas de audición y con una vasta experiencia en el reino de lo gestual: es intérprete de lengua de señas en Tribunales y profesor en una escuela para sordos. El coro nació hace 5 años, en el espíritu de un grupo de soñadores que cree que el canto no pasa sólo por emitir sonidos, sino también por la posibilidad de expresar sentimientos.Hubo que de- safiar prejuicios y conservadurismos. Y quizá, sin pretenderlo, también estén impulsando un cambio en la definición de cantar que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española: "Formar con la voz sonidos modulados". Pablo dice: "Estos chicos cantan con sus manos lo que sienten con el corazón, y de esta manera muestran las capacidades que poseen, lo que pueden hacer".
Andrea (23), una de las cantantes sordas con más años en el grupo, es conversadora y le gusta alternar su voz (ya que está oralizada) y con el lenguaje de señas. "Antes de estar en este coro, nunca había cantado porque era sorda -se detiene y se larga a reír-. Es decir, ahora tampoco oigo, pero sí puedo escuchar la música." Y esto que a cualquier oyente le puede resultar dificil de entender, es una constante en todos los miembros del coro de sordos. No necesitan oír la música, todo pasa por sentirla a través de las vibraciones y por conocer el mensaje que transmite. Andrea continúa: "Cuando la gente nos ve cantar con nuestras manos, primero se sorprende y luego se emociona mucho."
Fernando (20), un muchacho sordo de melena ondulada, que está en el último año del secundario, confiesa que él también pasó de la incredulidad a la fe. A Fernando lo lastima que exista "desconocimiento de lo que es un sordo. Los demás no saben cómo tratarnos ni qué es lo que podemos hacer". Además, le molesta que el lenguaje lengua de señas no esté reconocido en el nivel oficial. En ese momento, ve a sus compañeros que cantan Un vestido y un amor , de Fito Páez, su favorito, y enseguida se suma a ellos. Faltan más de 15 minutos para que empiecen los talleres. Pero eso no importa. La mayoría de los alumnos ya llegó: están ansiosos por comenzar. Mientras tanto, disfrutan del ambiente acogedor que se respira. Cuando encuentran a la profesora, la abrazan y la llenan de besos. Se trata de la actriz y asistente social Ana María Giunta (54), que hace cuatro años decidió "hacer algo por los chicos con discapacidad". Entonces creó Todos en Yunta, el nombre del taller que utiliza onomatopéyicamente su apellido.
"Nuestro lema es Arte para la vida , porque todo lo que acá hacemos no sólo sirve para el escenario de la ficción, sino también para el de la realidad cotidiana", asegura Giunta con el entusiasmo que la caracteriza. Comienza el taller. Artistas, entre 5 y 65 años, con distintas discapacidades colman la sala. Y si bien el plato fuerte es el teatro, los talleres se complementan con pintura y expresión corporal, "para permitir aflorar lo que está dentro de uno".
Se escucha una música. Los chicos se divierten, mientras buscan un ritmo con diversos intrumentos musicales. Luego juegan con aros. María Eugenia, una joven de 15 años y cabello dorado, participa desde su silla de ruedas. "Vamos, María Eugenia, dale que vos podés. Adelante, linda", la anima Ana María. Ella se reincorpora y con una amplia sonrisa continúa el juego con más fuerza. Más tarde, viene el momento tan esperado: llega el turno del teatro. Los chicos representan algún sketch. Muchos ya han hecho obras de Casona, Shakespeare y García Lorca. Ana María Giunta dice: "Ellos conocen el espacio escénico, la obra y su personaje, y si alguno se llega a olvidar la letra, enseguida saben improvisar o se ayudan entre ellos".
El caso de Emiliano, de 20 años, muestra los milagros que puede hacer el arte. Su mamá cuenta: "De chico, a Emiliano le diagnosticaron autismo. Acá viene hace tres años y desde entonces tuvo muchos logros. Viene muy feliz, le gusta todo lo que sea teatro. Está más comunicativo, más abierto y seguro de las cosas. Creo que con todo esto él encontró su mundo".
Otro ejemplo es el de Marina Sanzo, que tiene 19 años y hace 4 que es parte de los talleres. Ella tiene parálisis cerebral, lo que le compromete la motricidad. "Me gusta mucho subir al escenario y ya actué en tres obras. El teatro me sirvió para independizarme y para levantar mi autoestima. Ahora, me animo cada vez más a usar el andador y dejar la silla de ruedas", explica Marina mientras se prepara para entrar a escena. Una persona ciega que pinta cuadros? No, eso es imposible. Esa es la primera respuesta que se obtiene. Pero no es correcta. Al menos, no es el caso de los alumnos de la Asociación Plástica de Artistas Ciegos (APAC).
Ana María está concentrada. Extiende con firmeza su mano -que sostiene un pincel- sobre una lámina. Se trata de una guerra y detrás de los dos bandos se ven las ruinas de la ciudad. Ana está satisfecha. Ya pronto le dará el último toque. Ella es ciega de nacimiento, pero su deficiencia no es un impedimento para pintar. "En un comienzo me parecía algo imposible, no entendía cómo iba a aprender. Para mí fue un desafío, nunca había tomado un lápiz hasta los 48 años. Y ahora pinto porque me encanta."
Este emprendimiento, que devuelve la esperanza de hacer plástica a más de 15 alumnos con discapacidad visual, nació desde la propia experiencia del presidente de la APAC, Antonio Rodriguez Sotto (60), que quedó ciego a los 52. "Siempre soñé con hacer algo por aquellos que están como yo. Hemos demostrado que las personas ciegas consiguen, a través del arte, una evolución en su rehabilitacion realmente notable, porque se agudiza el sentido de la orientación."
El objetivo de APAC está volcado a que el ciego pinte y pueda también apreciar su obra. La clave está en que la pintura tenga cuerpo. Y esto lo logran con elementos como yeso, enduídos y arena. "Trabajamos con pintura que tiene grosor para que ellos puedan, a través del tacto, observar sus trabajos y los colores que utilizan", sentenció la profesora Adi Bechten, que además aclaró que pueden saber qué color usan por la temperatura.
Bailen, chicos, y disfruten el ritmo de la música!", dice Viviana Sottolano a sus alumnos, mientras hace sonar las castañuelas. Y los chicos no paran de moverse. Un paso por acá, un giro por allá. Ellas hacen volar sus polleras y ellos cuidan su elegancia. Pero este elenco de la Fundación por la Armonía no es sólo especial por su variedad de ritmos, sino también por ser un grupo de baile integrado por chicos y adolescentes convencionales y otros con síndrome de Down. Y en esta experiencia todos aprenden y se divierten, incluso los padres que como Patricia (mamá de una alumna convencional), están satisfechos con la integración que se da en el taller: "Me gusta que mi hija conozca otras realidades. Creo que los chicos pueden intercambiar mucho y aprender. Es bueno que los adultos inculquemos esto a nuestros hijos".
La directora y profesora de la Fundación, Viviana Sottolano, es movediza y sonriente. Para ella, coordinar estos grupos significó un cambio en su vida que, asegura, le brinda mucha felicidad. "Los chicos logran la integración a través de la expresión corporal, despejando viejos fantasmas arraigados profundamente en lo social". De repente, ¡música maestro! Y en escena aparecen Luis Gustavo, de 21 años, con síndrome de Down, y su compañera de baile, Magalí. Juntos iluminan la sala con sus cuerpos movedizos al compás del jazz.
Para acercarse
Fundación por la Armonía: 925-3342 y (15) 178-5035.
Todos en Yunta: Callao 86, 4º piso, Capital Federal, 952- 4246.
Vientos de Cambio: Instituto de Lengua de Señas Argentina. Viamonte 2367, 951-2092.
Asociación Plástica de Artistas Ciegos: Teodoro García 2090, 778-7277 (interno 125).
Danzaterapia: Callao 289, 2º do piso, 371-5667.
Fundación Artistas Discapacitados: José E. Rodó 5559, Mataderos, 941-2323.






