
Arte prehistórico: viaje al mundo de los primeros argentinos
Nuestra geografía atesora más de mil sitios con pinturas y grabados rupestres. Sus enigmáticos símbolos cifran la fe de quienes habitaron el país hace cientos de años
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El hombre llegó al actual territorio de la Argentina hace unos 12.000 años, después de recorrer medio planeta. Nuestro arte rupestre surgió por eso con retraso, cuando agonizaba el europeo y los glaciares se batían en retirada.
Duró alrededor de diez milenios, hasta la llegada de los españoles. Fueron años de intensa labor. De hecho, el país suma más de mil sitios con pinturas y grabados sobre superficies rocosas (cuevas, paredones, aleros, bloques aislados, etcétera). Este patrimonio contribuye a hacer de América del Sur "una importante provincia del arte rupestre universal", como apunta el especialista Juan Schobinger.
Las imágenes rupestres aportan jugosa información para reconstruir el modo de vida de las culturas primigenias. Y permiten asomarse a su mundo espiritual.
"La importancia que les confirieron se traduce en el tiempo y el esfuerzo dedicados a su realización -explica la antropóloga Ana María Llamazares, del Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires-. También en la naturaleza de los espacios que les dedicaron: sitios de difícil acceso y entorno potente. Se presume que fueron escenario de rituales."
Un día, hace una eternidad, en lo profundo de una caverna patagónica, alguien apoyó su mano sobre la roca y le sopló pintura encima. Así arrancó la historia del arte argentino. Los llamados negativos de mano están presentes en el arte prehistórico de Europa. Pero nunca en la impactante profusión que luce, por ejemplo, la célebre Cueva de las Manos, en Santa Cruz. Los frescos se deben a los primeros ocupantes de nuestro suelo.
¿Qué significado daban a las misteriosas manos? Para algunos investigadores, éstas tuvieron que ver con la magia curativa. El antropólogo Rodolfo Casamiquela, sin embargo, prefiere otorgar a la representación de manos "un sentido de participación sagrada" y asociarla con ceremonias de iniciación femenina.
El llamado estilo de negativos coexistió con escenas de dinámico realismo, que evocan la imaginería de Lascaux y Altamira: cercos de cazadores, danzas ceremoniales y filas de guanacos a la carrera. Los especialistas concuerdan en relacionarlos con la magia cazadora. Apresar la imagen de un animal otorga, en cierto sentido, poder sobre el mismo.
La interpretación se complica con los guanacos de vientre abultado y actitud estática que caracterizan el siguiente período estilístico. Su aparición coincide con una época de extrema sequedad y probablemente responde a ritos propiciatorios de la fecundidad. Las pinturas, según el arqueólogo Carlos Aschero, se habrían vuelto en tal oportunidad "una suerte de rogativa para la multiplicación de las tropas de guanacos".
El arte patagónico adoptó luego la técnica del grabado. Además, reemplazó cuevas por farallones y bloques sueltos, y el naturalismo por la abstracción.
La producción rupestre perduró en la Patagonia hasta el arribo de los blancos.
Por otra parte, palotes, trazos sinuosos y dos camélidos de tratamiento esquemático, pintados hace 4000 años en Inca Cueva (Jujuy), conforman la expresión rupestre más antigua del Noroeste. La más exquisita está en los parajes La Tunita y La Candelaria, al sudeste de Catamarca. Las elaboradas pictografías representan hombres con máscaras y adornos cefálicos, blandiendo supuestamente armas, cabezas trofeo y animales a punto de ser sacrificados. Hay además jaguares y personajes que combinan atributos humanos y faunísticos.
"La semejanza de estas imágenes con las que decoran la cerámica de La Aguada permiten atribuirlas sin duda a esta cultura agroalfarera -dice Ana María Llamazares-. Originaria del valle catamarqueño de Ambato, se desarrolló en Catamarca y La Rioja entre los siglos IV y IX de nuestra era. No es casual que en los frisos de La Tunita o La Candelaria aparezcan expresiones clásicas del arte chamánico o visionario, como sacrificadores con cabezas trofeo en la mano o chamanes transfigurados en deidades felínicas, que corporizan las fuerzas de la naturaleza. Tampoco que en las laderas orientales de la sierra de Ancasti predomine el cebil, de cuyas semillas los pueblos prehispánicos obtuvieron un polvo de propiedades psicoactivas."
Los grabados del cañón de Talampaya, en La Rioja, probablemente reflejan un proceso paralelo al de la cultura de La Aguada. Pero resulta difícil eludir la tentación de identificar sus enigmáticos seres alados con visitantes extraterrestres. Paralelamente, las grutas del cerro Morrillo Chato, en el oeste de San Juan, muestran al Sol, la Luna y Venus -trilogía astronómica adorada por los indígenas comarcanos- en proximidades del solsticio de invierno. El valle tucumano de Tafí alguna vez estuvo sembrado de menhires con extraños rostros grabados. Y los petroglifos de San Pedro de Colalao, en la misma provincia, perfilan figuras humanoides con rayos en la cabeza y apariencia de larvas.
San Luis y Santiago del Estero hospedan interesantes grabados y pictografías. Pero Córdoba se queda con todos los honores en las Sierras Centrales. La culpa es de los cerros Colorado, Veladero e Intihuasi. Artistas aborígenes llenaron sus aleros y abrigos con más de 35.000 frescos. Hay batallas entre guerreros emplumados, danzas ceremoniales, detallados retratos del invasor español, multitud de animales, soles y símbolos indescifrables.
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