
Ascenso a una cima del espíritu
Una periodista emprendió el camino a la cumbre del mítico cerro Uritorco, en las sierras de Córdoba, en el comienzo de la nueva era maya
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No creo en ovnis, ni en maestros, ni en gurúes. No creo en el Dios que me inculcó la Iglesia. Tampoco creo en las profecías mayas o en que tengan algo revelador que enseñarnos. Pero estoy en un lugar donde creen en todo eso. ¡Estoy en un problema! Yo sólo creo en mi Dios. Un Dios a mi medida que guía y a quien puedo acudir.
Pero, hoy, por las dudas, ya que dicen que estrenamos el primer día de una nueva era de luz, he decidido suavizar mi "antagonismo". Darles una chance a algunas de esas creencias. Quiero llegar hasta la cima del Uritorco (1979 msnm), para ver qué me enseña. Dicen que ese cerro te recarga de energía. Hablan de un magnetismo infalible, similar al de Machu Picchu, en Perú, o Chichen Itza, en México. Dicen también que alcanzar su cima supone una prueba. No por la exigencia física, de cuatro horas de ascenso y tres de descenso, por senderos escarpados de granito. Un recorrido de 5548 metros, que a mí me toca hacer con 33° y en el "suicidio" del mediodía (un diluvio matutino anuló al horario correcto).
Es una prueba a superar porque -dicen todos- el cerro exacerba lo bueno y lo malo que uno trae. Que expone todo eso para poder elaborar, corregir y luego sanar.
¿Me dará pudor que Gustavo Cairo, mi acompañante en esta experiencia -un porteño espiritual que justo hoy cumple 42 años y que cree en todo lo que yo no creo-, sepa de mi carácter indócil y de mi nula (y reactiva) tolerancia a la frustración? ¿Podré sanar el último dolor que arrastro? Ese que una semana atrás me infligieron tres delincuentes imberbes al asaltarme y golpearme en la bicisenda de Av. del Libertador y Rodríguez Peña. A mis heridas físicas todavía las siento en mi cuerpo. Pero la honda, la que no se ve, es la del recuerdo de la ausencia de socorro. Ningún auto paró. La policía, a una cuadra, vio todo pero "por el semáforo" no llegó. Sé que lo mío es una nimiedad dentro del panorama sombrío de saqueos y muertes que una vez más nos asuela. ¡Qué ironía la de los mayas profetizar sobre la hermandad, la luz y el progreso de la condición humana justo hoy! Si fuera efectivo -todavía no lo sé- todos los argentinos deberían ascender este cerro para terminar de una vez con el odio, el rencor y las divisiones. Pero, ¿quién le cree al Uritorco y a los mayas?
El primer tramo del ascenso es por un sendero estrecho, sin mayor dificultad que su extensión. Es de roca rojiza salpicada de cuarzo. Hay miles de quebrachos y vegetación frondosa, flores silvestres, blancas mariposas y cascadas naturales, que el cerro no suele tener, pero que regaló la profusa caída de lluvia.
Caminar junto a Cairo me da paz y alegría. Es un erudito en espiritualidad y un "medium" para abrirse a una experiencia mística. Es el tipo de personas que te abrazan ante una agresión. Tiene una paciencia infinita para explicar todo lo que él sabe y yo no, y a cada paso repite "que todo, todo, sucede por una razón".
Sacio mi curiosidad hurgando en su despertar místico. Me cuenta que todo comenzó con su abuelo, Homero Virgilio. (No se lo digo, pero al escuchar ése nombre, pienso que fue mucho antes, con sus antepasados absortos en el Limbo del Dante en su Divina Comedia ). Me cuenta de los despertares en Lobos, con el rito del "Buen día Señor Sol". Los abrazos a los árboles y la observación de estrellas, satélites y planetas desde colchones en el jardín, junto al eco desaprobatorio de su abuela reprimiendo a su abuelo. La incógnita temprana sobre qué sobreviene a la muerte selló su camino de indagación espiritual. Hablamos durante horas, nos pasan como flechas ocho jóvenes de Casilda cuando... ¡zas!...una mala pisada y siento un dolor punzante, rarísimo, en el dedo gordo el pie. "Tal vez el cerro te habla y vos no escuchás", me dispara Cairo. "Tal vez te dice que bajes un cambio y vayas por la vida más despacio". El pie me duele, pero yo sigo a toda velocidad. Quiero llegar a la cima. Sé que me va a costar. Llevo tres horas caminando, estoy calcinada y empiezo a sentir cansancio físico. De pronto, un oasis se abre en la montaña: es como un arroyo improvisado con cascada, donde una señora de Necochea, Estela, se refresca para sobreponerse a un pico de baja presión. Precavida, llevo mi traje de baño debajo de mi ropa deportiva... Nuestra audacia nos da a todos placer. A las 3 de la tarde el sol se vuelve un martirio. Continuamos un tramo más y ¡guau! Hay una cantera grande y redonda, con una cascada de agua a la altura de una ducha. La miro con ganas pero me contengo. Todavía no sabré que debo alcanzar la cima antes de las cuatro. "Pero ustedes, lamentablemente, no van a poder llegar. Lo harán recién cerca de las 4.30", me advierte un guía, Pablo.
La advertencia deviene en discusión cuando le pido que por favor haga una excepción. Le explico que tengo que llegar allí si o sí. Es mi misión profesional. Lo que me hizo llegar aquí. La historia que debo y quiero contar. Con malos modos, dice "no", y se va. El suceso, por lo violento, en un lugar donde yo creía que todo debía irradiar paz, enturbió mi subida. Mi paz interior mutó por estrés y bronca y me sacó del eje de la indagación personal por el desvelo de imaginar una experiencia sin cima ni final.
El Uritorco tiene su magia. Pero también atesora 30 rescates, dos con helicóptero, cientos de lesionados y deshidratados y -me enteraré de buenas fuentes después- una violación. Eso nunca había trascendido hasta hoy.
Cerca de la insolación, con el dedo del pie ya violacio e inflamado y con dolores en las articulaciones por los golpes del asalto, era claro que no iba a llegar. Todavía me faltaba el tramo más arduo y exigente. Con Cairo, no sé cómo, le pusimos motores a toda máquina. El paisaje, ya despejado de vegetación y con vista a las laderas contiguas como si fueran abruptos acantilados, se me sucedía con el vértigo de un videoclip... Rocas de todos los tamaños, peligrosos cantos rodados y trepadas en cuclillas, siempre ayudada, como el resto, por un bastón... A esa altura, el viento vuelve el aire como espeso. Agradezco cualquier medio que aplaque el calor y los latigazos de los rayos de sol. La piedra del suelo es ahora gris, pero el verde sigue intacto. No son los arbustos ni los quebrachos. Son yuyos bajos y gruesos, que simulan ser pasto entre la piedra. Miro a metros mío hacia arriba; luego mi reloj. Con Cairo alcanzamos la cima a las 4.15. Es una gran planicie donde uno puede caminar y perderse en un paisaje de cumbres, nubes y cielo y detenerse en el límite del precipicio. Nos abrazamos, con la satisfacción de la misión cumplida. Veo una cruz blanca, engalanada con rosarios y todo tipo de simbología espiritual, y siento que allí está mi Dios. El paisaje es de ensoñación.
"El cerro -me dice Cairo- es un gran maestro. Cuando uno llega esperando el amor y la reconciliación, te da un palo. Tardás en elaborar la experiencia para entender cuál fue el sentido profundo de tu subida".
Hoy, yo creo saber cuál fue. Pero esa revelación siento que no me la dio el Uritorco. Sino algo más simple y terrenal: mi propio interior, estimulado por la grandeza de un paisaje que invita a la reflexión. Creo que el Uritorco sí me enseñó algo. Me mostró mi fuerza y mi vulnerabilidad. Me habló de mis altas expectativas e ideales, para obligarme a lidiar con la realidad. Pero, lo más importante, me alertó sobre el aplomo necesario para no perder mi centro.






